miércoles, 13 de julio de 2016

Nacida para matar

         


Un agujero, eso es lo que veo.
            Mis ojos, secos prácticamente, contemplando tanto horror, observan el trayecto por el que a continuación me dispongo a bajar. Voy cayendo, y no porque yo quiera, sino porque es así. El mundo es así. Todo tiene su explicación, al igual que todos nacemos para algo.
¿Sabes para qué me han dado la vida?
Para matar.
*****
No tengo opción. Si me diesen a elegir, preferiría morir antes de asesinar; sin embargo, por desgracia, cumplo las dos funciones: matar y morir. Soy como una abeja que deja su aguijón dentro de un cuerpo humano, preparando un bulto cojonudo, matando en caso de alergia y… ¿Para qué? Para después morir.
            El insecto no lo sabe, no es capaz de pensar. Si lo supiera, se ahorraría el matar para después morir. Ella no, pero yo sí lo sé; el bicho puede cambiarlo, yo no.
            Pendo de un hilo, y no de forma literal, pero puede utilizarse esta expresión para reflejar mi estado. Me asomo, mi cuerpo cuelga, miro y me contengo. Me muevo, podría decirse que bailo, como un niño columpiándose en un columpio, me hincho, sacando al exterior todo mi volumen; y, mientras, lo veo, en segundos que parecen horas. Veo cómo me acerco a mi destino, cómo voy directa al agujero que he mencionado al principio. Me faltan brazos  para hacer una cruz con ellos y pegar las manos a las paredes que me aprisionan, para no moverme más. Me gustaría quedar retenida, parar el tiempo y observar con detenimiento lo que voy a hacer. Es imposible.
            Me caigo, ya no puedo demorarlo más. Hago todo lo posible por remediarlo, y aunque no lo consigo, no puede decirse que no lo intente.
            Lo siento. Te voy a matar. No quiero, pero no depende de mí.
Cuando sepas quién soy, dirás que no tengo ojos para ver, pero te equivocas, ya que veo de la misma forma que ves tú, siento miedo, igual que tú, y por unos minutos, que son más o menos lo que dura mi vida, soy capaz de pensar, igual que tú; y además, tengo la capacidad de explicarte qué es lo que siento. ¿Tú eres capaz de explicar lo que sientes? Algunas veces, sí; pero no todas. Piénsalo. Yo sí puedo, y para que me entiendas, te diré que ahora mismo me hallo dubitativa, como cuando esperas a que el escalón de una escalera mecánica se ajuste a tu altura, lo pises y te baje o suba sin que hagas nada más que observar. Esos instantes en que tu pierna hace la mención de mover el pie y pisar, esas escasas milésimas de segundo, son mi vida ahora. Después, imagínate bajando por un tobogán, pero sin que tu cuerpo lo roce, que solo caigas al vacío. Si digo que es lo mismo que hacer puenting, mientras toda la adrenalina te sube por el cuerpo a la vez que tú bajas, igual no me entiendes, porque no todo el mundo lo ha experimentado. Sin embargo, toda persona ha bajado por un tobogán cuando era pequeño, así que quédate con este dato, y que tu imaginación recree este paso prescindiendo de un apoyo para tu cuerpo en lo que te diriges al suelo.
No puedo gritar durante la caída, porque no me han dado boca para hacerlo, pero sí que siento cómo sube mi miedo cuando yo bajo. Y durante el trayecto, esos ojos que antes mencioné, los que tú jamás me verás, pueden ver la muerte de cerca, igual que tú podrás sentirlo si corres hacia un muro y frenas en seco cuando vayas a estrellarte. La ventaja es, que igual que la abeja, tú puedes frenar; yo, no.
Me veo estrellar, cada vez estoy más cerca de la muerte. El mundo que me aprisiona se ensancha, lo veo borroso y, consiente en todo momento, choco contra el agujero del que vengo hablando, quedando de mi un triste aturdimiento en… Oh, Dios. Me siento como cera fundida, deslizándose por una vela tras el calor de una llama fija. No me puedo mover, y sin embargo, mi cuerpo se va despidiendo de las paredes que me han impulsado a la muerte. Voy en contra de la marcha en un largo viaje. Lo que tengo por cabeza, cae; y tras ello, un brusco movimiento al vacío de lo que resta de mí.
