martes, 24 de febrero de 2015

Miedo a la muerte


MIEDO A LA MUERTE

Homenaje a Edgar Allan Poe

                           

Anselmo volvía a bajar allí. Hacía años que no lo hacía, pero esta vez no le quedaba más remedio que seguir el instinto de su intranquila curiosidad. Su obsesión por dejarlo todo bajo control para no ser enterrado vivo llegó hasta el punto de cometer una grandísima locura: una profanación. No era consciente de encontrarse ante la puerta que ocultaba el cadáver de su difunto padre. Sabía que en aquel mausoleo guardaban los restos de su progenitor, y siempre lo supo, sin embargo no era consciente a la hora de querer abrirlo solo para calmar sus nervios y darse la razón. El difunto no querría que lo molestasen. Según Anselmo, su padre había muerto dos veces: una a la vista de todos y otra en soledad, cuando ya no tuvo opción de abrir la caja del ataúd y salir al exterior. Precisamente él quería evitar que lo dieran por muerto, como a su padre; por ello tenía que abrir la puerta y enseñarle a su esposa el macabro esbozo de sufrimiento que reflejaba la cara del cuerpo yaciente. Tenía que reflejarlo.

-¡Atenta! – anunció -. Quiero que te fijes bien en el rostro de mi padre. Si algún día ves que yo tengo esa misma mueca en mi rostro aparentemente muerto para el mundo, no me entierres, te lo suplico.

-¿Estás seguro de querer verlo?, sabes que sufres del corazón y el mínimo susto podría llevarte adonde tanto temes.

-También sé que sufro de catalepsia, y con esa enfermedad los médicos tomamos a la gente por muerta cuando en verdad está viva. No se respira, no se mueve un solo músculo, pero se escucha todo sin poder articular palabra ni gesto. Tú misma has presenciado dos ataques míos de catalepsia… Tengo que hacerlo – añadió y abrió la puerta.

No hubo tiempo de visualizar el cadáver porque este se hallaba nada más abrir, apoyado en la puerta en vez de descansar en el interior del ataúd. Cayó en brazos de Anselmo, y también él, perdiendo el conocimiento por el terrible susto. Matilde – la esposa – miró el cuerpo muerto de su marido.

-Te lo avisé, y gracias al cuerpo de tu padre - que yo misma coloqué en la puerta para que te asustaras- , no me has hecho caso y ahora sí, has muerto. Esta vez sí – se dijo con una malévola sonrisa.

Se giró para salir de la cripta e ir en busca del dueño de pompas fúnebres para que recogiera el cuerpo. Quiso salir, pero un golpe en la cabeza se lo impidió.


Matilde despertó pasados quince minutos. Cuando lo hizo, se vio en el interior del ataúd que Anselmo se había preparado para el día de su muerte. Aturdida, intentó frotarse los ojos para ver con claridad en dónde se encontraba, pero notó que no podía hacerlo, estaba atada de pies y manos.

-Anselmo, ¿por qué estoy atada? ¿Qué hago aquí?- le preguntó al ver que él la contemplaba, sentado a su lado, sonriente.

-Querida, además de médico soy inteligente, si no, jamás hubiera conseguido diseñar este método que me permitiría salvarme en caso de morir. Por eso te digo que noté tu plan, ya era descarado. – Ella tiritaba -. Llevas meses poniéndome trampas para que mi corazón deje de latir de una vez por todas, enterrarme y quedarte con mi dinero.

-¡Jamás he…!

Él la calló con un gesto siseante.

-No malgastes fuerzas – siguió él –, y tampoco niegues lo evidente. Tú misma has confesado que colocaste el cadáver de mi padre en la puerta para darme un susto mortal.

-¿Qué quieres hacerme?- preguntó aterrada.

 -Lo mismo que quisiste hacerme tú, solo que de diferente forma.

-No te entiendo…

-Es muy sencillo. - Anselmo se incorporó -. Como tú no sufres de catalepsia no parecerás un cadáver, y mi intención es enterrarte consciente, por supuesto.

-¡No hablas en serio!

-Déjame terminar – Él se puso serio -. A mí sería fácil enterrarme mientras estoy vivo, pero como contigo no puedo hacerlo, mi cerebro ha vuelto a planear una brillante idea que no fallará. Te taparé la boca.

-¡No lo conseguirás! – gritó ella -. ¡Abrirán la tapa y verán que sigo viva! ¡Me sentirán!

