viernes, 30 de septiembre de 2016

La visita de la muerte


Todo está oscuro. Las paredes se estrechan entre mis dos ojos activos, pendientes de contemplar una noche criminal. Alargo un brazo para encender unas pequeñas bombillas a pilas que descansan sobre el escritorio. La cama comienza a convertirse en una cámara frigorífica, con sábanas que dicen húmedas cuando en realidad están tan secas como mi lengua, la cual, en continuos movimientos entre las dos hileras de piezas dentales, se esfuerza en producir saliva, consiguiendo una masa pastosa acompañada por una palpitante agonía que, estancada en mi garganta, me hace sufrir lo que no está escrito. Es como si acabasen de anestesiarme la tráquea y yo sienta algo plomizo entre el final de la mandíbula y el principio del pecho; algo que mantiene rígido mi cuello, que se esfuerza en tragar y solo deja que bajen nervios al borde de un ataque de pánico.

            Me muevo dentro del viejo camastro. El somier rechina, el colchón cede hacia un lado y de pronto siento vértigo, intentando sujetarme a algo que solo existe en mi cabeza. No puedo caerme, es imposible. Solo se mueve. ¿Por qué? No hay fantasmas (creo). Imagino que es mi propia aprensión, mi estado de duermevela, la falta de sueño en la que las dos persianas de carne a las que llaman párpados desean mantenerse abiertas las veinticuatro horas del día.

            Retiro la ropa, y veo que con ella se forma un bulto, algo que, en mi interior, lo imagina como un cuerpo, alguien que descansa dentro de mi cama, sin vida y con intención de llevarse la mía hacia un lugar lejano.  Comienzo a respirar con dificultad. Mi pijama holgado forma estrías, iguales a la piel del rostro que tenía mi abuela antes de fallecer, y entonces yo me la imagino ahí: su vieja cara con protuberancias, con surcos en donde las lágrimas que derramaba a diario competían para ver cuál de ellas bajaba antes hasta la barbilla, para después morir al desprenderse, pero automáticamente nacían más, y más, y así hasta secar sus ojos al no tener más por donde eliminar el sufrimiento. No me la imagino, ¡la veo! La veo escalar mi ropa para ponerse a mi altura mientras sus disecados órganos de visión me contemplan con fijeza, con una expresión facial que pide compañía en el helado panteón.

            -Muere ya –la escucho decir.

            Grito, a la vez que sacudo mi parte superior del pijama, como si intentase apartar de mí una araña. Pataleo, inconsciente de ello, momento en que los dedos de mis pies rozan esa especie de montaña de ropa. Me hiela la sangre darme cuenta de que acabo de golpear algo duro, cuando debería de ser blando. Desde el principio imaginé que allí yacía algo, algo sin vida, algo que me vigila escondido.

            Las sábanas se encogen, haciendo que el bulto crezca en altura. Ante mí, bajo la tenue luz azulada que proyectan las tres pequeñas bombillas del aparato, la montaña se aplana, ascendiendo hasta parecer rozar el techo. Mi campo de visión capta algo diferente bajo ella, miro allí y visualizo dos pies, planos y amoratados. Mi respiración aumenta, sintiendo el corazón repartirse por todo mi cuerpo. Me es imposible cerrar la boca tras el asombro, pero aún menos cuando  de entre la montaña de ropa veo salir dos brazos, esqueléticos pero con unos dedos larguísimos. Las manos agarran la ropa, presencio cómo sus venas se marcan en ellas y, después, los dedos retiran la ropa. No he visto nada más aterrador en mi vida como lo que veo ahora: el rostro de mi abuelo renace bajo las sábanas. Primero me mira uno de sus azulados ojos, y media boca, seria como lo era todo él; después, la cara al completo, mirándome también con ojos que me incitan a darme por culpable.

            Camina sobre la cama; sin embargo, no tiene peso, es como si levitase a pesar de apoyar los pies. Viene hacia mí. Intento retroceder pero me golpeo con el cabecero. No tengo salida.

            -No huyas –me dice. Su voz, distorsionada, hace que me petrifique. Se detiene justo a la altura del cuadro que tengo colgado en la pared. Allí aparece él, junto a mi abuela, el día de su boda. Es una fotografía en blanco y negro, en donde sus blanquecinos rostros y su oscura ropa le dan un toque gótico.