Voy hacia-aaaaa….
¡Glub!
*****
Es… estoy rodeada de…
No es posible.
¡Todo el mundo es igual que yo!
-Tu turno, hermana –me dice algo igual a mí, con sonrisa burlona y ojos viciosos.
Las miro a todas. ¡Son idénticas! Forman un corro reluciente, ¡pero ninguna borra esa sardónica sonrisa!
-Las últimas siempre serán las primeras –escucho decir a otra de ellas; y a continuación, una risa global.
Ja ja ja
Ja
Ja ja ja ja já
-Adelante –Suena a eco-. nte… te…e.
-VAMOS… MOS…OS…S-insiste otra estremecedora voz-. HA LLEGADO TU HORA.
No sé si mi sentido auditivo se ha taponado, pero lo cierto es que lo escucho muy dentro de mí, como si esas voces viviesen en mi cabeza y alguien las estuviese reproduciendo continuamente. Me mareo, ¡todo me da vueltas!
-LLEVÉMOSLA DIRECTA A SU MUERTE –dice otra espeluznante voz. Es más ronca, y consigue que me paralice.
Creo haber olvidado lo que soy, y para qué estoy hecha. Tal vez no; tal vez solo quiero olvidarlo, que esto no sea verdad. Es la voz del miedo, ¡está presente dentro de mí!
Vuelven las risas.
-¡Soltadme! –Puedo hablar. ¡Puedo!
Ja ja ja já
-¡Dejadme en paz!
-Adiós, hermana.
-¡No, espera! ¡Esperaaaaa!
De pronto siento como si me estrujasen entera, pero por partes. Me dejan caer en un tubo que va comprimiendo todo mi ser. Primero la cabeza, abollándola como si unas tenazas la apretasen con fuerza; después, el tronco, apachurrado a presión cuando ven mi cara encajada.
El recorrido es lento, doloroso. Siento cada parte de mí unida a las demás. Tengo el cogote en el final de mi cuerpo, y el principio penetrando en el resto, igual que si fuese un globo al que presionan, no logran pincharlo y la goma de su cuerpo se expande en su interior.
Resbalo, sí, pero con sobreesfuerzo.  Yo misma me arrastro, más o menos como si gatease por esta pasarela que me lleva a… ¿El cielo? ¿Allí va quien muere? Puede ser, pero lo que se siente es un infierno.
Esto tiene muchas curvas. Estoy…subiendo. ¿Sí? Sí, y ahora…
No, no nono no  nóoooo….
Bajo de golpe para adentrarme en lo más profundo de…
¿Qué es esto?
Me lleva la marea; es todo rojo y más estrecho que el tubo anterior.
¡Voy muy rápido!
No me acuerdo lo que soy. ¡He perdido todos mis sentidos!
Entonces escucho, muy muy lejos…
“Con esto ya no sufrirá. Poco a poco se irá quedando dormido, su vida se apagará poco a poco, y entonces, morirá sin dolor, sin enterarse de nada”
Ahora recuerdo: soy una medicina letal, lo que utilizan los médicos para anestesiar para siempre a sus pacientes. Conmigo, van quedándose dormidos y no sufren. Claro, por eso yo sabía que mi misión consiste en matar.
-¿¿Por qué yo??
A mi lado había frascos con gotas idénticas a mí, pero su función es la de alimentar e hidratar el cuerpo a base de suero. ¡Dentro de frascos igual que yo! ¿Por qué ellas curan y yo mato?
Matar y morir.
La vena sigue arrastrándome hacia el final, donde moriré como la persona a la que voy a… Joder… matar.
-Oh, ese es el corazón. Llego a él.
»No tan rápido. ¡Un poco más de vida, por favor! ¡No quiero!
Está ahí. Ya llego.
Quiero recular, ¡pero me es imposible! Solo tengo camino de ida; el pasado, como tal, queda atrás. Mi camino de vuelta, también.
-¡Paren esto!
Mi lágrima, mi primera y última lágrima, no es más que una cuarta parte de mí, una minúscula gota, como lo soy yo.
Todo se emborrona.
-¡Mejor! ¡No quiero verlo!
Pero lo veo. La nítida claridad se hace presente, y el rojo, predomina como velo de antesala a la doble muerte.
Ha llegado mi hora.
-Me estrello, ¡no tengo más tiempo!
Lo siento. Perdó…
Glubssss…