miércoles, 9 de agosto de 2017

Archivo de almas 2: El destierro de los feos


«Si caminas a mi alrededor te resbalarás con mi ánimo» (Santiago Bernal)
 
 
 
Prefacio
     Cuando Dios ahoga sin necesidad de apretar
 
Santiago Bernal continuaba leyendo el archivo de almas en el otro mundo. Después de leer, releer, rabiar, morderse el labio inferior y apretar el puño de su mano libre al destrozarse la vista con tanta perfección escrita —es decir, musculitos prediseñados, supuestos hombres de verdad y testosterona andante— siguió pasando páginas hasta verse sorprendido por un nuevo título: “El destierro de los feos”.
            —Esto apunta a sufrimiento anticipado… —se dijo, con un sobrecogimiento tan atroz que sintió dolor en sus (ajá) imperfectos músculos. Su tez quedó lívida, y aunque hacía escasas horas que había dejado de ser cadáver y ello suponía el no seguir tan pálido como una vez lo fueron las hojas que leía convertidas ya en amarillentas páginas— parecía echar de menos su rostro color tiza, y así llevarse con él el tono siniestro que solo su otro yo, aquel que escribió algo de un fracasado al borde de la locura, plasmó en sus terroríficos textos. El susto le dejó tal que así.
            Armándose de valor, y una vez que se vio seguro después de varios segundos apretando los párpados con fuerza, con tanto miedo como deseo al mismo tiempo, los levantó para empezar a leer.
            El nuevo archivo decía…
            «En el siguiente texto se recogen las obras muertas del todopoderoso (y lo de muertas no es una forma de hablar). De todos es sabido que Dios se encargó, se encarga y se encargará de dar vida al ser vivo, al ser humano y al deshecho humano (esto último son las meteduras de pata que se ocultan al mundo, y que solo la malvada sociedad se atreve a calificar así. Lo dejan a la vista como ridículo resultado, pero por más que quien lo sufre se pregunta ese querido y odiado: “¿por qué a mí?” no puede más que echarle la culpa a una tal “genética”. Se dice que llegó a crear a hombres (a puros machos, perdón) tan perfectos que ninguno se atrevió a fallarle, y en el momento de ponerles delante a una mujer, jamás de los jamases (hasta la fecha) ni uno solo se ha sentido capaz de rechazarla. Hasta el momento, solo el gran maestro ha podido cederle el paso a una paloma teniendo en sus manos la gran oportunidad de crear vida por el método tradicional… ¿Solo él? No, en verdad él y aquello en proyecto de macho, pero que quedó en esa fealdad desterrada; básicamente, aquello que no es guapo y no está bien hecho. A todos esos les dijeron: como para el mundo no valdréis una mierda, dejad que los verdaderos hombres tomen pan y mojen con su cuerpo. Vosotros encargaos de tratar bien y no disfrutar nunca de la vida. Llorad, llorad hasta cansaros, que ese macho perfecto se encargará de que vuestras lágrimas se vean acompañadas por las de las mujeres que los desean. El deseo se convierte en sufrimiento y el sufrimiento se origina por puro deseo… Lo único que se valorará de vuestro cuerpo será un hombro, donde ellas llorarán la pérdida del ser perfecto hasta que encuentren a otro y dejen de lloraros. Cuando lo pierdan (a la mañana siguiente, después de una noche loca) volveréis a sentir humedad en vuestra parte más valorada… Dios, como buen inventor, fue más allá y quiso crear la perfección, y según dicen (aunque es mentira) cometió un error de cálculo. Creen que se le  fue de las manos y separó la cabeza del cuerpo, dejando auténticas maravillas a la vista y cerebros en el más que triste abandono… Muchos piensan que se equivocó, pero yo creo que él no tiene ningún fallo. Pensó que en la vida tenía que haber de todo, y que ni el guapo tienen la culpa de ser guapo ni el feo la de ser feo. Ambos resultados son válidos para caminar por el mundo; el problema está en los ojos de quienes no aprenden a ver más allá de lo que tiene delante. Así que queda demostrado que, Dios, no se equivocó; más bien hizo la prueba para ver si el ser humano (ambos sexos) es capaz de valorar lo verdaderamente importante de la vida. Después de millones de años esta lección sigue en el aire, archivada en una carpeta del firmamento, en donde dice: “MENTES CERRADAS”, y recoge a las personas feas que sufren, a las personas con defectos que sufren, a las personas que nacieron amando a otro de su mismo sexo cuando la misma sociedad que discrimina a esos feos y malformados se empeña en creer que el amor solo es algo entre un hombre y una mujer; recoge a los maltratadores, y recoge a las mujeres, donde su sexo opuesto continúa menospreciándolas, solo siendo útil para según qué cosas, como por ejemplo trabajar de esclavas y recibir una noche loca sin opción a continuarla al amanecer…   Y los cuerpos desgraciados con cabeza perfecta en la parte de arriba —justo en el lado opuesto a donde se ven perfectos los puros machos— se pasaron el resto de sus días acatando la orden (y se la pasarán). Creo que con inmensas ganas de desobedecer, pero sin posibilidad alguna de dar el paso (cosas de la genética. Perdón, de la vida).  La verdadera historia se cuenta en estas páginas, y solo los muertos tienen acceso a ella».
            —Y… ¿De verdad nunca pensó en evitarlo? se preguntó Santiago, esperanzado de que tal vez alguien se haya salvado del sufrimiento y la burla.
            Comenzó a pasar páginas desesperadamente, dando tantas vueltas al libro por encontrar la respuesta que parecía tener en las manos un cubo de rubik.
            Santiago siempre fue un hombre (si leyera el cómo acabo de referirme a él me besaría sin descanso de la cabeza a los pies) que se distraía con el vuelo de una mosca, y por más que se empeñara en encontrar algo, si otra cosa interesante se le cruzaba en el camino, se olvidaba por completo de la primera opción.
            En mitad de ese desesperado “rebuscar” halló un nuevo título que no podía dejar en el olvido: “El ansiado “te quiero” de un desgraciado”.
            Sin darse cuenta, había encontrado lo que tanto buscaba.
 