            Mi abuelo (el presente) lo señala.

            -Cara blanca y vestido oscuro. ¿Habías pensado alguna vez que eres como nosotros? –me pregunta.

            Tiene razón, pero también la tiene al preguntarme, porque nunca lo había pensado.

            Mi abuela vuelve a subir por mi ropa.

            -Eso significa que pides tierra –dice-. Cada vez te pareces más a un cadáver, un esqueleto, unos cuantos huesos que le sirven de percha a una camiseta negra y unos pantalones que puedes subirte hasta los sobacos. Eres como nosotros, ¿por qué no quieres comprobar cómo es la muerte? Estás en el epílogo de tu vida, muchacho. Asúmelo.

            -Tu madre te ha dejado esta tarde –me dice mi abuelo-. Se ha ido con su novio, se ha llevado al gato y te ha dejado porque se avergüenza de ti. No regresará, y lo sabes.

            Lo pienso, y sí, recuerdo haber discutido con mi madre, y es cierto que se ha marchado y se ha llevado a Lucero, nuestro gato. Estaba rota, y me ha dicho que no quiere saber nada más de mí, que yo ya no soy su hijo.

            -Se ha ido porque lo has hecho todo mal, cariño –me dice mi abuela-. Todo mal.

            -¡Ya lo sé! –grito, histérico.

            -¿Cuánto daño has hecho?

            -¡Mucho!

            -¿Y cuándo pararás de hacerlo?

            -¡No lo sé! ¡Yo no quiero hacerlo! –Me arranco el pijama, bramando.

            -Mírate –dice mi abuelo-. Mira tu cuerpo.

            Lo hago. Sí, se me notan las costillas, la piel cuelga y está blanda. 56kg con dolor, pero un estómago vacío que pesa una tonelada.

            -Solo fumas, no comes y no duermes. Todo el día con el cigarro en la boca. El tabaco mata. Vente ya con nosotros.

            -Tu madre no va a volver –dice mi abuela-. Y es mi hija.

            -Se ha enfadado conmigo –explico.

            -Sí, porque ha visto que has hecho mucho daño, y ya no quiere un hijo así.

            -¿No volverá? (Mama, vuelve)

            -No, jamás. Ya no. Ni el gato.

            -Te abandonó tu padre, y ahora ella. Si tus padres te abandonan, ¿quién puede tener la culpa?

            -¡Cundo lo de mi padre yo era pequeño! –vuelvo a gritar, colérico.

            -¿Y ahora? –me pregunta mi abuela.

            No respondo.

            -Piensa en todo el daño que has hecho.

            Lo hago, pero ya no lo quiero pensar más. Lo he dado muchas vueltas, y una más terminaría por matarme del todo.

            -No puedes vivir así.

            -Lo sé, y sé que me estoy muriendo poco a poco. Me lo ha dicho el médico.

            -Muérete del todo.

            -¿Me aceptaréis con vosotros? –pregunto mientras mis lágrimas se adueñan de la historia.

            -No –asegura mi abuelo, con una frialdad paralizante-. No eres digno de estar en nuestro hogar eterno.

            -¿Por qué? –Las lágrimas pueden más que la pregunta.

            -Porque ya no te queremos –interviene mi abuela-. La gente que hace sufrir no merece cariño; no merece nada. Muérete, muérete de una vez y descansa, hijo. Descansa para dar paz.      

-¿Y cómo lo hago?

            -Cierra los ojos, aunque no te duermas. Estás débil, casi no puedes andar. Tienes que mantener los ojos cerrados el mayor tiempo posible. Ya son más de cuatro días sin comer, más de tres sin dormir. Se acerca el momento. Solo espera.

            -¿Duele morir? –Me seco las lágrimas.

            -Duele lo que has hecho en vida –asegura-. Sentirás frío, pero será una muerte dulce, y entonces sí, dormirás del todo.

            -¿Lo vas a hacer? –me pregunta mi abuelo.

            Asiento con la cabeza, mientras la rabia se convierte en tristeza.

            -Irás a un montón de tierra que cede el ayuntamiento. Cuando pasen muchos años y vean que nadie se preocupa de ti, esparcirán tus restos.

            -Está bien –susurro.

            -Quedarás en el olvido –insiste-, pero supongo que eso ya lo imaginabas.

            Vuelvo a asentir con la cabeza.