-¿Abrir la tapa? – preguntó él, sonriente -. ¿Para qué iban a querer ver el cadáver cuando yo, un médico, ya he firmado tu defunción? – La enseñó el informe y ella abrió los ojos con espanto.

-Otra cosa… -Él hizo una pausa para aumentar el terror -. Tienes atadas las articulaciones de todo tu cuerpo y no puedes mover un solo músculo para que te escuchen, pero como todo en la vida puede fallar y permitirte dar un ligero golpe que descubra mi infalible plan – y cuando digo infalible es infalible -, lo he calculado todo minuciosamente. Imagina que una de las correas de tus pies se afloja y tú puedes dar una pequeña patada en la tapa, sería fácil, te escucharían y te sacarían; imagina que ocurre lo mismo con la de las manos y empiezas a dar porrazos. Te aseguro que no pasará, y no pasará porque serás la excepción de todos los cadáveres del Camposanto. Te enterraré bocabajo. – Matilde quiso chillar de horror pero una mordaza se lo impidió.

-¿Pensabas que mi gran idea solamente era taparte la boca? Qué lástima. Bocabajo tendrás las manos en la espalda y no las moverás en caso de fallo; lo mismo te digo con los pies, te será más difícil y no llegarás a golpear la superficie con el talón, ni siquiera rozar con la punta de los dedos la madera en la que vas tumbada. El reducido espacio no te permite  apenas hacer ruido. Sentirás caer la tierra mientras golpea el ataúd del que jamás saldrás, y además te dejaré los ojos abiertos para que aunque estés en la oscuridad los abras en algún momento y contemples el horror de vivir un entierro en vida, con la barbilla pegada a la madera de pino. Derramarás lágrimas angustiosas, asfixiantes. Solo eso… Ahora sabrás lo que es el miedo a que te entierren en vida, y también lo vivirás.

Anselmo la dio la vuelta y después tapó la caja.

-Chao.


En la noche se escuchó un quejido ahogado bajo las profundidades del Camposanto, fue el último suspiro que solo escuchó la propia Matilde, justo antes de morir asfixiada.


                                                          FIN      

                                                                        José Losada


sábado, 21 de febrero de 2015

Mi cara oculta

                                                             Mi cara oculta

                           




Este relato forma parte de un ejercicio basado en la película "La cara oculta"; son los mismos personajes a excepción de uno creado por mí, parte de la misma historia y contenidos de importancia... Tenía que elegir una película y crear un relato con sus personajes. Salió esto que podréis leer a continuación.



Adrián es un joven de veintiocho años, moreno, de ojos oscuros, barbado y un apasionado de la música. De hecho, acaban de nombrarle director de la orquesta "Bogotá", y está muy contento con su nuevo cargo. Por más que ama la música prefiere pasarse el resto de su vida dirigiendo que componiendo.
Tiene intención de casarse con Belén, de su misma edad y con la que además de compartir la vida también comparte color de pelo y de ojos. Lo de la música no, no todo el amor es perfecto. Aún no vive con ella, y sí con su madre, llamada Yolanda. Tiene sesenta años y lleva escribiendo desde los dieciocho; cualquier noticia que tenga que dar la escribe a ordenador, no se despega de él. Su cabello es de color grisáceo y destaca demasiada prepotencia. Ahora espera – entre nervios – la llegada de su hijo y futura nuera mientras escribe uno de sus tantos relatos de misterio.

     -Ya estamos aquí, mamá – anuncia Adrián. Ella responde a su hijo, a Belén ni la mira. No quiere a esa chica para su hijo. Belén ha topado con una suegra quejica, antipática y cruel. La aguanta desde el primer día, pero si no llega a ser porque quiere demasiado a Adrián, la mandaría a tomar Fanta.

    -¿Historia nueva? – pregunta Belén con ademán de simpatizar. Yolanda no deja de teclear y responde, sin mirarla:

     -Adri, hijo, cierra la puerta que parece que hay corriente. – Un esbozo falso es la siguiente respuesta, en Belén, un rechinar de dientes.

     -¿Puedo hablar un segundo contigo, Adrián? – le dice su novia.

     -Claro. Dime.

     -En privado.

     -Hala, hala, ve detrás de ella como un corderito – añade Yolanda.

     -Mamá, por favor…

    Adrián sigue a su chica, quien se había esfumado rabiosa.