El ansiado “te quiero” de un desgraciado”
 
Mi hogar es un espacio pequeño y oscuro desde hace meses. Tengo vida, aunque al mismo tiempo es como si yo no existiera. No puedo moverme ni salir de esta pesadez que me oprime; alguna vez me revelo y suelto dos o tres patadas, sin embargo no me desahoga. Respiro, sí, pero no por decisión propia. Sufro un ahogo constante, y quiero que este sufrimiento finalice de una vez por todas.
Oigo, oigo mucho, aunque nadie crea que pueda ser posible. Lo que más llega hasta mí es el llanto. Sé que alguien llora, y a pesar de que parece que me separa un mundo de esas lágrimas, para mí es como si estuvieran a mi alrededor. Hay una voz femenina que se queja a diario, constantemente; y una masculina que intenta no hacerlo, y sin embargo, también llora a escondidas. Casi no lo escucho, pero sé que derrama lágrimas cuando nadie está a su lado. Creo que es por aquello de que “los hombres no lloran”. No obstante, cuando se creó al hombre y a la mujer, a ambos les dieron sentimientos, y estos van unidos a las lágrimas.
Ellos piensan que no escucho nada, pero llevo meses así y es una auténtica tortura; más, sabiendo que mi vida va a finalizar sin haberla empezado. Sufren porque saben que me voy a morir, y encima no puedo hacer nada por ellos.
Quiero cariño; quiero saber lo que se siente cuando alguien te dice palabras bonitas, te tiene entre sus brazos y llora contigo de alegría, no de pena, que eso es lo que me va a tocar. Quiero levantar los párpados de una vez, y no que nadie me los vaya a cerrar sin saber lo que es ver la maravilla de la vida. Quiero decirles a mis padres: “os quiero, papás”; que sepan que de verdad los quiero, y que no sufran. No voy a poder hacer nada de eso, y siempre me quedaré con las ganas, pensándolo cada día de mi segunda vida en un lugar más allá de las estrellas. Estaré solo, acordándome todo el rato de mi madre, de mi padre, de recordar sus voces distorsionadas, pero sin saber cómo eran sus rostros. Nunca he podido verlos,  ni los veré. Recordaré el llanto de mi madre al saber que me va a perder, y también las palabras de consuelo de mi padre hacia ella, a pesar de que él esté más hundido.
No sabré jamás lo que son los besos, y debe ser algo bonito porque mi padre siempre se los está dando a mi madre. Ella dice que le encantan, y más cuando está triste.  Lo mismo le pasa con los abrazos, pero de eso me hago más una idea porque siempre estoy abrazado a mi madre, aunque ella no lo entienda. Soy un inculto sin posibilidad de aprender, solamente voy recopilando datos de lo que escucho con mucha atención, en un periodo de aburrimiento y a la espera de que llegue mi hora.
Sé que soy su hijo, que los niños vienen de un padre y de una madre, de una pareja, y que somos el fruto de su amor. Creo que eso es algo de estar juntos, de quererse y de darse cariño. No los he visto nunca, pero no me hace falta para saber que les quiero, sobre todo a mi madre, que carga con el peso más importante y ha hecho todo lo posible porque yo pudiera ser feliz junto a los dos. No puedo decirle que no esté triste, que no pasa nada y que tiene que ser feliz siempre. Nunca me olvidará, recordará mi pérdida toda su vida, pero estará mucho mejor con el paso de los años, y con ayuda de mi padre y de mis hermanos (cuando tenga más hijos).
Me gustaría poder llorar como ella, pero tampoco sé qué se siente cuando ese sufrimiento de agua salada recorre las mejillas. No sé lo que es sentir nada;  no sé nada de la vida, ni la conozco. Soy un feto de siete meses dentro de un vientre sin luz. Mi existencia se acabará en cuanto nazca, y jamás tendré nada de lo que he mencionado. No veré a mis padres, ni sentiré sus brazos entre mi cuerpo, no podré secarles las lágrimas, ni las notaré; y no sabré lo que es un beso suyo. Estoy atado a algo que me conecta con mi madre y con su mundo exterior, algo que ahora se mueve, y una cantidad de gritos espantosos me atormentan. Ella se queja mucho, llora más y grita. No sé qué le pasa.
Hay algo que me empuja y quiere sacarme de esta bolsa que me ha mantenido con vida hasta ahora. Hay luz, ¡algo resplandece!, pero mi madre sigue quejándose. ¡La voz de mi padre está más cerca que nunca! Le dice que respire y que no se preocupe por nada, que él no la soltará.
 Siento muchas manos que me cogen, y voces a mi alrededor. Hay una que dice de llevarme con mi madre. Mis párpados intentan levantarse; lo hacen en parte,  dejando algo de luz que me vuelve a cegar.
¡Esa debe ser la cara de mi madre! ¡Siento sus brazos entre mi pequeño cuerpo! ¡Me puede tocar!
Sus lágrimas caen ante mí, pero son de ella y no me importa que me manchen. Además parece que sonríe dentro de lo malo. Me coge, me abraza y me besa; sigo encontrándome mal pero feliz de estar junto a ella. Mi padre está a su lado. ¡Él también me besa! Su beso molesta un poco porque tiene pelos en la cara, pero no me importa. Mi pequeña mano se mueve y los nudillos rozan su barba. Está mojada; él también llora.
No lloréis, papás.
Los dos dicen que me quieren. ¡¡MIS PAPÁS ME QUIEREN!! ¡Es alucinante porque algo me dijo todo lo contrario! Sí, ¡lo juro! Una voz me dijo que no nacería, que iba a morirme por mi bien. Me aseguró que no había sido posible hacerme en condiciones, que no sería un macho que provocara deseo nunca, sino todo lo contrario. Me contó que al nacer se reirían de mí por ser feo y por estar mal hecho, que nadie me querría nunca, ni mis papás ni ninguna chica. Jamás, y que me llamarían desgraciado. Que mi vida sería un auténtico calvario y cada día que pasara ansiaría sentir un beso, un abrazo y un te quiero, pero que nunca lo tendría por más que viviera… Esa voz ha querido lo mejor para mí, y aunque hablar de muerte me da susto sin saber por qué, la voz está segura de que esto es mi salvación. Lo último que me dijo es que a él lo llamaron Iván y que vivió lo que no quiere que yo viva, y que a pesar de ponerle nombre, todo el mundo lo conoció por “fracasado”.
Mi vida se acaba, pero soy el más feliz del mundo. Estuve siete meses dentro de mi madre y sabiendo que me iba a morir. Pensaba que nunca cumpliría mi sueño, pero al fin lo he logrado.  He visto algo del rostro de mis padres, he notado sus brazos entre mi cuerpo y he sentido sus abrazos y sus besos; he notado las lágrimas por las que tanto he preguntado y las he secado para convertirlas en felicidad, aunque hayan sido décimas de segundo. Los dos me quisieron tener, me crearon y yo he sido el fruto de su amor (antes sentí susto al hablar de muerte, ahora alegría al hablar de amor, y tampoco lo entiendo). Me dieron la vida y los estaré esperando en el cielo, cuidando de que no estén tristes y procurando que no lloren demasiado. Cuando vuelva a verlos, después de muchos años, espero devolverles mi amor de hijo, y también decirles: “Os quiero, papás”.
 
