miércoles, 31 de agosto de 2016

Amor en la oscuridad (Cuarta parte)


29

           

Después de la ducha (en la que Chiqui prefirió ducharse solo) Estela –con algo de esfuerzo- levantó el wodeen dummy, y después, le dijo a su chico que se tumbase en la cama, que era hora de lectura. Él se extrañó, y en ningún momento pensó que se tratase de una broma pesada, pero tampoco podía creer que su chica se hubiera olvidado que él ya no podía leer.

            -Te dije que yo sería tus ojos, y los soy –dijo la chica y empezó a buscar en la estantería.

            -¿Me vas a leer? –preguntó él, más extrañado.

            -Ajá.

            -¿Como a los niños cuando les leen un cuento?

            -Así es, niño.

            Chiqui sonrió. Después de un día de amargura, al fin sus labios volvieron a ensancharse.

            -¿Estabas leyendo alguna novela estos días, amor? –le preguntó.

            -Sí. A corazón abierto, de J.M. Bartolomé. Una pasada.

            -¿Quieres que te la lea?

            -Me queda mucho para terminarla aún. Mejor léeme algo más corto. Me da cosa que hagas esto por mí.

            -Tú relajadito, y no te muevas.

            -¿Seguro que me vas a leer?

            Estela rio.

            -Sí, seguro seguro.

            Ojeó más títulos.

            -Veamos… Gótica y erótica, de Dioni Arroyo Merino; Saber moverse, de Jorge David Alonso Curiel; Nada es lo que parece, de Tere Otero Iglesias; Entre los nuestros, de Laura Martín; Mía, de A.G. Keller; La sombra del dinero, de Sandra Estévez; Los eternos, de Martha Molina; Ya no somos tan jóvenes, de Mary Ann Geeby; Una noche bajo la lluvia, de Dione Kessler; Gabriel, de Fran Spoiler; Iluso Amor, de Máximo Corporan; Tras la bruma, de Zoraida Alí Morell; Galemith: la resistencia, de Laura Campos; Memoria del paraíso, de Juan Sevillano; El día que perdí mi sombra, de Aída del Pozo.

            -A la derecha hay más –dijo Chiqui.

            -A ver… Persiguiendo un corazón, de Lauren Morán; Viaje a Nadsgar, de Alejandro Barrero; Los hijos del Armero, de Jorge T`raven. La maldición de Cavielli, de Rotze Mardini; Ángel de nieve, de…

            -Esos son relatos de varios autores –dijo Chiqui-. Abre uno al azar.

            -Pues a ver… Página 265. El aniversario, de Thelma García. Y también… Noche de blues, de Enrique Eloy de Nicolás.

            -Son relatos eróticos, cariño.

            -Ya lo veo, cielo –respondió ella-. Aquí hay otro libro. Espera a ver… Diario de un fracasado, de José Losada.

            -Ese no me gusta nada  –volvió a decir Chiqui-. El autor no sabe escribir.

            -¿Cuál te leo, mi amor? ¡Ah! Aquí hay más.

            »Seres malditos, la conversión, de Eba Miren; 8 cuentos perdidos, de Nina Peña; Despeinadas, de Luna White; Héroes del cielo, de Eric J Lagarrigue; El quinto conjuro, de Gabriel Sosa; Sin miedo a vivir, sin miedo a soñar, de Lusa Guerrero; Un regalo familiar, de Marta Martín; El rubí Timur, de Paloma Carabal; La fuerza del amor, de Noelia Jiménez; Leyendas del averno, de Ainhoa Gallardo…

            »Y aquí hay más relatos… -Estela los miró-. Las cartas de Penélope, de Erin G Writer; La familia Marlo, de Desirée Peris; Relaros en serie del Umbral de Sainde.

            »Aquí hay otro: Doña Cleta, de Pilar Nicolás María… Este es un cuento infantil, tesoro.

            -Sí –afirmó Chiqui-. Lo tengo ahí por si algún día tenemos un hijo, pero yo ya no se lo podré leer. –Quedó apenado.

            Estela se acercó a él.

            -Mi amor… -Le besó.

            -Mira a ver en internet, hay blogs interesantes –Chiqui cambió de tema-. Hay que apoyar a los blogs literarios. No sé… El escritorio del búho, Los sueños de Eratós, La princesayaseve, Los libros de Ulises, de Sonia Yáñez, Cinco palabras, que lo lleva Mar Olayo, o los poemas de Eterna Gótica.

            -No tengo velocidad, amor –respondió ella-. ¿Te leo Crepúsculo?

            -¿Quieres quedarte ciega tú también?

            Estela empezó a reír a carcajadas. Chiqui las echaba de menos, y le dolía no poder verla reír.

            -Es una historia de amor muy bonita –volvió a decir la joven.

            -Tú sí que eres bonita.



30


Estela se acercó a su chico. Él miraba la oscuridad de su campo de visión, en un punto muerto, muy alejado de su chica. Enseguida notó su perfume. Siempre olía al aroma de una agradable fragancia. Dos gotitas en el cuello y listo, olor para todo un día.

            Ella se recostó, y posteriormente, se sentó encima de sus piernas. Fue acariciándole los brazos, desde los dedos de las manos hasta los hombros, y a la vez que iba cayendo encima de su pecho. Chiqui notó el roce de los senos contra la fina tela que le cubría el torso; al mismo tiempo, su boca fue presa del sabor que provocan unos labios llenos de amor. La abrió para que su lengua se entrelazase con la de su chica, el aliento de ambos con cada suspiro y la acelerada respiración.

            -Cari –dijo él mientras Estela le seguía besando y acariciando-. No… creo que…

            -Déjate llevar, mi amor –Le seguía besando.

            -No sé si estoy preparado. No… no tengo… -Estela le colocó el dedo índice en los labios.

            -Me sigues amando, ¿verdad? –le preguntó.