            Los fantasmas se van sin despedirse. Miro su imagen colgada en la pared, y en vez de sus rostros, veo calaveras que hacen que me sobrecoja; después, miro una fotografía de mi madre, mientras recuerdo por qué se fue horas antes de todo esto, y cómo me decía que lo he estropeado todo, y que tengo la culpa de todo.

            -Yo no quería –digo mientras beso la imagen. Después, la guardo bajo mi pijama, al lado del corazón, cerrando los ojos como me han dicho, y rogando porque mi madre regrese antes de que ya no pueda volver a abrirlos nunca más.  

            Te recordaré siempre

martes, 27 de septiembre de 2016

Dejadme hacerlo


-Ass-un... ya

(Plum)

Se mantiene unos instantes allí, recordando mientras sus pensamientos giran como una noria de ideas, cada una de ellas más dañina, más dolorosa, más llena de rabia; después, se incorpora, mira de frente, sigue pensando y habla, en un balbuceo triste, tan apagado como piensa que está su vida.

-Puo...qué

(Plum)

Un nuevo golpe, pero más silencioso que el descrito. No le duele, y aunque alguien llegase con el propósito de arrancarle la piel a tiras, quemarle vivo o hacerle punto de cruz en el forro de las pelotas, tampoco sentiría dolor. Su cuerpo no es más que un cadáver agonizante, con un corazón que late sin apenas escucharse el sonido, como si no estuviera;  dos pulmones que respiran tan en silencio que pasan desapercibidos dentro del tórax, igual que una tabla de planchar, prácticamente rígido como ella. 

Mantiene la cabeza pegada de nuevo, negando a la vez que la parte frontal de su cráneo se masajea en mullido.

-uUUMmM.

Parece bramar con la escasa energía de su cuerpo.

-uUUMmMUUUMM.

(Plum.  Plum.  Plum)

Quiere apretar los puños, mover los brazos e incluso arañar la pared, pero le es imposible, ya que solo puede desearlo, como también  que sus uñas se partan al contacto, que se claven astillas dentro de ellas y le provoquen sangre. Suele salir después del dolor, pero el dolor que tiene no la requiere.

Intenta mover todo lo descrito, y al ver que no puede ser, vuelve a bramar. Su nuez de Adán queda estancada entre dos gruesas venas, destacando en una cilíndrica garganta enrojecida y áspera, como su barba de tres días. Entonces vuelve a pensar, a sufrir porque sus recuerdos así desean que ocurra. Nació con cabeza de mártir, con un cerebro estrictamente diseñado para dar vueltas y más vueltas; para recopilar dolor, y que este último, se reparta por todo su cuerpo, como esa sangre inexistente ahora.

(Plum.  Plum .Plum)

Vuelve a machacarse, a desear tener las manos libres para apretar los puños, mirarse las muñecas, verlas igual de abultadas que las de su cuello y, ya que no puede cortarlas, al menos morderlas, porque necesita sentir un dolor físico, y no interno; hacerse daño él, no hacérselo a los demás. Necesita abrirse paso en el mundo, aunque sea en el de los muertos.

Sabe que así puede conseguirlo. Si se desangra ya no piensa

(Plum)

Ya no ve aterradores recuerdos que le repiten lo miserable que ha sido y es.

(Plum. Plum)

Ya no pide ayuda a gritos, respondido únicamente por el eco de las cuatro paredes en las que vive, pasa hambre y no cierra los ojos.

(Plum.Plum.Plum)

-UaaAAAAAAA  ¡UUU-AAAAAAAAAAAAA!

La lengua, apuntando al techo y formando una "s", desea salirse de la boca, caminar por sí sola; pero al igual que en la vida del trastornado, la presa la atrapa, y son los dientes quienes la muerden, provocándole un chispazo en el cerebro, y acto seguido, el líquido más pastoso que es la sangre, camino de la hinchazón. La escupe, y después se la traga, como lleva tragando todo sin forma de evacuar. El pecho sí, esta vez le sube y le baja, y vuelve a sentir el corazón.

El efecto del sedante se ha pasado, y cada vez que esto ocurre, la desesperación le domina.

-¡Y me lo dijo mi padre! -escucha-. Porque cuando yo era viejo los recuerdos no caminaban de la mano; y sí, efectivamente, era un tapón sin firma, desde los pirineos hasta la cordillera cantábrica. Ay, pobre hermano mío...