Epílogo
  Cuando Dios aprieta pero no ahoga
 
Después de leer el relato, Santiago Bernal encontró la ficha de alma del pequeño de la historia y la de sus padres. Por lo visto, los tres se unieron en el cielo. Jamás le dijeron al bebé nada de que estaba mal hecho, lo trataron como alguien especial. Para ellos siempre fue su “machito único”, y nunca dejaron de darle amor.
           
«Si me dejas caminar a tu lado no dejaré que te resbales nunca» (Un fracasado llamado Iván).

domingo, 16 de julio de 2017

¡¡Lee gratis los dos primeros capítulos de El diario de un fracasado!!

   


 Hoy puedes leer gratis los dos primeros capítulos de "El diario de un fracasado", una de las novedades en terror Kindle y que varias personas ya están leyendo.
Deja que Iván te cuente su historia, y vívela con él.
¡¡Gracias!!                                                                 






                                                                         Capítulo 1


«Se dice que en vez de picha tienes un botón pegado entre las piernas/ ¡Al agua, picha pequeña!/¡Mirad sus tetas!/ ¡Cáete al agua, picha pequeña!/ Es una vergüenza para un padre tener un hijo con la picha pequeña y con más tetas que su mujer, ¿entiendes? Un hombre se mide por el tamaño de su hombría, y tú no tienes, y has fallado a tu padre/ Los niños normales tenemos la picha grande. Tú no tienes más que una arruga de piel, y jamás podrás estar con una chica/ ¡Eres un fracasado! ¡Tienes la picha pequeña, tetas y eres retrasado! ¡Nunca tendrás novia, desgraciado! ¡Nunca! ¡NUNCA! ¡NUNCAAAA!/ Di que tienes tetas, que la tienes pequeña y no follarás nunca/ Mi hermano me ha dicho que no vales para nada, que le da la risa cuando te ve en el recreo, y también a los de su clase. Y ahora más porque el otro día te vio con tus dos milímetros fuera de la bragueta. Las chicas no quieren a los subnormales, y él me ha dicho que tú eres subnormal/ Fracasado. Puto virgen. Jodido fracasado de nacimiento. Fusil pequeño».




Perdóname, lector. Estaba recordando lo que acabas de leer, pero ya tendrás tiempo de leerlo más adelante.


Todo empezó en invierno de 1983, una vez que vi la luz, y tras nacer de milagro después de dos principios de aborto.


Te preguntarás por qué nací después de haber estado más para allá que para acá, por qué nací con ese bulto y por qué nací llorando. No lo sé, y es posible que se deba a un castigo en mi vida pasada. Imaginemos que fui muy malo en la anterior y quisieron castigarme en esta. Sí, el nacer fue un castigo; es duro, pero lo fue. Del bulto pienso lo mismo que he mencionado, y lo de llorar se terminó demasiado pronto. Lloré sin que el doctor me azotara en los cachetes del trasero para que el llanto emergiera, pero después, con el paso de los años, he querido llorar más de lo que he llorado y, a veces —cada vez más a la larga— no he podido. Creo que debe ser porque ya casi no me quedan lágrimas. Las últimas me salen ahora, acompañado de mi hoja de papel y mi bolígrafo...


            Dejando atrás el momento de mi nacimiento, al que volveré (en parte) a lo largo de la historia, empezaré a contar mi primer recuerdo.






-Fracasado-




1987. Empezaba a oscurecer, y serían cerca de las 19:00h. Ese día vi llorar a mi madre por primera vez. No sabía lo que eran las lágrimas a pesar de que casi nacieron antes que yo. En octubre de 1987 tenía cuatro años para cumplir cinco en pocas horas, y te aseguro que desde entonces los recuerdos me han acompañado todos los días.


Sentí el llanto de mi madre y corrí en su busca. La encontré en su habitación, tumbada en la cama de mala manera y con una mano en la mejilla. Si los cinco dedos que tenía marcados en la cara se los había tatuado ella misma, entonces tenía poderes. Pero no, la mano marcada pertenecía al otro humano que participó en el costoso trabajo para que yo viniera al mundo.


Me miró con los ojos llenos de lágrimas. Yo no podía verme a mí mismo, pero creo que no emití ninguna mueca. La miraba entre asustado y confuso.