            -Mucho –Se detuvo unos instantes-. Muchísimo.

            Entonces no pienses en nada más que en mí. Acaríciame y hagamos el amor como lo hemos hecho siempre, cariño. Olvídate de que no me ves; siénteme, cielo. Siénteme y disfruta.

            »¿Quieres?

            Chiqui se lo pensó. Por supuesto que quería hacer el amor con su chica; la deseaba tanto o más que el primer día, pero el tema de la vista le había dejado en shock momentáneo, como si solo notase el corazón y el resto del cuerpo estuviese muerto.

            -¿Me deseas? –volvió a preguntarle.

            -Claro que sí.

            Chiqui tanteó. De los muslos subió a la cadera, y allí buscó el final de la camiseta. La subió y tiró de ella. Estela quedó con los senos al descubierto. Él subió las manos y comenzó a moverlos en círculo; después, se incorporó y los besó sin dejar de acariciarlos. La erección se hizo inminente.

            Tumbó a su chica y se colocó encima de ella. Se quitó la camiseta y siguió besándola al mismo tiempo que se las ingeniaba para quitarle el pantalón de chándal. Ella se lo puso fácil, cooperando en todo momento. Una vez desnudos, Chiqui se inclinó para besar suavemente la boca de su chica. Estela le abrazó, susurrándole al oído que le amaba con locura. Él se detuvo unos instantes, con los nervios propios de la primera vez; en este caso, la primera vez sin poder verla.

            -Adelante, cariño –le dijo ella.

            Hicieron el amor, como tantas otras veces.



31


Estela acariciaba el pecho de su chico, jugando con el vello.

            -¿Qué tal, amor? ¿Has notado alguna diferencia? –le preguntó.

            -Sí –afirmó. Ella le prestó atención-. No se me ha nublado la vista en el orgasmo.

            Estela comenzó a reír escandalosamente.

            El humor era necesario para normalizar el problema e incluirlo en la vida diaria lo antes posible. Todo iba bien. De momento, sí.



32


Después de una nueva ducha, la pareja conversaba.

            -Te veo muy bien, cariño –le dijo Estela.

            -Tú que puedes verme –respondió algo serio.

            -Ay, cielo… En serio –Se acercó a él-. Veo que has empezado a tomártelo con humor.

            -Qué remedio –respondió Chiqui. El tiempo de broma había terminado. Se frotó los brazos para entrar en calor.

            -Hace frío, sí –dijo ella-. Y se ha terminado la leña. Saldré a buscar algo.

            -Te acompaño.

            -No. Tú a descansar. Tienes cara de sueño. –Era cierto que Chiqui parecía medio dormido.

            -No me gusta que vayas sola, y menos en pleno invierno.

            -No me va a pasar nada, cariño –Estela se subió la cremallera del abrigo-. Con unos pocos palos servirá. En cuanto los encuentre, volveré. No me alejaré demasiado. –Le besó-. Prométeme que intentarás dormir algo, ¿vale?

            Chiqui no estaba tranquilo.

            -Prométemelo.

            -Está bien –cedió.

            -Pues recuéstate, que yo te vea.

            Así lo hizo.

            -Mi niño bello. No tardo.

            -Ok –Ese “ok” no rebosaba felicidad. Seguía sin querer que su chica saliese sola.

            Estela se fue.



33


La temperatura había bajado considerablemente. Las heladas nocturnas estaban siendo infernales en un gélido diciembre. Estela caminaba con la compañía de un insoportable zumbido en los oídos a causa del viento. Azuzaba sus mejillas, dando algo de color a sus pálidos mofletes. Llevaba los ojos entrecerrados al volar trozos de hojas, arenilla y partículas de basura. Sin duda, no era un buen día para salir a buscar leña.

            Al bordear la casa, pisó uno de los cordones de sus zapatillas de deporte; este se estiró y logró deshacer el nudo.

            -¡Vaya! –protestó.

            Se agachó para anudarlo de nuevo. Tenía los dedos como cubitos de hielo. El roce del cordón hacía arder su piel congelada.

            -Ya está.

            Pero cuando fue a levantar la cabeza, dos sombras se interpusieron en su campo de visión.

            La levantó muy despacio, sintiendo en el pecho la llamada de “ALERTA, PELIGRO. ALGO NO MARCHA BIEN”

            Y acertó, ya que nada más levantar la vista, dos manos taparon su boca.




34


            ¡Chiqui! ¡Chiqui!

            Un pesaroso tono de voz gritando a lo lejos. Eran imágenes en Slow, como si alguien estuviese visualizando una antigua cinta VHS y quisiera profundizar en una escena de baja calidad. A pesar de moverse a cámara lenta, atronaron unos quejidos salvajes, pleno sufrimiento en la propia carne de un alma en pena, rodeado por la maldad y la impotencia.

            De nuevo más “Chiqui, Chiqui”, entremedias de pausados golpes, como si un látigo zurciese el cuerpo inmóvil de alguien que estaba siendo torturado.

            ¡Que te calles, zorra!, sonó tan alto y claro como si estuviese allí mismo.

            Había movimientos. Bultos peleando y más y más quejidos; varias voces luchando por ser las protagonistas, por subir el tono y dejar a la otra oculta en un griterío inútil. Después, una especie de espeso charco sangriento se adueñó de la cámara principal (esa que lo veía todo tan de cerca pero sin el poder de actuar y remediarlo). Impactó de lleno, golpeando con conciencia para acto seguido empezar a escurrirse, como agua deslizándose por el cristal de una ventana, pero agua roja.

            -¡Chiqui!

            Chiqui despertó, una vez más, sobresaltado.

            -¡Estela! –gritó.