    -No aguanto a tu madre. No sé si con esta van ya…

    -Diez o doce veces en año y medio – concretó él -. Sí, me lo has dicho. ¿Pero qué quieres? ¿La mato?

    -Yo te quiero mucho – siguió ella -, pero se me hace complicado estar a gusto delante de ella. Me odia. No quiere que estés conmigo…

    -Las madres son muy protectoras. Quiere lo mejor para mí, pero en este caso no comparto su idea.

    -¿Acaso yo no soy buena para ti?

    -Claro que sí. No he querido decir eso. Solo que… - Belén le miraba deseando que terminase la frase -. Es mi madre, Belén. No puedes ponerme entre la espada y la pared.

    -No te estoy dando a elegir, simplemente yo también quiero un poco de comodidad. Ella está en su casa, a gusto, tranquila… Yo soy la extraña, la que no pertenezco aquí. ¿Cómo crees que me siento? Te pido apoyo, nada más.

   -¡Pero ella es mi madre! – grita Adrián.

   -Y yo tu chica. Puedes tenernos a las dos si pones un poquito de tu parte. Hablar con ella no estaría nada mal.

    -No puedo cambiar el carácter de mi madre.

   -Estoy flipando…

    -Sabes que me ocurrió lo mismo con mi anterior pareja.

    -No me extraña – añadió Belén.

    -¡Vale ya! Me exiges pero eres tú la que no se da cuenta de nada. mi madre es la única persona en el mundo que jamás me abandonará. Las demás mujeres sois todas iguales.

    -¿Crees que no te abandonará? ¿Y que todas somos iguales? – Belén seguía alucinando -. El día menos pensado coge el portátil y se larga a una residencia. Quiere amargarte la vida, ¡pero solo piensa en ella! Piénsalo un poquito y verás que no te necesita para nada.

    -Piénsalo tú, Belén. Si me quisieras de verdad no estarías faltando a mi madre. – Adrián se fue.       Dejó a Belén en la puerta de aquella casa extraña para ella.

     La joven se sentía mal. Las últimas palabras de su chico le hicieron pensar, sentirse mal y darle la razón aunque no la tuviera.

    Que conste que lo hago por ti, pensó y entró en la casa.

    Yolanda seguía escribiendo, y su intención era seguir haciéndolo sin que nadie la molestara. Apartó la vista de la pantalla el único segundo necesario para divisar a Belén, y también ver que su hijo no entraba con ella. Por ello volvió a centrar la atención en su relato.

    -Yolanda, yo quería…

    Y en mitad de la noche, cuando todo el mundo dormía, una figura traslúcida pasó por la habitación de Héctor, crispando sus nervios hasta dejarlo abatido en un rincón. – Fue la contestación de Yolanda, leyendo su propia creación.

    -No me mires así, niña – siguió -. No te veo tan estúpida como para no entender que no quiero moscones a mi lado.

    -No soy…

    -Eres más bien lista – la interrumpió -. Quieres cazar a mi hijo, pero no lo mereces.

    -¡Basta ya! – gritó Belén -. ¡Es imposible con usted!

Se dio la vuelta, dando un respingo al ver su propia silueta en el espejo del salón. Lo había visto en otra ocasión, pero no le prestó tanta atención como ahora.

    -No lo mires tanto. Se necesitan muchas Belenes para pagar lo que vale – volvió a decir Yolanda.

Belén aferraba los puños llena de ira.

    -Aunque ahora que lo pienso… - siguió Yolanda -. ¿Adrián nunca te ha contado lo que esconde ese espejo?

    La chica no tenía ganas de responder, pero una vez más pensó en su novio, y dijo:

   -No.

   -Eso es porque no te ve importante para él. - Belén siguió aferrando los puños -. A Maica, su anterior pareja, sí se lo contó. Incluso lo vio. – La anciana se incorporó.

   -Es un simple espejo, señora. ¿Acaso esa tal Maica era tan bella que el cristal resplandecía con su silueta? No me haga reír.

   -Esa Maica se esconde detrás del espejo – respondió cuando Belén se había dado la vuelta para marcharse -. Un cuarto que el propio Adrián construyó para dormir con su amante, o quizá tú seas su amante… Todas las noches duerme con ella, y cuando os caséis, si esque todavía te quedan ganas de hacerlo, seguirá durmiendo con ella porque para eso ha construido el escondite. ¿Por qué crees que no quiero que estés con él? Porque no te necesita, ya tiene a Maica, que vale mucho más que tú.