—Vuelve a tu habitación, Iván —recuerdo que me dijo. Se enjugó el rostro y después se incorporó para girar mi cuerpo con amabilidad y enviarme en dirección a la puerta. En ella se hallaba el culpable de su llanto y dolor: mi padre.


Lo miré. Parecía nervioso y malhumorado, pero a mí no me dijo nada. Volví a mi habitación, y mientras mi madre se dirigía a la cocina, escuché cómo se cerraba la puerta de la calle, con portazo incluido.


Mi padre también sabía golpear puertas.






-Fracasado-




A las 21:00h (más o menos) me hallaba en mi habitación, dibujando. Sé que era sobre esa hora porque mi madre me acostaba nada más terminar de cenar, y eso solía ser alrededor de las 21:30h. La cena se demoraba, y no había vuelto a ver a mi madre desde que ella sufriera la agresión.


Pasados unos minutos, la vi asomar la cabeza por el pasillo, mirando en dirección a la puerta de entrada en lo que varios llaveros se peleaban a raíz de los intentos fallidos porque la llave entrase en la cerradura. Mi padre no acertaba a introducirla.


Vi la intranquilidad que reflejaba el rostro de mi madre mientras miraba hacia la entrada. Sus ojos color miel refulgían igual que si los iris se hubiesen antojado como lentes reflectantes. En ellos, y haciéndolos vibrar como si toda su cabeza estuviese siendo zarandeada, las lágrimas palpitaban al compás de los bombeos de su corazón. Se mordía la uña del pulgar derecho compulsivamente, y hasta esta, una célula muerta, parecía tener miedo, resbalando de su boca para no ser comida mientras me dejaba escuchar la acción con un sonido parecido al del chascar de una rama.


La puerta se abrió con un rápido empujón. Se llevó con ella el felpudo, y lo escuché como el sonido que puede emitir un gigantesco cepillo de barrendero cuando sus pelos se doblan contra el suelo y arrastran la basura de la calle. Mi madre, muy nerviosa, entró en la cocina.







           Mi progenitor entró. —Con el paso del tiempo, entendí que todos sus males los provocaba el alcohol y las malditas tragaperras. Antes dije que mi primer recuerdo partía de ver llorar a mi madre, pero no es cierto. Recuerdo pasar una mañana entera con mi padre en un bar. Yo bebía un zumo de naranja y él alimentaba a la maquinita con gruesas monedas de 500 ptas. Atiborraba el estómago de ese matojo de cables con la intención de que vomitase el doble de lo que le proporcionaba; pero le hacía caso omiso, burlándose de él con pitidos similares a los que dan los feriantes antes de que los niños se suban en las atracciones. Como no le salía bien la jugada, rabioso, la golpeó con la mano abierta, quizá con la misma fuerza que ejerció para golpear a mi madre. La cara que puso al no salirle el dinero fue idéntica a la que tenía cuando lo vi en la puerta después de haber marcado el rostro de su mujer como si esta fuese una res a la que hubiera que señalar. Idéntica… Dije que sobre la marcha es posible que recordase algo (aquí está la prueba)—. Sus ojos no eran de agrado. Mi incultura no tiene la culpa de que no lo pueda explicar bien. Para poder entenderlo, tendrías que haberlo visto con los tuyos. Los suyos eran raros, inyectados en sangre. No puedo dar más detalles, solo que el resto de su cara me hacía saber que, aquel energúmeno que entraba, era mi padre. Llegaba con una cogorza de tres pares de narices y la bragueta abierta. Con el tiempo, también supe que uno de sus vicios favoritos eran las señoritas de compañía que frecuentaban la calle al anochecer. Tardé años en saber lo que era una puta. En ciertas ocasiones, delante de mis narices, se refirió a mi madre por ese nombre, y ella no era una señora que frecuentaba la calle ni cobraba porque un hombre se desahogara sexualmente con ella. Me parece que la palabra “puta” no le corresponde a ninguna mujer que tiene que vivir de su cuerpo. He visto a mujeres ganarse ese apodo sin cobrar una perra; y no solo ese, sino también, aquel con el que en la línea anterior me he referido al dinero, pero válido para nombrarlas a ellas y a la mujer del perro. Mi abuela paterna fue una de ellas, y quizá por ello trajo al mundo a un hijo de puta (en esta historia no hay más sitio para ella).







              —Ya estoy en casa —gritó, cerrando con un portazo similar al que dio al marcharse. Di un respingo mientras él zigzagueaba—. ¿Es que no me oyes? —insistió. Mi madre se dejó ver. Temblaba; por ello, el plato que llevaba a la mesa perdía sopa por el camino.



            —Te he oído —contestó ella, atropellando sus tres palabras con voz temblorosa—. Aquí tienes la cena. —La dejó encima de la mesa.


Mi padre no dijo nada, se limitó a mirarla con aire distante, y también con odio. Después, se sentó y tomó un sorbo de sopa. Acto seguido lo escupió.
   —¿Qué cojones es esto? —preguntó. Mi madre quedó igual de blanca que el plato.


Una vez más, pude ver los ojos saltones de los que hablé al principio. Me asomé al salón para ver a mis progenitores, y creo que fue mi mayor error, porque desde entonces, como ya dije, no lo he olvidado.


Me invadió un terrible malestar. La cabeza parecía que me daba vueltas, y mi vista —obnubilada— viró hasta hacerme caer al suelo.









-Fracasado-




Empecé a levantar los párpados muy despacio. Mi habitación oscureció de pronto, o tal vez lo apreciaba así (aunque lo dudo mucho). Veía una longitud infinita desde mi posición, y seguía hasta la puerta de entrada. Era como si no terminase nunca; y de hecho, la puerta se alejó. No la divisaba.