35


            -Te vas a estar quietecita, muñeca, ¿ok? –le dijo a Estela uno de los dos tipos con pasamontañas. El que hablaba la tenía sujeta por la espalda: con un brazo rodeándole la cintura, apretando los dos de ella contra sus propias caderas; con la otra tapaba la boca. La chica movía los dedos con nerviosismo, sintiendo las muñecas aprisionadas por una mole inmovible. Pestañeaba compulsivamente, mirando con ojos angustiados el rostro enlanado del tipo que tenía enfrente.  

            -Y vas a dejar que disfrute de ti –siguió diciendo.

            Estela juntaba las dos rodillas a la vez que respiraba con ajetreo y angustia.

            -Tal vez esto te ayude a comportarte.-El encapuchado que hablaba sacó una navaja. Su hoja brilló, como los ojos de Estela, refulgiendo en lágrimas aterradas.

            -Túmbala –ordenó el del arma.

            El otro obedeció. La chica sentía cómo la apoyaba en el suelo mientras ella protestaba con unos “hum-huuuum” inentendibles.

            El del arma se tiró encima de la joven. Su compañero la giró la cabeza, haciendo que su nariz se clavase en la hierba seca, y que sus ojos vieran el verde apagado y lo sintieran a base de escozor. Ella seguía quejándose en vano. Con semejante manaza en la boca era imposible que dijese nada; el otro encapuchado agarró el abrigo y dio un fuerte tirón hasta rasgarlo.

            -¡Quieta! –gritó al ver que Estela se resistía y movía los pies, con las piernas igual de aprisionadas que los brazos; en este caso, la cadera del individuo se apoyaba en ellas.

            Tiró del pantalón de chándal mientras ella pataleaba. Al fin tenía las piernas libres, pero sería por poco tiempo. El otro empujó su cabeza contra la hierba, haciendo que se centrase en el dolor de la cara y así dejara de golpear a su compañero.

            -¡Estate quieta, marrana! –La golpeó con el puño-. Y tú –le dijo a su compañero-. Déjala que grite, quiero que su noviete la escuche.

            El otro volvió a obedecer y quitó las manos de la boca para que esta gritase, pero sin dejar de apretar la cabeza de Estela contra el suelo.

            -¡Estela! –gritó Chiqui. Había salido al exterior. Conocía el alrededor tan bien como su propia casa.

            -¡Amor! –Aulló entre lágrimas y pataleos-. ¡Me quieren violar!

            Los oídos de Chiqui captaron la voz a lo lejos. Su corazón se aceleró.

            -¡Estela! –gritó de nuevo-. ¡Soltadla!

             -¡Ven a ver sufrir a tu niña! –gritó el que sujetaba a Estela-. Ah, perdón, que no puedes ver –Rio.

            Estela gritó a voz de cuello.

            -¡Que te estés quieta, maldita!

            Chiqui lo escuchó, y también el golpe que se originó después de la frase. Lo recibió su novia, pero a él le golpeó en el pecho como una auténtica puñalada. La sentía llorar de dolor y miedo

            -¡SOLTAAAAADLAA! –bramó con los puños apretados.

            Perdió la orientación al ponerse nervioso. No sabía si su casa estaba adelante o atrás, por ello intentó moverse y tropezó.

            El agresor consiguió quitarle las bragas a Estela. Él se bajó los pantalones.

            -¡Sujétala bien! –gritó.

            -¡Suéltame suéltame! –Pataleaba más.

            -¡SUJÉTA LAS PIERNAS, JODER! –vociferó quien intentaba violarla.

            -¡Estelaaaaaaa! –rugió Chiqui desde el suelo. Clavó las uñas en la poca hierba y la arrancó entre gritos rabiosos.

            El agresor se bajó los calzoncillos mientras su compañero seguía apretando la cabeza de la chica contra la hierba. Ella se preparó para sentir, sentir dolor, miedo, el que uno de esos malnacidos entrase en ella a la fuerza. Sus lágrimas suavizaban la hierba reseca mientras la aspereza dañaba sus ojos. Eso no era nada en comparación con lo que podría llegar a sentir. Gritó una vez más el nombre de su chico, sin fuerzas, derrotada. Sabía que ninguno de los dos podían hacer nada.

            -Ya eres mía, muñeca.

            Estela copió el gesto de su novio y estrujó la hierba, tal y como querría hacer con la garganta del que iba a violarla. Cerró los ojos y chilló.

            -¡Cuidado, Hugo! –vociferó el que sujetaba a Estela cuando vio aparecer a Chiqui. Pero no le dio tiempo a apartarse. Gritó al sentir la fuerza de una pierna golpearle en la espalda. Rodó por el suelo; la joven quedó libre de cintura para abajo. Blas (que era el otro agresor, tal y como habían planeado) se aturulló y la chica aprovechó para levantar la cabeza y golpearle. Este también gritó, pero no tanto como al ver que tenía delante a su eterno rival.

            -¡Estela! ¿Estás bien? –preguntó Chiqui, aturdido-. ¡Ven conmi…!

            Blas se encargó de quitarle la vista, pero desde el principio, Hugo digo que él remataría la faena. No había podido hacerle nada a Estela, pero al igual que su amigo, odiaba a muerte a Chiqui; por lo tanto, le dio un fortísimo golpe en la cabeza que le dejó sin habla, sin fuerzas.

            -¡Chiquiiiiii! –gritó Estela cuando vio y pensó. Veía sufrir a su chico, pero además sabía que un nuevo golpe en la cabeza podría quitarle la vida.

            Chiqui abrió unos ojos como platos. Sintió una masa calórica recorriendo su cabeza, como si a su cerebro lo envolviese un malestar general. Quedó paralizado delante de la figura perpleja de su chica, a quien no veía pero sentía dentro del corazón; del mismo que no desistía en seguir latiendo, pero le costaba. Cayó de rodillas, y después, cayó su cabeza, sonando como una roca al impactar contra el suelo.