-¡Silencio!

-¡Y quiero muuuuucho cho cho mucho más y más! Jajajajaja. -Llora. Llora el hombre que reía, moqueando, con la cabeza gacha y diciendo que es un miserable. Segundos más tarde, vuelve a reír. Quiere contar un cuento. Sus ojos miran la oscuridad, y estos, vuelven a llorar al verlo todo del mismo color que su alma.

(Plum. Plum. Plum)

Grita, al fin por el dolor querido. Se sigue golpeando la cabeza por aburrimiento, consciente de que no adelanta nada con ello, pero sí puede morir desangrado. Quiere, necesita morir para dejar de sufrir; sin embargo, nunca le dejan. Siempre le pillan, le llevan a la celda de paredes acolchadas, y allí, se golpea, deseando desaprisionarse de la camisa de fuerza, rogando que no le inyecten más relajantes, que solo le borren la memoria, los recuerdos malignos, los pensamientos negativos, la maquinaria para hacer sufrir; y los oídos, para sin ellos dejar de escuchar al compañero de la habitación de al lado que no dice nada coherente, para que el vigilante no le mande callar, que no entre en  el interior de las cuatro paredes que le recluyen y pueda abrirse más heridas en la lengua, llorando cada quince minutos mientras se traga la sangre que, en un hospital psiquiátrico, es lo que menos duele. 

-Dejadme morir, por favor. Lo ruego. Necesito desaparecer

Lo piensa, pero le queda una amarga condena por delante.

(Plum)

jueves, 1 de septiembre de 2016

Amor en la oscuridad (Final)


Hola, chicos.
Dije que mañana podríais leer la quinta parte, y mi intención era hacerlo así, y el lunes ya ofrecer la sexta y última. Debido a problemas de conexión prefiero hacer hoy esta entrada con las dos unidas, por si acaso, no sea que después no me pueda conectar y quedéis a medias.
Gracias a todo el mundo que lo ha leído de principio a fin, y gracias por vuestros comentarios. Espero que os guste el final.







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En la silenciosa y oscura casita de Chiqui, un objeto de madera con mucha más vida que apariencia, mostró su más apenado sentimiento. Los brazos del wooden dummy se doblaron, entristecidos, como una flor marchita. El espíritu del abuelo sufría por no querer ver tan pronto a su nieto en el otro mundo.








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Estela dio la dirección. Nadie que no sea médico puede certificar una muerte, aunque veas una cabeza solitaria sobre una acera y el cuerpo a veinte metros de distancia. Sabes que está muerto, pero si no vistes una bata blanca y llevas un fonendoscopio al cuello, tu palabra no sirve de nada.


            Llegó una ambulancia, y de ella bajaron cuatro sanitarios. Encontraron a la chica abrazada al cuerpo de su novio, con tanta fuerza que no podían despegarla de él. No quería.


            Estaba en shock, lívida y tiritando; pero cuando la apartaron de él, reaccionó para gritar y llorar.


            -¡Se me ha muerto! ¡Me lo ha matado!


            Se desmayó. Uno de los sanitarios se encargó de ella mientras los otros tres atendían a Chiqui.


            -No está muerto. Aún no –dijo el médico.


            En la vida real no curan las lágrimas. Cuando lo dice un médico, en ese “aún” hay esperanza,








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Estela despertó en el hospital un día después. Parecía Chiqui, ya que lo hizo sobresaltada.


            -Mi novio. Está muerto. Lo asesinó un cabr…


            -Calma, calma –dijo un doctor. Era parecido al oftalmólogo que atendió a Chiqui el día anterior-. Tu novio no está muerto.


            -¡¿Qué?! –Se incorporó. Mientras se acercaba al médico se dibujó en su rostro una sonrisa inconsciente pero de felicidad-. ¿Dónde está?, y ¿cómo está? –Le agarró de las manos-. Dígame que bien, por favor.


            -A ver –empezó diciendo-: has llegado inconsciente, no puedes levantarte así de golpe, podrías volver a desmayarte. Necesitas descansar. Llevas un día entero durmiendo.


            -Estoy bien –aseguró-. Solo quiero saber cómo está él. Es lo único importante.


            -Necesitas preocuparte por tu vida, muchacha.