            Sentí como si de pronto me hubiera teletransportado al exterior, me hallara tirado en el suelo de la calle y todo el frío de la época quisiera envolverme con la intención de arroparme con crueldad, mecerme y cantarme un arrullo que jamás se me olvidase en la vida. El viento sopló con fuerza azuzando mis pálidas mejillas. Extrañado por lo que me estaba sucediendo, y con un escalofrío recorriendo mi espina dorsal, miré hacia el suelo. Mi intención era dejar de ver a esa masa siniestra que seguía envolviéndome, con lentitud pero sin pausa.  Mi sorpresa fue mayúscula cuando me di cuenta que el suelo al que quería mirar, no existía. No había suelo en aquellos instantes, había desaparecido y su ausencia me hacía flotar en medio de las tinieblas del presente, pero recreándome el futuro.

            El viento sopló con poderío, con demasiada fuerza como para volar un edificio entero, salvo a mí. Seguía protegido por aquella masa negruzca que no me dejaba mover. Mis ojos —horrorizados, y con más nervios que los propios del momento— miraron de frente. Sobresalían tanto de sus órbitas que parecían dos gruesas balas en vez de globos. Una sombra deforme, y tan alargada como el pasillo que seguía acercándose a mí, con, a saber si la intención de emparedarme entre las tinieblas, levitaba por él.

            La longitud de mi habitación seguía siendo la misma, solo había cambiado el contorno. Fuera de ella, sabía que mis padres estaban manteniendo una fuerte discusión (todas las noches era así)  pero no los sentía. Mis oídos se veían incapacitados para escuchar algo ajeno al habitáculo tenebroso; era como si estuviera insonorizado a propósito. 

            La sombra seguía avanzando. —A medida que fui creciendo, me interesé por las películas de terror, y puedo asegurar que, al igual que en muchas de ellas se presenta a la muerte con forma de esqueleto enlutado y guadaña, esto no era ni parecido. El horror que transmitía este ser penumbroso multiplicaba por mil el estado de sobrecogimiento. Era terrorífico—. La miraba, atónito y deseando que todo pasara para abrazar a mi madre; no obstante, al mismo tiempo sentía curiosidad por saber qué era eso tan malo que tanto interés parecía tenía en mí.  
            A simple vista no era más que una difusa imagen, el reflejo oscurecido de una persona. —Me recordaba a las noches de verano en casa de mis abuelos maternos. Salía al patio y me miraba en la pared de ladrillos. En el acto, mi casi metro de estatura se convertía en metro setenta. Era todo piernas, y con un tronco larguirucho y enclenque en donde una cabeza reducida parecía esconderse del mundo—, pero se presentaba ante mí con una fuerza sobrehumana. A pesar de su calma, una energía oculta se encargaba de dejarme petrificado, mirándolo como una estatua conmemorativa bajo el cielo de una cruda noche invernal.
            Mis ojos eran los únicos que podían moverse dentro de mi cuerpo. Simulaban el movimiento de los parabrisas que mi padre accionaba en el coche cuando llovía mucho. A un lado, y a otro; a un lado, y a otro. Andaba precavido de no perderme un triste detalle. El terror, horror y demás formas indefinibles que podría escribir pero jamás hacer comprender, me mantenían en ascuas, solo que vencidas por una oleada gélida que, independientemente del frío que reinaba en el habitáculo, mis nervios se encargaban de repartir por mi pequeño cuerpo.
            Aquello quería atraparme, estaba seguro de ello; pero… ¿Qué o quién era eso? Si en verdad lo que veía era su cabeza, entonces las arrugas oscilaban como si fueran los tentáculos de un pulpo, porque por más que quisiera profundizar en ella, no apreciaba cabello de ningún tipo. Los brazos, doblados, y en donde el ancho que colgaba de las mangas predominaba en ellos, los convertía en meros huesos rodeados de ropa, y que me recordaban a la pipa que mi padre se fumaba los domingos mientras leía el periódico, solo que multiplicando su volumen por diez…
            Eso no me daba miedo; sin embargo, que de entre esas supuestas pipas gigantescas los brazos se estirasen hasta el infinito, con manos como la parte corta de un remo, y que de estas, unos dedos adquirieran la forma de los dientes de un rastrillo de jardinero, abriéndose y cerrándose con intención de pinzarme, me hizo gritar de horror.
            Durante el grito, esa especie de proyector que se refleja en el interior de la frente (mencionado durante mi nacimiento) comenzó a dar vueltas como las estrellas que giran alrededor de las cabezas cuando algún dibujo animado sale malherido. Me dolían las sienes y la mandíbula, y sentía picor en la garganta. A pesar de ello, hasta que la respiración no me dio el aviso de: para o te ahogas, no me detuve.
            Al levantar los párpados y sacar la lengua como un perro fatigoso, estaba solo. La sombra había desaparecido.
-Fracasado-


La sombra desapareció de mi vista como por arte de magia.
        Dicen que solemos mirar y no ver, pero sin embargo, podemos sentirlo todo mucho mejor que localizándolo con la vista. Es cierto. Donde miraba no había nada ni nadie, pero a mi espalda, sí, y lo noté. Sentí como si algo sólido y frío recorriera toda mi columna vertebral, deteniéndose una vez que consiguió aterirme por completo y hacerme soltar un “hip” mientras mi cuerpo se tensaba.
         Miraba de frente, con los párpados sujetos como si estuvieran soldados a las cejas, pero hubiera deseado poseer ojos en la nuca para no haberme tenido que dar la vuelta jamás. Lo hice, muy poco a poco, tiritando y con inmensas ganas de gritar; y de hecho grité de nuevo. Lo recuerdo como si fuese ayer.


Mi aullido me alejó de la habitación para mostrarme un inmenso pasillo, muy similar a ese infinito que había visto con anterioridad; pero no tardé en darme cuenta que era yo quien se alejaba a la vez que veía todo lejos de mi alcance. Fue tan poderoso mi modo de escape al gritar, que ocurrió esto.