            -Que lo has matado, tío. ¡Que lo has matado, imbécil! –le gritó Blas a Hugo. Este último respiraba con dificultad mientras miraba lo que acababa de hacer, arrepentido.

            -¡Chiquiii! –gritó Estela. Se arrodilló y le abrazó.

            -Hostia… ¡Hostia! –dijo Hugo. Se llevó las manos a la cara.

            -Cariño, dime algo. ¡Háblame, mi amor! –Ella lloraba, desesperada.

            -¡Hay que salir cagando leches de aquí! ¡Vamos, payaso! –le dijo Blas.

            Hugo miró una vez más el cuerpo de Chiqui antes de salir corriendo.

            -No te mueras, mi amor –insistía ella. Le daba golpecitos en la cara, le zarandeaba; y también le frotaba el pecho-. Despierta, por favor. ¡Mi vida, reacciona!

            Gritó, histérica. Veía que su chico no volvía en sí, que lo que estaba tirado sobre la hierba poco tenía de Chiqui y sí de un cadáver directo a pasarse el resto de la eternidad en un foso tan oscuro como sus apagados ojos.

            -¡AYUDAAAAA! –gritó a voz de cuello, pero nadie la escuchó, tan solo sus propios oídos-. ¡Ayúdenme! –Sus lágrimas caían sobre la cara inerte de su chico.

En las películas el amor lo cura todo, y hasta una gota salada puede apagar el llanto amargo de una novia para endulzarlo con una resurrección espontánea, vivir felices y comer perdices. Solo son películas. Si en la vida real el destino decide romper una relación, solo las lágrimas se asocian a la ficción: siempre están presentes, y es lo único a lo que la desconsolada chica que acaba de perder a su novio puede agarrarse. Llorar y llorar.

Salió corriendo.

La puerta de la casa estaba abierta. Entró como una zombi, como un auténtico cadáver que pisa sin saber por dónde anda. Sus ojos intentaban captar la posición del teléfono móvil mientras un ahogo oprimía su pecho y no dejaba de hipar. Lo encontró.

Quiso marcar el 112 pero sus dedos marcaron el 1111111; después sí.

-Servicio de emergencia –le dijo una señorita.

-Mi… -Entristeció-. Mi amor se ha muerto.


(CONTINUARÁ EL VIERNES)

martes, 30 de agosto de 2016

Amor en la oscuridad (Tercera parte)







                                                                                   20



Estela dijo que nada de enfermería, que se llevaba a su novio al hospital para que le mirase un especialista. Llamó a un taxi y le pidió que se diese prisa en llegar, que su chico estaba muy nervioso; y era cierto, aunque más que nervioso, histérico. No dejaba de moverse, de llorar, de toquetear todo con sus manos ensangrentadas. De tocar la cara de su novia, la misma que le gustaba ver cada vez que despertaba a su lado; mirar sus preciosos ojos negros, su sonrisa feliz… Ahora ya no podía hacerlo. Mirarla a ella era como ver una habitación a oscuras donde un magnetófono reproduce su voz.


-Tranquilo, amor mío. Se solucionará.


Ella se lo decía de camino, pero él lo escuchaba en ese magnetófono cerebral. Sus ojos ya no le servían para nada.


-Mis ojos… ¡MIS OJOS! –gritó. No había llorado nunca tanto en toda su vida. Estela quiso abrazarle una vez más, pero él no se dejó.


-Déjame abrazarte, cariño –suplicó ella, entristecida.


-¡No! ¡No me toques! –vociferó él, manoteando al aire-. No veo, ¿lo entiendes? ¡¡YA NO PUEDO VER!!


Estela también lloraba, conteniendo el sonido del sollozo para que Chiqui no la escuchara.


-¿Qué buscas, mi amor? –le preguntó al verle tantear en el aire.


-La puerta.


-Aún no hemos llegado.


-Lo sé. ¡Pero quiero tirarme! –Se encolerizó-. ¡¿DÓNDE COÑO ESTÁ LA PUERTA?!


-¡CARIÑO! –Chiqui jamás había escuchado llorar así a su novia. Al no poder verla, su oído se agudizó. Sabía que estaba sufriendo; y mientras se detenía a pensar, la escuchaba el llanto y el hipo. También podía escuchar sus nervios al moverse inquieta. Cedió y se detuvo.


-Te amo, mi vida –Chiqui se dejó agarrar la cara. Llevó sus manos hasta las de ella, y las tocó. Era muy diferente tocárselas bajo una oscuridad completa, pero las veía en su mente. Las veía acariciando su pecho, cuando le abrazaban, cuando uno de sus dedos le rozaba los labios antes de besarle, y cuando le agarraban las suyas a la vez que caminaban felices. Ahora las acariciaba él, poniendo en práctica el sentido del tacto y el del oído, ya que con este último aún la escuchaba llorar. Eran las manos de su amor, limpias, pequeñitas, suaves, y con las uñas bien cuidadas, salvo en ese instante, donde Chiqui se dio cuenta que se las había mordido por la preocupación.


-Volverás a ver, cielo. Te lo juro –le abrazó.


-Tengo miedo –confesó-. Tengo mucho miedo.


Estela miró hacia arriba, pensando: y yo. Pero no dijo nada, le acariciaba con ternura.


Llegaron al hospital.




                                                                              21



Blas salió disparado del gimnasio. Cayó sobre la palanca baja de uno de los contenedores, la accionó con el trasero y la tapa se levantó.


“LA PORQUERÍA SE RECOGE A LAS 0:00H”. Había llegado demasiado pronto.


-No volvel nunca más –le dijo el maestro, quien le había propinado una fuerte patada en el estómago. El chico se retorcía entre bolsas de basura con olor a pescado, trozos de cristales y heces de ancianos-. Yo no enseño a tlaidores. ¡Fuela!