            -Él es mi vida –Lo aseguró con seriedad, con una de esas palabras que salen del alma y sin pensarlas, pero tan seguras como que existe el día y la noche, el odio y el amor. Los que dejaron a Chiqui así le odiaban, pero Estela le amaba con todo su ser.


            -Está en coma –dijo el médico y la chica volvió a marearse. Su vista se nubló y se vio sumergida en una nube de inestabilidad.


            -Tranquila, chica –El médico la agarró para evitar que cayese-. Descansa y cálmate. Aún es pronto para adelantar acontecimientos, tanto malos como buenos.


            -Si él muere yo viviré en muerte –explicó, sin fuerzas.


            -Eso no es posible.


            -Lo es. Yo soy sus ojos, pero él lo es todo para mí. Si no está, yo no existo.








                                                                       39




Chiqui permanecía conectado a una máquina. Su vida dependía de unos cuantos cables. Si uno fallaba, entonces sí, la oscuridad sería irremplazable. Estaba entubado y tenía una llave de tres vías clavada en la mano izquierda; por ellas le llegaba suero y medicamentos. A su lado, un monitor dejaba ver el movimiento de su diástole y sístole, dibujado en la pantalla como si varios relámpagos estuvieran unidos para formar una cadena de trazos interminable. En cada movimiento, un “pip, pip” le decía a su apagada consciencia que seguía con vida. Él no podía reaccionar; su corazón seguía latiendo, repartiendo sangre en retumbados golpeos, y se hacía escuchar gracias a la pantalla. Pero, ¿qué podía hacer su cabeza, aparentemente apagada para todo aquel que quisiera visitarle? Pensar en silencio, y además, prestar atención a lo que quería trasmitirle.


            Desde el primer golpe en la cabeza, el muchacho sufría sueños premonitorios; era como si ese desplazamiento que tuvo el cerebro le hubiese activado un sistema para predecir el futuro. Su cabeza era esa especie de bola de cristal que todo lo adivina, pero una esfera oscura, negra como el resultado de sus pagados ojos aunque con una clara precisión de acierto. Quizá por ello, esa especie de sexto sentido se encendió como una idea en la mente de un creador de historias. En un segundo, como un chasquido con los dedos y, aquí estoy para que me prestes atención. Obsérvame desde el interior, y escucha el silencio. Cuando no sientas nada, cuando tus oídos no escuchen más que el vacío de lo que ansían poseer, entonces te invadirá el miedo. Los ruidos, ruidos son; el silencio, es puro terror.


            Los ojos internos de Chiqui –aquellos que posee el cerebro para dejar ver asombrosas imágenes en movimiento- despertaron de su más profundo sueño


            Tan, tan, tan… Hora de regocijarme de ti. ¿No querías ver? Pues vas a ver. Mira ahora que puedes. En la oscuridad se ven las cosas más claras, solo tienes que prestarlas atención.


            Veía una sala, una habitación oscura y no muy grande. Era como las cuatro paredes de su cráneo, y sin esquinas, redondeada como un dibujo en 3D del planeta tierra. Hacia la mitad, un tenue foco fue dejando emerger lo que parecía un taburete. Otro foco apuntó hacia la parte izquierda del habitáculo; allí, una persiana bajada, pero con cuatro agujeros de fábrica, pareciendo haber sido agujereados a disparos, dejaban pasar suficiente luz como para resaltar el contorno del taburete; y no solo este, sino que también dejaba ver el suelo, teñido de un líquido rojo que se extendía por el piso, descansando en las ranuras de las baldosas para después dividirse y recorrerlas en espirales sangrientas. El taburete se movió unos centímetros, se inclinó y después cayó emitiendo un golpe seco al chocar contra el piso. Lo envolvió el líquido que bañaba el suelo, y parecía que un cuerpo había caído de cabeza, esta se había abierto y la sangre manaba sin descanso.


Una sombra se movió en lo alto, dejando ver dos pies que levitaban, pero en verdad, luchaban por encontrar apoyo, tal vez arrepentidos de haber desplazado lo que los mantenía sujetos, y que gracias a ello, no le quedase más remedio que esperar a que la soga terminara de asfixiarle, que esa especie de eructos ahogados cesaran de una vez por todas, sacar la lengua y balancearse sin vida mientras sus impotentes ojos contemplaban que no volvería a experimentar el suicidio.  