            Grité porque lo que vi se escapaba por completo a lo que tenía entendido por pasar miedo. Pensaba que eso llamado “miedo” significaba temerle a la oscuridad, y bien era cierto que en ese instante todo estaba oscuro, incluso la sombra tenebrosa que irrumpió en mi cuarto. Pero cuando giré y lo vi, poco tenía de negruzca. Me  observaban dos amarillentos y saltones ojos, descansando entre ojerosas bolsas hinchadas, y juro por lo más sangrado que ambos tiritaban. Era capaz de sentir sus nervios inquietos traspasando los globos oculares, como si estuviesen siendo forzados a moverse por culpa de algún electrodo o una especie de descarga interna. Parecían incitarme a que me uniera a ellos, consiguiendo, por el contrario, que me alejara más.


 Describo los ojos no solo por ser lo primero (no lo único) que más me llamó la atención en ese instante, sino porque al dueño de esas dos bolas terroríficas ya lo he descrito hace poco tiempo. Era el rostro de mi padre, aunque en ese caso, sus órganos de visión evolucionaron con ira corrosiva. No grité al ver cómo me miraban y se movían; más bien, lo hice al ver que la garganta de mi progenitor tenía una considerable abertura, tan extensa que parecía una sonrisa macabra en el cuerpo equivocado. La sangre que salía de ella era toda la que creía que se me había congelado en el cuerpo… Jamás he podido borrarlo de mi mente.


Mi padre se desangraba como un cerdo. Era solo ojos; ojos y una gigantesca raja sangrienta que parecía ser su boca esbozando un malévolo gesto de triunfo. La sangre se esparció por el infinito pasillo que continuaba viendo eterno, y apareció la mano que vi el día de mi nacimiento, buscando el lugar donde detenerse una vez cumplido su objetivo.


 Escuché el sonido de aquello que parecía botar súbitamente contra la pista de un polideportivo; después, volví a la realidad.







Capítulo 2







Cuando desperté, noté que el bulto de mi cabeza me provocaba un cosquilleo nada placentero mientras se movía; después, quedó unos segundos encogido, igual que si me estuviera absorbiendo la sangre. Al poco tiempo desapareció la molestia, pero me dejó un agudo dolor de cabeza. Había vivido algo similar al nacer, pero aún quedaban años para darme cuenta de lo que me ocurría.


            Haber visto la horripilante imagen de mi padre me dejó congelado, casi mudo. Me costaba respirar y notaba una presión en el pecho. No era capaz de alejarla de mi mente. Pensaba que me había caído de la cama (y eso que no me había acostado). Era incapaz de explicármelo; por ello, solo se me ocurrió creer que, tras una pesadilla en la que había visto lo que te he contado en el capítulo anterior, me caí del susto.

            Todo seguía igual: mis padres continuaban discutiendo; o mejor dicho, mi padre farfullaba sin contención. Era él y no el hombre enlutado que se desangraba en mi horrenda pesadilla. Respiré algo aliviado; en el fondo, todo volvía a la normalidad, aunque fuese a base de discusiones y malas palabras. Me había acostumbrado a ello porque esa era la “normalidad”.

—¿Te parece normal servirme esto? —preguntó mi padre. Al escucharlo, salí de la habitación y me dirigí hasta allí. Entonces me di cuenta que seguía en el mundo real.

            —Es sopa de sobre, como a ti te gusta —respondió mi madre, aún sin recuperar el color.

            —¿Que a mí me gusta? —Esbozó una sonrisa falsa al mismo tiempo que se incorporaba. Mi madre, solo con sentir cómo su marido arrastraba la silla para ponerse en pie, perdió el poco color facial que había recuperado. Sé que si llega a haber tenido una medalla en el pecho, esta habría delatado su nerviosismo al haberse movido entre los senos. Su corazón debía de haber multiplicado la frecuencia cardíaca.

 Mi padre se dirigió hacia su mujer prescindiendo de la sádica sonrisa que había esbozado, dando ligeros golpecitos en la mesa al mismo tiempo que la taladraba con ojos de agresor experimentado. Cuando vi de nuevo esas gigantescas bolas de visión, idénticas a las de mi pesadilla salvo en el color, afloró en mí una llamada de alerta.

—A mí me gusta la sopa caliente —volvió a decir, muy calmado y con la voz tan baja como el fuego lento: ese que va despacio pero abrasa de no tener cuidado. Cuando hablaba con calma, después compensaba la tenue voz con gritos de escándalo—, y esto está frío. —Mojó los dedos en la sopa para salpicar con ellos el aterrado rostro de mi madre. Después se tambaleó, y no sé si fue por la borrachera o por el ansia de poner los puntos sobre las íes.

            Mi madre no dejaba de parpadear con los dedos entrecruzados por debajo del vientre, pero como si estuviese echando un pulso chino con los dos pulgares. Era consciente de lo que se avecinaba; por ello, al retener el llanto, sus dos labios tiritaban, dando la sensación de susurrar algo.

Mientras mantenía la cabeza gacha y las gotas de sopa recorrían sus mejillas como las lágrimas que en verdad querían recorrerlas, él la agarró del cabello y, una vez que lo tenía enroscado entre los dedos, tiró de él hacia abajo. La pobre mujer soltó sus manos y las levantó, urgida a mirar al techo a causa del brusco tirón que había sufrido y seguía sufriendo. Sus dedos temblaban como los del ladrón que se rinde al verse cazado por un policía, y es que las palmas parecían decir: “me rindo”, y que la detuvieran como si hubiera hecho algo malo. 

Su único pecado había sido el dar de cenar, como una esclava, a alguien que prefería usar las manos para hacerle daño en vez de coger un plato y servírselo a su manera. Ese era su pecado: estar esclavizada por y para él, para acatar sus órdenes sin rechistar y vivir con miedo una vez cumplidos los encargos que nunca debería haber consentido. Jamás.  Él, como buen marido, se lo agradecía con palizas y disgustos.