Como curado de pronto, se incorporó ipso facto. Le corría prisa salir de allí antes de recibir una paliza mayor, luego ya podría ir doliéndose por el camino. El maestro se quedó en la puerta hasta que le perdió de vista.


Hugo salió por la puerta trasera, pero no tardó en reunirse con su amigo, quien encorvado, se dolía del golpe entre continuos accesos de tos.


-¿Qué ha pasado, colega?


-¡Quita, hos(ca-jum) tias! –le apartó de un manotazo, tosiendo al gritarle-. Me ha echa (ca-jum) do. ¿O es que eres tú el ciego?


-Le puedes denunciar –dijo Hugo-. ¡Hazlo! ¡Denuncia a ese hijo de puta!


-¡No digas payasadas, idiota! –le gritó Blas-. Da gracias que no me denuncie él a mí.


-Ha sido un combate. Gajes del oficio, tío.


-Veremos a ver si es verdad.


-Nosotros sí lo veremos, quien no lo hará será el nenaza.


Blas empezó a reír. Al principio muy débil, luego más rápido. Hugo también rio. Los dos reían a placer.


-Esa ha sido buena.


-Ya ves –Hugo sacó un porro mientras su amigo se reía por el “ya ves”. Le costó entender lo que él mismo había dicho. Cuando lo comprendió, volvió a reír.


-Buen puntazo –puntualizó Blas-. Dame una calada.


-¿Quieres cogerte un buen ciego?


-¡Ya vale! –A Hugo se le cortó la risa con el grito de su amigo-. Ya jodes un poco con tanta risa. Ahora dime, ¿cuándo te tirarás a la novia de ese desgraciado?


-No tengo prisa –Expulsó el humo del canuto-. Supongo que se quedará una temporada cuidando al de los ojos pochos, y yo quiero que él esté presente. Iré a su casa.


-¿Te has vuelto loco, gilipollas? –preguntó Blas, completamente cabreado-. ¡¿ES QUE QUIERES QUE TE METAN EN LA CÁRCEL, PAYASO?!


-Escuchará gritar a su princesita –Hugo sonreía con cara de satisfacción-, y no hay nada que más le pueda joder que verme joder a su novia sin que él pueda hacer nada. No puede verme, así que no sabrá quién soy.


-¡¡PERO ELLA SÍ, BOBOTONTO! –vociferó Blas.


-¿Y quién te ha dicho a ti que yo vaya a ir con la cara descubierta, eh? Además tú me ayudarás.


-¿Cómo? –Se sorprendió.


-Claro, es el remate final a nuestro enemigo.


-¡Yo no voy a violar a nadie! –gritó Blas.


-Tú la sujetarás. Si quieres, y si no, ya me encargaré de que la policía sepa que el golpe que le diste no fue un simple fallo competitivo.


-Me cago en tus putos muertos, ¿me oyes? –Blas le agarró del cuello, apretando con fuerza. Tenía cara de demente al borde de un ataque de locura-. Como abras la boca te corto los huevos y haré que tú mismo te los mastiques y tragues, y entonces tendrás que despedirte de usarlos con esa perra, ni con ninguna otra. ¿Me explico?


-¿M…e h…e ex…pli…ca…do yo? –respondió, sin aire.


-¡¿ME EXPLICO?! –insistió Blas.


Hugo, tras pensarlo unos segundos, y viendo que tenía las de perder, sobre todo perder la vida en ese instante si Blas seguía apretando con tanta fuerza, respondió:


-S…sss… sí.


-Muy bien, chavalote –Le dio una bofetada suave-. Veo que nos entendemos.


Hugo tosía una vez que su supuesto amigo le dejó respirar.


-¡He dicho veo! –dijo Blas y empezó a reír-. ¡Veo que nos entendemos! –Se desternillaba de risa.


A Hugo ya no le hizo gracia.




                                                                              22





Estela esperaba en el pasillo del hospital. Llevaban más de cuarenta y cinco minutos explorando a su chico. Paseaba de un lado a otro, continuamente. De vez en cuando se detenía, apoyaba la espalda en la pared y empezaba a llorar.


Por favor, que no sea nada, se dijo, entre lágrimas.


La puerta se abrió. El doctor la pilló llorando sobre la pared. Al verle, corrió a preguntarle:


-¿Está bien? ¿Es grave? ¿Volverá a ver? –Se enjugó los ojos con las manos, mirando al médico con cara de preocupación e inquietud.


-Aún es pronto para adelantar acontecimientos –explicó un doctor entrado en años, bajito y con una corbata más larga que su tronco-. Ha sufrido un fuerte golpe en la parte occipital de la cabeza, lo que ha hecho que su nervio óptico le provoque esta ceguera.


-Pero, ¿se podrá remediar? –insistió ella-. Dígame algo, por favor.


-Lo más importante es que no se produzca un derrame cerebral, eso sí sería muchísimo peor –aseguró- Si descansa, está tranquilo y no hace esfuerzos, podrá evitarse. Y sobre todo, que no reciba más golpes en la cabeza.


-Yo me encargaré de todo –volvió a decir Estela-. ¿Y la ceguera? Por favor, en sus años de experiencia habrá visto muchos casos similares. Dígame algo, aunque sea un porcentaje bajo, pero dígamelo, se lo suplico. ¿Podrá volver a ver?


-Efectivamente, he tenido varios casos así a lo largo de mi carrera.


-¿Y?


-Todos ciegos. Lo siento.


Estela volvió a llorar.


-Hazme caso, muchacha –volvió a decir el doctor al verla tan derrotada-. Sois muy jóvenes, y se te ve que le quieres mucho. Imagino que querrás tenerlo; si no es con vista, por lo menos que siga viviendo, ¿no?


-Claro que sí –respondió ella de mala manera-. ¿Por qué me dice eso?


-Pues de nuevo por mis años de experiencia –respondió el médico-. Los ciegos, ciegos siguen; los del derrame cerebral, ni ven ni viven para contarlo.