    Belén no quería creerlo.

   -No la creo. Es su hijo. Nunca hablaría mal de él.

    La anciana apartó un libro de la estantería, sacó una llave y la introdujo en la cerradura que quedó a la vista. El espejo se abrió, dejando ver que en verdad había un escondite tras él. Belén miró anonadada. Yolanda no mentía, al menos a primera vista.

    -En el fondo me das pena. Yo soy una mujer, como tú, y me repatea que te dejes engañar.

    -Maica, tienes visita – añadió a voces.

    -¡No puede ser cierto! – gritó Belén y entró. Vio un habitáculo reducido, desde fuera parecía mayor. Contaba con un retrete, una ducha, un lavabo, un camastro y una estantería con tres libros.

Siguió mirando para hallar a Maica, pero cuando quiso volver a la realidad y darse cuenta de que la anciana la había engañado, sintió el estruendo que provocó el espejo al cerrarse.

Se dio la vuelta y vio a la anciana sonriendo a través de él.

    -¡Déjeme salir! – gritó aporreando el cristal, pero la anciana no podía escucharla. En cambio ella sí la podía escuchar.

    -Pero qué idiota eres y qué fácil me lo has puesto – empezó diciendo Yolanda -. Por fin me he desecho de ti. Un estorbo menos. No te preocupes, podrás seguir viendo a tu querido amor desde ahí dentro, y escucharlo. A tu derecha tienes un altavoz que te permite oír todo lo que hablemos mi hijo y yo, así como verle disfrutar en tu ausencia con alguna mujer que bien merezca la pena… Sin comida te calculo unos tres, máximo cuatro días de vida. Será suficiente para que Adrián encuentre una nueva chica.

    -¡Ábrame! – volvió a gritar Belén.

   -¿Mamá? – Adrián acababa de entrar.

    -Estoy aquí, hijo, a punto de acostarme.

   -¿No ha vuelto Belén?

    -Me gustaría decirte que no, pero sí lo ha hecho.

    -¿Y dónde está?

    -Vino a soltar por su boca todo lo que llevaba dentro. Después se fue. Esa chica es una víbora, ya te dije que no te merecía.

    -¿Pero qué ha dicho?

   -Aparte de insultarme… Que te deja, así, sin más. Aunque no te lo creas me duele decírtelo. Me he llevado un terrible disgusto.

    -¡No le hagas caso, Adrián! – gritaba Belén sin ser escuchada -. ¡Estoy aquí!

    -Ha sido tu culpa, mamá.

    -¿Cómo? – preguntó la anciana con el ceño fruncido.

    -No has parado hasta conseguirlo.

    -¿Qué dices? ¡Esa chica no vale nada a tu lado! Es mejor que se haya ido.

    -Esa chica es toda mi vida.

    -¡Pero no seas imbécil! ¡Con chicas así es mejor estar solo! Y al final te quedarás así. Si no sabes apreciar el amor de tu madre, cualquier día cojo el portátil y me largo a una residencia, de esa forma espabilarás. – Adrián se quedó pensando en esas palabras, justo las que le dijo Belén -. Te hablo enserio. Te dejo una nota escrita a ordenador encima de la mesa y listo. Te las apañas solo.

La anciana se fue a su habitación. Adrián quedó pensando. Belén sufriendo.



Tres días después, la anciana miraba por el espejo donde había encerrado a Belén. Los primeros dos días la chica no hacía más que dar golpes, y Yolanda lo sabía por la forma de sonar las tuberías, algo que Adrián no paró a pensar. Se extrañó al dar por muerta tan temprano a la joven, por ello aprovechó que su hijo se hallaba trabajando para abrir el zulo y entrar en él. Estaba oscuro. Belén no tenía la luz encendida y eso también era raro. La habilidad de un joven siempre lleva ventaja, por ello la chica pudo salir sin apenas ser vista por Yolanda. Belén cerró el espejo dejándola dentro.

   -¡Qué haces! ¡Abre inmediatamente!

    La joven quitó la llave de la estantería y se la guardó.