            —¡Está frío, desgraciada! —voceó, con tanta agresividad que el salón entero retumbó. Continuó tirándole del pelo, tan fuerte, que consiguió que se arrodillara entre quedas súplicas de “por favor, por favor”.


Las lágrimas que contenía mi madre salieron disparadas, y me dolió verlas. Renació la presión en mi pecho, un poco más hacia la izquierda de donde me había oprimido la primera vez. Creo que era mi corazón, sufriendo tal y como sufría la mujer que me había dado la vida.


            Aun estando de rodillas, él siguió tirándole del cabello. Mi madre gritaba, suplicaba y no dejaba de mantener las manos en alto. Se había rendido desde el primer momento; no quería entrar al juego, solo que el calvario terminase cuanto antes. Sin embargo, mi padre continuaba. Le daba igual que ella llorara, al igual que le daba lo mismo quedarse con un matojo de pelo en los puños. ¿Ocurría algo? Nada en absoluto. Mi madre volvería a gritar, de dolor y de miedo; lloraría y caerían lágrimas de sus ojos. Para él, nada más.


            Mi padre solo lloraba cuando perdía el Real Madrid, porque como él, los pobres jugadores tampoco tendrían un plato de sopa caliente para cenar…


            —Mira, ¡mira lo que ocurre cuando no cumples con tu obligación! —advirtió, para luego alargar el brazo que tenía libre y, de un golpe, tirar el plato al suelo. Impactó contra el baldosado del salón para convertirse en diminutos pedazos de cristal entre un charco de caldo amarillento. Me estremecí—. ¿Lo ves? —Mi madre no respondía, lo hacía su pecho por ella, respirando con ajetreo—. ¡¡He dicho que si lo ves!! —Le dio un nuevo tirón de cabello, con mayor brusquedad que los anteriores. Ella asintió en un quedo susurro—. Entonces te la tomarás tú —afirmó el agresor—. Está en el lugar que te pertenece, que no es otro que el suelo. Y da gracias de que te permita comer algo… —Ella temblaba, y yo podía ver cómo las venas de sus sienes, entre un acalorado sofoco, se marcaban en los laterales de su frente—. ¡¡Míralo, jodida puta!! —Empujó la cabeza de mi madre. La escuchaba chillar porque su cuello y su columna vertebral sufrían tanto como toda ella. La intención de mi padre era que la nariz de su mujer tocara los pedacitos de cristal.


            —Pa… ra, por favor —suplicó, llorando a más llorar.

            —Empapa los dedos y chúpalo —ordenó.

La esclavizada mujer negaba. La parte superior de su cabello, esa mata libre y abovedada que se formó al agarrarle el resto, se movió con el mismo temor que su cabeza.

            —¿Cómo? —insistió él. Le dio un nuevo tirón y acercó el oído al rostro compungido de mi madre—. No te oigo decir que sí —presionó. Entonces sentí un sonido mayor que el del plato al romperse. A priori, parecía menor en intensidad, pero su fuerza lo superaba con creces. Fue una bofetada que a ella le hizo caer hacia atrás para aterrizar en el suelo con el antebrazo izquierdo, momento en que la vi un nuevo gesto de dolor en el rostro—. ¿Vas a tomarlo? —insistió él desde su superioridad en altura, desde su punto de vista superior en todo momento. Mi madre, débil, sin solo fuerzas para llorar, negó una vez más.

            —¡¡MALDITA PERRA ASQUEROSA!! —Tras los gritos, la agarró del cinturón del batín que vestía y la desplazó hacia los pedazos rotos; después, y mientras yo miraba sin poder hacer nada para defenderla, la agarró la cabeza con las dos manos, presionó con fuerza y, mientras ella gritaba, llevó su rostro hacia la multitud de cristales.

Desde mi posición no la veía la parte dañada, solo sus pies descalzos pataleando; y eso sí: los gritos no pude eludirlos.

            —¡Cógelo así! —gritó él. Presionaba la cabeza de mi madre con su mano derecha; la izquierda, se la empapó con la sopa derramada y algún que otro pedazo de cristal. Llevó la palma mojada a los labios de su mujer, con sangre de él y cristales incluidos—. ¡Bébelo! ¡Bebe, maldita, bebe!

            Veía temblar el brazo que manipulaba la cabeza de mi madre, y ya no podía aguantarlo más. Sus salvajes gritos de dolor me hicieron acercarme.

            —Ma... má —Creo que susurré, pero fue suficiente para que me escuchasen los dos. Mi padre me miró, y a pesar de atravesarme con los mismos ojos de asesino con los que la había atravesado a ella, dejó de hacer presión sobre la cabeza que empujaba con todas sus fuerzas. Mi madre, una vez libre, también me miró, y pude ver una cara ensangrentada y llena de sufrimiento. Sus labios, cruzados por varias llagas sangrantes, habían duplicado su tamaño original, y además, parecía estar escupiendo acuarelas rojas.




La sopa del suelo ya no era tal, sino una mancha rojiza y aguada; los cristales se habían perdido entre el abundante color rojo.


            —¡¿Qué cojones quieres?! —Nunca he olvidado aquel grito con el que mi padre se dirigió a mí.

          

—No le hagas nada, por favor —suplicó mi madre, sollozando—. A él no.




Le miré, a punto de echarme a llorar. Tenía mucho miedo; temía por mi madre, y también temía por mí.




Ahora, mientras lo escribo, me vuelvo a preguntar lo mismo que me he preguntado tantas veces: ¿Se ablandaría al verme? ¿Ver a su hijo le hizo cambiar de opinión?




No sé si fui yo, aunque me gustaría creer que sí, porque eso me da a entender que, dentro de lo malo (muy dentro de lo malo) ese hombre tenía una pizca de sentimientos, por muy pocos que fueran.