La chica palideció.


-Cuídale.






                                                                             23



La pareja entraba en casa de Chiqui. Él, serio, sin ganas de decir nada, y también medio drogado por los tranquilizantes. Ella, sonriente, aunque no tenía ganas de reír, pero quería mostrarse alegre delante de él, quitar importancia a la gravedad. No sabía si era o no buena idea, pero no tenía otra.


-Ya estamos en casa, cielo –le dijo tras abrir la puerta-. El médico ha dicho que tienes que descansar, así que túmbate en la cama, yo te prepararé algo para cenar. –Le besó.


-Estoy ciego, no inválido –espetó. Ella quedó muda; pero acto seguido, añadió:


-Lo sé, cariño, pero hagámosle caso, ¿sí? Será mejor.


Chiqui no dijo nada.


Le sentó en la cama. En cuanto él supo dónde estaba, se tumbó sin dejarse colocar bien. Estela se apartó para preparar la cena.


Antes de abrir el frigorífico, se le quedó mirando unos segundos. Los ojos de su chico daban vueltas y más vueltas, sin descanso. No quedaban fijos, como estaba acostumbrada a vérselos.


-No me mires así –dijo él. Estela se sobresaltó. Era como si la hubiese pillado haciendo algo malo. Él era capaz de sentirla aunque estuviese lejos.


Se dio la vuelta y abrió el frigorífico.





                                                                        24





Tumbado en la cama, Chiqui pensaba en todo lo ocurrido. Se moría de rabia pensando en Blas, en que por su culpa ahora no podía ver; se consideraba un inútil, un estorbo para el mundo, y que era mejor que estuviese muerto. Ya no podría pelear, ya no volvería a ver a su chica. Ya no volvería a ver nada de nada… Los malos presagios se habían cumplido, y también las advertencias.


“Apuesta al rojo de la sangre, la oscuridad la tienes asegurada”


Cumplido por error.