   -¿Quién de las dos se lo ha puesto fácil a la otra? Desde que la conozco no ha dejado de hablar y hablar, y como bien dijo: lo he escuchado todo. – La anciana quedó lívida al intuir las intenciones de la chica -. Prácticamente se ha despedido de su hijo, simplemente tendré que hacérselo saber en una nota escrita a ordenador, una nota que creerá ha escrito usted. Solo hay un estorbo aquí, y ese eres tú, que no mereces ni que te tenga respeto a la hora de nombrarte.

    -¡Hija, es el afán de una madre! No me lo tengas en cuenta.

    -Hasta siempre.

   Belén escribió la nota, la imprimió y dejó sobre la mesa. Después, cogió el portátil y saludó al espejo antes de irse.

   -¡Vuelve! – vociferó la anciana.

   Adrián llegó dos horas después, vio la nota y volvió a darse cuenta de que Belén tenía razón en todo.


FIN

José Losada 

 

 

 

viernes, 20 de febrero de 2015

Uno más en la habitación

                                               Uno más en la habitación




Son las siete de la mañana de un día invernal, hora en que el despertador de Natalia suena indicando un nuevo día en su vida. Perezosa, se frota los ojos y bosteza, farfullando disconformidad por tener que levantarse. Ya de por sí tiene muy mal carácter; por las mañanas aumenta, y hasta prácticamente las doce del mediodía no se relaciona con nadie. En la facultad ya lo saben y por ello no abren la boca hasta esa hora.

Se incorpora y mira la ventana. Intuye que se avecina una fuerte tormenta, un ingrediente más para aumentar su rabia. Tiene por delante 48h de trabajo duro, aguantar pacientes quejicas a los que apenas puede tomar la tensión; es residente, y según ella a todos los tratan como niños pequeños.

    Qué ganas de terminar y tener mi propia consulta, pensó y se levantó.

Todavía tenía los ojos obnubilados, pero no le hacía falta ver las zapatillas en las que metía los pies para darse cuenta de que algo raro sucedía.Se quedó extrañada, pensativa. Intentó no darlo importancia y dar un paso directa hacia el baño. Ese preciso paso fue el decisivo para volver a lo extraño. Las zapatillas le quedaban enormes.

    -¿Qué pasa? – se preguntó -. ¿Acaso sigo soñando?

No tenía por costumbre encender la luz de la habitación nada más levantarse. Sus primeros pasos siempre iban hacia el baño y, al conocerse de memoria el piso, lo veía una bobada. También intervenía el ser bastante agarrada. Pensaba que con tener que pagar el alquiler ya era suficiente. Había que evitar gastos innecesarios, sin embargo esta vez no tuvo más remedio que encender la lamparita de la mesilla y así ver claramente qué sucedía.

Pudo ver perfectamente que sus zapatillas seguían allí, como siempre, al lado de la cama, solo que las que llevaba puestas no eran de ella.

     -Qué… - Quiso continuar, pero un terror meditabundo se lo impidió.

No podía evitar la intranquilidad. Lo normal sería despertarse sola, como todos los días; no vive con nadie más y no recordaba haber compartido la noche con ningún chico.

No movía el cuerpo, pero sí giraba la cabeza intentando divisar algo con lo que obtener una respuesta a lo que ocurría. No había nada ni nadie. Lo único nuevo eran las zapatillas.

El terror se apoderó de ella y se las quitó soltando una patada. Se sentó sobre la cama mientras se mordía las uñas. El ruido del somier se unió a su pensamiento, pero esta vez no quería hacerle caso.

La mente parecía decirle: Natalia, agáchate y mira debajo de la cama. Si hay alguien más en la habitación tiene que esconderse allí.

No era capaz de hacerlo. Cabía la posibilidad de que efectivamente el dueño o dueña de las zapatillas estuviera allí escondido, sí, pero no quería comprobarlo. También podía hallarse en otra parte de la casa, esperarla en el baño, esconderse tras el sofá o tras la puerta de la cocina, donde precisamente tenía el móvil cargándose, como lo dejaba todas las noches. Ahora se arrepentía de no tenerlo a mano.

Algo tenía que hacer, no podía quedarse de brazos cruzados.

Volvió a incorporarse rápidamente. Corrió hasta la puerta sin importarle meter ruido, ni siquiera lo pensó. Desde allí, se agachó con sigilo y miró bajo la cama a distancia. Aparte de sus verdaderas zapatillas no había nada más. Bajo la cama no, pero sí detrás de ella. Vio pasar una sombra fulminante. Se detuvo justo a su espalda.