Refunfuñó algo, no sé muy bien el qué porque me pareció inteligible. Se giró, y mientras pasaba por mi lado mordiéndose los labios y con esos ojos característicos que tantas pesadillas me han dado a lo largo de mi vida, propinó una tremenda patada al mueble bar que presidía el salón. Las figuras de porcelana que con tanto cariño había ido coleccionando mi madre en fascículos, cayeron al suelo para unirse a los pedacitos de cristal que, ya de por sí, peligraban cada pisada que diéramos cualquiera de los tres. Se salvaron unas pocas; algunas al borde de la balda, y otras, simplemente inmunes al golpe.




Mi madre y yo también nos salvamos porque el maltratador, entre gritos, salió a la calle. .

 




-Fracasado-




—Mami, tienes líquido rojo en la cara, y aquí. —le dije al mismo tiempo que señalaba sus labios abiertos.


Me asusté al ver cómo escurría sangre por aquellos labios que me daban el beso de buenas noches antes de acostarme y el de buenos días cuando me despertaba.


Primero agachó la cabeza. —En aquellos momentos no lo entendí, por muy mucho que pudiera intuir algo; pero más adelante —y ahora, con total seguridad, igual que lo sabes tú que me lees— me di cuenta de que ella podía haber llorado mucho más de lo que la he visto llorar en los peores momentos, solo que delante de mí —a no ser que la pillase desprevenida— ahogaba todas las lágrimas posibles, aunque necesitara desahogarse derramándolas a grito limpio.

Cuando levantó la cabeza y me miró, seria y triste, pero forzando una leve sonrisa para calmarme, me quedé algo más tranquilo.


—Mami, ¿papá es malo?


Volvió a agachar la cabeza. Sus párpados se contrajeron tanto que lo único que me dejaban ver era sus finas y largas pestañas. Enseguida se humedecieron, y como ella intentaba frenar el llanto, la angustia hizo que un hipo —entrecortado y débil— dominara la situación, se rindiese y, un sinfín de lágrimas dolorosas, igual que goterones de lluvia, recorrieran sus acaloradas mejillas. —Soy capaz de ver su imagen ahora mismo. La tengo grabada como si el destino me la hubiera marcado en la memoria con la fuerza de un hierro candente; por ello, revivo el instante en que ella, con la cabeza gacha, avergonzada de llorar delante de mí, tragó de esa saliva que rasga la garganta como si estuviese compuesta por espinas; después, apretó los párpados una vez más, y mirando al techo unos instantes para declinar así el agua salada que rebosaba en sus ojos, pareciendo rogárselo a sus seres queridos para que le ayudasen a apartar de mi vista el dolor, me susurró con voz queda:


            —¿Sabes, cielo? —Me acarició el rostro con los nudillos de cada índice—. Los mayores nos portamos mal cuando bebemos algo más que agua. —Volvió a mirar hacia arriba para ahogar las lágrimas restantes—. La cabeza deja de funcionar bien y se apodera de nosotros. Cuando papá bebe, nos hace daño; y al mismo tiempo, se hace daño a sí mismo.


            —¿Por beber la sopa? —pregunté. Ella sonrió.


            —No, cariño, por la sopa no —Me respondió mientras me mesaba mi fino pelo color castaño—. La sopa es buena; papá toma otros líquidos embotellados que son muy malos… Cuando crezcas nunca los tomes, ¿vale?


            —No los tomaré —aseguré—. No quiero hacerle daño a nadie.


            —Nunca lo harás. Tú eres bueno, y siempre lo serás, mi amor —Volvió a acariciarme—. Siempre y cuando no bebas esa porquería, porque entonces ya no serás el niño bueno que eres.


            —Y si eso es malo… ¿Por qué papá lo bebe? —volví a preguntar. Mi madre respiró hondo.


            —Porque como te he dicho, cuando bebe eso la cabeza no le funciona bien y no sabe lo que hace. Papá no sabe bien lo que hace después de beberlo, pero antes y durante, se siente poderoso. Tal vez cuando te hagas grande lo entiendas mejor, cariño.


            Lo entendí en parte, no todo, ya que aún me quedaba la duda de por qué si mi padre sabía lo que ocurría al beber seguía bebiendo. Pero no añadí más sobre ese tema.


            —Sigues teniendo líquido rojo ahí —dije mientras acariciaba su labio afectado con mi pequeña mano. Mi madre se retiró con un gesto de desagrado que, al ver la sorpresa y miedo que reflejaban mis ojos, intentó disimular.


            —¿Te he hecho daño? —pregunté, asustado.


            —No, mi vida. No ha sido nada.


            —No quería hacerte daño, mami —Agaché la cabeza, copiando el gesto que ella tuvo cuando no quiso que la viese llorar—. No quiero ser como papá.


            —No me has hecho daño, y nunca me lo harás —me confirmó. Acto seguido, me agarró la cabeza con dulzura; mis pómulos se elevaron y, mientras los sentía rozarme el párpado inferior, dejándome una vista algo difusa, observé cómo mi madre me decía—: Escúchame, corazón —Era todo oídos—. Jamás, jamás de los jamases, me harás daño; ni a mí, ni a nadie. ¿Me has oído? —Asentí con la cabeza, pero creo que lo único que logré mover fueron los ojos. Ella, aunque sin provocarme dolor, me sujetaba con fuerza—. Nunca en la vida. No eres malo, ni lo serás. Serás bueno siempre, cariño. Siempre.


            Había algo que llamó más mi atención que el haber visto la cabeza de mi padre decapitada, y creo que ver maldad en él, despertó mi miedo, al igual que haberlo visto en mi pesadilla, sangrando al mismo tiempo que poseía aquella cara demoniaca donde no parecía tener ningún tipo de dolor.


La sangre en los labios de mi madre me provocó dolor, el mismo que ella padecía. Y, quizá por verla sufrir (aunque intentase disimularlo) la expresión “hacer daño”, me marcó.


            No quiero hacerle daño a nadie, mami.






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