“Si vas al combate, puede que sea la última vez que me veas”
            Cumplido. La última vez que la vio fue durante la discusión, ya que ni siquiera ella se dio la vuelta para que la viese por última vez. Estela lo dijo porque le iba a dejar, llevada por el cabreo, por ello no se giró. ¿Sabía que iba a quedarse ciego? Imposible; después, cuando quiso verla subido en el tatami, estaba muy lejos. Más que nada la reconoció bajo las sombras de los focos de la puerta, para luego ser una forma fantasmagórica repartida en dos tras recibir el golpe. Poco tenía de Estela.
            No tenía que haber peleado, ¡maldita sea!
            Su novia le vio inquieto mientras preparaba un sándwich. Levantó la cabeza para verle bien, pero no dijo nada. Pensó que tendría bastantes días así.
            No quiero vivir, ¡así ya no! Y no quiero ser una carga para ella. No se lo merece.
            -Estela.
            La chica notó algo raro. Jamás la había llamado por su nombre después de haberse hecho novios, siempre se refería a ella como “cariño, princesa, amor o cielo”. Algo hizo que se activase una alarma dentro de su cuerpo.
            -¿Qué pasa, mi vida? ¿Te encuentras mal?
            -Vete –espetó.
            -¿Cómo?
            -Que te largues. Fuera –Era duro y directo.
            -Pe… ¿Por qué me dices esto? –Empezó a llorar.
            -No quiero que estés aquí. Sal de mi casa.
            -Cari…
            -¡He dicho que te vayas! –la interrumpió. Gritó sin levantarse de la cama.
            -Mi amor, no puedes echarme. Te amo.
            -Yo a ti no.
            La chica sintió una punzada en el corazón. Tenía la esperanza de que fuese solo por la rabia del momento.
            -Eso no es verdad –dijo, llorando-. Me lo dices porque est…
            -¡Te lo digo porque ya no te amo! –la interrumpió-. ¡No quiero que estés aquí! Yo ya no soy nadie.
            -Eres mi…
            -¡Sal a la calle y búscate a un chico que te haga feliz y no malgastes tu vida conmigo!
            -Ciel… -Ella no dejaba de llorar.
            -¡Vete! ¡Vete para siempre!
            Estela se fue. Chiqui sintió el llanto de Estela mientras bajaba el camino. Él también empezó a llorar, y mucho más que ella.
25
Chiqui lloraba amargamente. No quería que Estela se fuera; por el contrario, la quería unida a él. Era su amor, toda su vida. Tal vez podría aprender a vivir sin ver, pero estaba seguro que no sabría vivir sin ella. La rabia por haberse quedado ciego le hizo pensar en la muerte, en no querer vivir para siempre en la oscuridad, y ello, le llevó a tomar la repentina y errónea decisión de echar a lo que más quería de su vida. Pensó que sería lo mejor para ella, que diciéndole algo duro –aunque en ese momento se le estuviese rompiendo el corazón- ella se alejaría, buscaría una nueva vida al lado de otro hombre y así no sufriría al estar con alguien que jamás la verá y que su rostro siempre será joven, incrustado en un recuerdo imborrable dentro de la memoria.
            Se imaginó a Estela con veinte años más, con alguna arruga, más gorda y los dientes algo estropeados. Y que convivía con él, le hablaba, se besaban y hacían el amor. Él siempre tendría ventaja, ya que durante toda la vida de pareja, siempre besaría, hablaría y le haría el amor a una chica de dieciocho años, por mucho que tuviese cuarenta, sesenta o setenta y dos. La cara de ella siempre sería la de jovencita.
            No es justo, se dijo. Te amo, joder; pero no puedes tirar tu vida a la basura de esta manera. Mereces ser feliz.
            Escuchó un ruido. Le sacó de sus más angustiosos pensamientos y le mantuvo alerta. La puerta se abrió.
            -¿Quién anda ahí? –preguntó, alarmado. Nunca había pensado la posibilidad de tener que luchar sin poder ver a su atacante.
            Unos pasos se acercaban a él.
            -¡Atrás! No se te ocurra dar un… -Fue él quien detuvo la voz. Esta vez se guio por el sentido del olfato, y reconocería el olor de Estela entre cien mujeres.
            -Qué, niño, ¿ya se te ha pasado la tontería? –le preguntó, con los brazos en jarra sobre las caderas.
            Chiqui comenzó a llorar. Ella se acercó a él. Cuando la notó cerca, tanteó para abrazarla.
            -No me dejes –dijo entre lágrimas. Bastante solo se encontraba ya en la oscuridad; no quería estarlo en la vida. Que se lo dijera por el bien de ella era muy distinto. Tenía miedo, mucho miedo.
            Tras conseguir abrazarla, apoyó la cabeza en su pecho. Por primera vez era al revés. Ella siempre se dormía recostada encima del pecho de Chiqui; ahora él lloraba encima del pecho de ella.
            -¿No querías que me largara?, ¿no querías que te dejara solo? –Estela tragó saliva; vio cómo su chico lloraba y movía sus húmedos ojos intentando ver el pecho en el que estaba apoyado, pero le era inútil. Ella miró hacia arriba para reprimir las lágrimas. Esta vez no quería que la sintiese llorar.
            -Por ti –se explicó-, porque es lo mejor para ti; pero no para mí.
            -Cariño, eso tendré que decidirlo yo, ¿no crees?
            -Siempre vas a decidir quedarte.
            -Porque elijo con el corazón, mi amor –le dijo mientras le acariciaba-. Te amo, y el que no puedas ver no influye en mis sentimientos.
            -No podré verte.
            -Ajá.
            -No podré decirte lo guapa que estás.
            -Ajá.
            -No podré verte cuando hagamos el amor.
            -Eso es lo que menos me preocupa. Casi siempre lo hemos hecho a oscuras. –Rio.
            -No será lo mismo.
            -Para mí sí .-Aunque no pudiera verla, le colocó la cara cerca de la suya-. Mi amor, yo seré tus ojos –Chiqui lloró más-. No fueron tus ojos los que me enamoraron, me enamoraste tú. Te amaría igual si te faltase un brazo o una pierna. Te amo a ti. Me da igual lo que tengas o lo que dejes de tener. Solo me importas tú, ¿me oyes?
            -¿No me dejarás? –preguntó, apenado. Miraba hacia abajo. Ni siquiera sabía hacia dónde apuntaban sus ojos.
            -¿Tú que crees?
            Movió la cabeza diciendo que no.
            -Pues ya está, tonto –Le abrazó-. Seremos igual de felices.
            -Gracias –dijo él.
            -Si me vuelves a dar las gracias, entonces sí que me iré.
            -Te amo.
            -Te amo, niño. Mi vista será la tuya, mi amor.
            Le besó.
26
En la noche, la pareja dormía abrazada. Volvieron a cambiarse el puesto. Chiqui dormía sobre el pecho de Estela. Ella pasó buena parte de la noche como un búho, ya que por más que lo intentase, sus ojos no se cerraban; no había cansancio en ellos, era como si se hubiese alimentado a base de café negro toda la tarde, aunque en verdad, lo que tomó fueron varias tilas.
            Durante el insomnio acariciaba dulcemente la cabeza de su chico, mesándole el cabello mientras él parecía dormir (que tampoco lo hacía). La chica notó sus pechos húmedos por culpa de las lágrimas que Chiqui no dejaba de derramar.
            -Paciencia, cariño mío –le susurró sin dejar de acariciarle.
            -Va a ser muy duro –respondió él, sin incorporarse.
            -Lo sé, mi amor. –Los ojos de ella brillaban como dos canicas; unas cuantas gotas querían salir al exterior-. Pero estoy contigo, e intentaré por todos los medios que no notes la ausencia de tu vista. Sé que dicho así parece fácil, pero te prometo que cuidaré de ti, no te rendirás, cariño; y confío en que vas a volver a ver muy pronto.