Le gustaba mucho la cardiología, y había pensado especializarse en ello, pero jamás se había planteado hasta dónde aguantaría un corazón con un latido tan acelerado como el que ahora tenía. La respiración cesó por momentos, pero la taquicardia era inminente.

     -Qui… ¿Quién puede ser? – pensó atropelladamente.

En esos momentos de tensión sí fue capaz de recordar haber visto una sombra similar en la noche. Ella pensó que se trataba de un sueño mientras dormitaba. Ahora sabía que no, que era real.

Tenía que darse la vuelta, quedándose petrificada no evitaría el peligro; la respiración volvió, jadeante, pero de la que pudo conseguir tomar algo de aire a modo de fuerza necesaria. Después se dio la vuelta, muy despacio y rígida, con los ojos desorbitados. Ante ella, en mitad de una luz tenue que parecía alejarse por completo de la habitación, halló el rostro del horror. Se trataba de un hombre, alguien a quien hacía años que no veía y ni siquiera echaba en falta: su padre.

Los ojos desorbitados fueron cambiando de forma mientras sus párpados se entrecerraban acompañando a una expresión de odio, con el ceño fruncido. En vez de preguntarse cómo había llegado él allí, prefirió preguntarle:

    -¿Qué haces aquí?

    -Hija…

    -¿Te largaste hace más de diez años, y ahora vienes a mi casa, entrando como un ladrón? – le interrumpió.

     -Jamás le he robado nada a nadie. No soy un ladrón

     -Me robaste parte de mi vida. Creo que es suficiente. Vete de aquí y déjame pasar, tengo que ir a trabajar.

    -Escúchame un momento, por favor.

    -¡He dicho que te vayas! – le gritó.

    -No recuerdas esas zapatillas, ¿verdad? – La pregunta pilló a Natalia por sorpresa. Esperaba una contestación, pero no esa pregunta. De todos modos surgió efecto porque se detuvo a pensar en ellas -. De pequeña te encantaba ponértelas – continuó el padre -. Te caías y levantabas una y mil veces. Era muy cómico verte con ellas.

    -¿A qué vienes? ¡Qué quieres ahora! – volvió a gritarle. Su orgullo no la dejaba reconocer que le seguía queriendo, y siempre le quiso.

    -Vengo a regalarte las zapatillas. – La cara de ella volvió a ser de sorpresa -. Pero sobre todo a verte.

    -Pues gracias y adiós.

    -Hija…

    -¿Ahora soy hija? ¡Que te fuiste de mi vida! ¡Jamás te importe!

    -Más que nada en el mundo – aseguró él.

   -¿Sí? – respondió irónica -. No se notó. Una niña recuerda siempre el último beso de su padre, el de despedida que jamás me diste.

    -Quiero hablarte de eso. Escúchame.

    -Ya te he escuchado bastante. Vete.

    -Cuando me vaya te arrepentirás. Escucha, por favor.

     -¡He dicho que te largues! Yo también te lo pido por favor.

Natalia agachó la cabeza esperando que su padre se fuera, y así lo hizo. Cuando levantó la vista ya no estaba allí. No salió por la puerta, solo desapareció. Ella quedó asombrada, intuyendo lo que ocurría y pidiendo seguir siendo incrédula.

    -¿Pa… pá? – preguntó a la nada, emocionada de miedo y pena al mismo tiempo.

     -He intentado explicártelo, pero no me has dejado y mi tiempo ha terminado – dijo una voz -. Estaría días enteros dándote besos, pero no puedo, y cuando les quisiste no pude. Te dijeron que tu papá había hecho un largo viaje, ahora puedes darte cuenta que era eterno… La última vez que te vi no querías separarte de mis zapatillas. Ahora son tuyas. Póntelas, te protegerán siempre.

La chica volvió a sentarse sobre la cama, derrumbada. La voz de su padre cesó.

Natalia siguió llorando. Una de sus lágrimas cayó impactando sobre la zapatilla derecha. El rostro de su padre se reflejó en ella, sonriendo. Ella cogió la zapatilla, y solo veía allí el rostro de su difunto padre, iluminado. Lo besó.

     -Perdóname, papá. Nunca me perdonaré el no haberte escuchado. Tendría que besar el suelo por donde pisas, y como no pienso separarme de tus zapatillas, podré hacerlo, porque será como si tú siguieras pisando mientras camine con ellas.


                                                                    FIN


José Losada