            -¡Ese cabrón de Blas! –gritó Chiqui y rompió a llorar, con ganas. Estela se incorporó un poco para abrazarle-. Tenías razón, mi amor. ¡Tú tenías razón!
            -Calma, cari –Le besó.
            -Si no me hubiera obsesionado con él, ahora tendría vista y no dependería de ti. Todo ha sido por mi culpa. Lo siento. Lo siento, mi amor –Siguió llorando.
            -Ya, cariño. Cálmate. –Le seguía acariciando-. Volverás a ver. –Le besó-. Lo harás, mi vida.
            Consiguió calmarle, y que poco después, durmiera algo.
27
A la mañana siguiente, ambos despertaron temprano. Chiqui lo hizo asustado tras abrir los ojos y darse cuenta que, las imágenes que había visto en sus escasas horas de sueño con los ojos cerrados, no las vería con ellos abiertos. Era duro despertar, abrirlos y no ver nada. Ya no podía decir aquello de “Los rayos de sol son mi despertador”. Se despertó por la costumbre.
            Estela le dio los buenos días con un beso, pero le notó agitado.
            -¿Qué te ocurre?
            -Nada –mintió-. He despertado y lo he visto todo oscuro, y no me acordaba que a partir de ahora siempre será así. –Ella se entristeció al escucharle-. Lo poco que he dormido, he soñado con alguna imagen. Estaba… -Se detuvo para no decir Blas-, ya sabes.
            -Ajá. Y te pasará más veces, cielo.
            -Y estabas tú. Tu… cara –Se emocionó al recordarla. Colocó las manos en el rostro de su chica; ella le besaba los dedos-. En sueños sigues siendo preciosa, pero en la realidad ya no puedo ver tu beldad.
            -Ya, ya, mi amor. No llores más –Le calmó ella-. Cuanto antes aceptes la realidad será mucho mejor para ti.
            -Ya, pero…
            -¿Recuerdas  lo que dijimos cuando nos enamoramos? –le interrumpió.
            -¿Sobre qué?
            -Tú me dijiste que yo era muy guapa, pero que amabas a la Estela del interior, y que además de ser una chica maravillosa me veías guapa.
            -Sí, y es cierto.
            -Pues ya está, cielo. La Estela del interior saldrá a la luz para dar vida a tus ojos. La cara me envejecerá, pero el alma no; y yo te amo con toda mi alma. El alma tampoco me lo verías aun teniendo vista. ¿Qué cambia, entonces? Nada, cariño. Nos seguiremos amando igual, y envejeceremos juntos: tú y yo, felices y contentos.
            -Te amo tanto… -Chiqui movió los brazos y Estela le ahorró el esfuerzo al abrazarle primero.
            -Y yo a ti, cariño. Pero ahora, a la ducha.
            -Sí, pero antes te pido el primer favor.
            -No serán favores nunca. Tú solo pide, cielo.
            -Que me coloques delante del wooden dummy. Me gustaría golpearle un poco.
            -El médico dijo que nada de esfuerzos –puntualizó ella.
            -Por favor, solo serán unos golpes. Me ayudará con el estrés y conseguiré relajarme.
            Estela le miró. No podía verle con la carita tan triste.
            -Bueeeeno. Pero solo unos golpes, ¿vale?
            -Sí –Movió los brazos-. ¿Dónde estás?
            -Aquí –Se colocó las manos de su chico en la cara.
            Él la besó.
            -Qué guapo mi niño.
28
Estela cogió a Chiqui de la mano.
            -Ven conmigo, mi amor.
            Él se sabía la casa de memoria, pero aún estaba algo aturdido como para avanzar en solitario. Tal vez un obstáculo de última hora que no recordase le hiciese tropezar, caer y añadir una nueva gravedad al curriculum de incidencias. Ya tenía suficiente.
            Le dio la mano a su chica, se incorporó y, pasito a pasito, la siguió.
            Estela había visto alguna vez que la mejor forma para trasladar a un invidente es la de que él te ponga la mano en el hombro y te siga, de esta forma jamás tropezará con nada, ya que su guía camina en primer lugar. Dejaría este método para una nueva ocasión. Pensó que serían muchas las veces que tendría que hacerlo, y probar nuevas hasta dar con la más efectiva.
            Chiqui caminaba con miedo, como cuando en verdad caminas a oscuras y dejas que todo el mal caiga sobre tus manos, extendidas como una momia para no chocarte con nada. Estiraba el brazo izquierdo; lo que golpease en él se archivaría en su memoria, en la casilla de “peligro, no pasar por ahí. Estrobo a tres pasos”. Así aprendería a reducir la distancia y ampliar la velocidad de sus pies hasta caminar sin ningún tipo de temor al choque.
            -Llegamos a tu destino –le dijo su novia-. Yo me retiraré y no tendrás que preocuparte. Te lo conoces de memoria, y podrás pegarle como siempre, sin miedo.
            Él tocó los brazos del wooden dummy. En el primer intento topó de lleno con uno de ellos, sintiendo cómo el extremo redondeado se le clavaba en el brazo. En ese momento ya se centró, lo reconoció al tacto. Ahora ya podía comenzar.
            Estela se apartó, como bien dijo. Chiqui se puso en posición de combate, flexionando las rodillas, y con el pie izquierdo adelantado; los brazos manteniendo la guardia.
            Efectuó un leve golpeó con el canto de la mano derecha sobre el brazo izquierdo del muñeco; después, con la izquierda sobre el derecho de la madera, y luego un puñetazo al saquito superior que simulaba la cabeza de un adversario. Repitió lo mismo, un poco más deprisa, y luego otra más, con mayor velocidad; después otra y otra, así hasta convertir sus golpes en un veloz ataque. Estela lo miraba todo a unos dos metros y medio de distancia. El wooden dummy temblaba. Los músculos de sus chico, marcados y sudorosos, le propinaban un duro castigo.
            Añadió una patada con la tibia como cuarto movimiento. Izquierda, derecha, saco y patada. Así lo mismo una y otra vez, a la velocidad del rayo. Su melena se movía a causa de sus rápidos movimientos, así como su respiración. Comenzó a sudar más, y su chica podía verle una expresión rabiosa.
            Por la cabeza de Chiqui pasaba el rostro de Blas, riendo, insultándole, golpeándole con gravedad. El cómo le llamaba “Marilyn Manso” para reírse de él.
            Cabrón. Cabrón cabrón cabrón… , pensaba mientras aceleraba sus movimientos.
            Eh, tú, ¡maricona!
            Más golpes. Más bramidos de Chqui.
            Y tú, putita.
            Más y más golpes.
            ¿Qué les pasa a tus bonitos ojos, eh?
            Muchos más golpes, y mucho más rápido.
            ¡Píntatelos ahora que ya no te sirven!
            Chiqui dio la patada más fuerte de toda su vida, y con un berrido de desahogo. El wooden dummy cayó al suelo, impactando contra este en un ronco retumbe. El chico se arrodilló y gritó con las manos abiertas, llorando a lágrima viva. Estela se acercó corriendo y le abrazó por detrás.
            -Calma, mi amor. Ya te has desahogado.
            -¡Es muy duro! –Lloró más.
            -Estoy aquí contigo.
            -¡No podré con ello!
            -Podrás, cariño. Podrás –Le abrazó más fuerte.
            -¡Ya no sirvo para nada! –vociferó.
            -Antes, ahora y siempre, serviste, sirves y servirás.
            -Te necesito mucho –Buscó las manos que le abrazaban, las tomó y besó.
            -Me tienes aquí, mi amor.
            Estela le besó.


(CONTINUARÁ MAÑANA)