            Una y no más, espabilado. Punto final a tu vida.


            Los números de monitor al que estaba conectado Chiqui aumentaron su frecuencia cardiaca. Lo vivía todo.   






40




            -¿Cómo está mi chico? Quiero verle –le rogó Estela a la enfermera que la atendía. Llevaba dos días ingresada y no tenía noticias de Chiqui-. No necesito suero, no necesito nada más que estar con él. Te lo pido por favor.


            -Pronto te darán el alta, querida –La enfermera tenía aspecto de dejada, pero era amable. Su sonrisa mostraba unos mofletones simpáticos, llenos de alegría. Tal vez fuese feliz, o tal vez nada más que una pose para dar buena impresión a los pacientes. Solo le faltaba lavarse el cabello, y no que al escurrirlo la cocinera del hospital tuviese grasa como para freír varios huevos con patatas.


            -¿Cuándo es pronto? –preguntó Estela.


            -Pronto, querida –repitió. Volvió a sonreír antes de marcharse.


            -¡Pero dime cómo está! –gritó a la nada.


            Tengo ganas de verte, mi amor, pensó la chica.






41




            A los tres días, Estela recibió el alta médica.


            -Pues ya puedes irte a casa –le dijo el doctor-. Ahora procura no alterar…


            -¿Cómo está mi novio? –le interrumpió. Él la miró con enfado; no le gustaba ser interrumpido.


            -Sigue en coma –respondió.


            -¿En qué planta está? –volvió a preguntar.


            -Unidad de cuidados intensivos, planta baja.


            -¿Puedo verle? –Sus ojos suplicaban con un brillo esperanzador. Sabía que se recuperaría y que volvería a ver.


            -Sí; pero inten…


            -¡Gracias! –dijo Estela sin dejar de correr.


            -Ay, señor… -exclamó el médico-. Dichosos jóvenes de hoy en día.


            -Se llama amor –le dijo su enfermera, entrada en años, como él, pero más moderna.


            -Se llama tontería adolescente.


            -Has estudiado el corazón, pero aún no lo sabes utilizar.


            -¿Eh? –se sorprendió él-. ¿Qué dices?


            La mujer se acercó a su oído, y le susurró:


            -Aprende a amar. Cuando lo hagas, lo entenderás.


            Salió de la habitación. El doctor quedó pensativo.








42






            -¡Cuidado, niña! –gritó un anciano cuando Estela topó con él. El hombre daba pasos cortos ayudándose de un andador. La chica no miraba qué había en el pasillo, en su cabeza solo existía el rostro de su novio, la preocupación y las ganas de estar con él.


            -¡Perdóneme! –Se disculpó echando la vista atrás unos segundos, y con las manos juntas, en gesto de arrepentimiento; después, siguió corriendo.


            -Me cago en la cría de la hostia… -rezongó el anciano.


            Varios curiosos (todos ellos pacientes) miraban cómo la joven corría a toda prisa, sofocada y nerviosa. Se detuvo al final del pasillo; allí, miró a ambos lados, respirando con ajetreo.


            Sur… Oeste- se dijo ¿Dónde está el…?


            -Perdone –le dijo a un celador. Llevaba un cajón de ropa sucia-. ¿El ascensor?


            -Justo a la vuelta de este pasi…


            -¡Muchas gracias! –le interrumpió para seguir corriendo. El hombre quedó señalando con el dedo índice. Parecía la estatua de Cristóbal Colón pero vestido de blanco.


            Estela giró el pequeño muro que la separaba de su ansiado destino.


            -¡Aquí estás! –gritó al verlo.


            Miró el indicador. Marcaba la planta octava y ella se hallaba en la sexta.


            -Venga, venga –repitió volviendo a pulsar el botón-. Vamos, ¡baja!


            -¡Vas a joder el botón! –gritó una mujer sentada en un banco de la sala de espera.


            -¿Acaso es suyo? –espetó. Su cara daba miedo.


            La señora negó, intimidada.


            Las puertas del ascensor se abrieron. Estela entró, se echó el cabello hacia atrás y resopló. Acto seguido pulsó la B.


            Rápido, por favor.


            5


            4


            No pares para nadie, porfa.


            3


            2


            Bien. ¡Ya casi está!


            1


            ¡Plin!


            Unas seis o siete personas esperaban que se abriera las puertas del ascensor para subir. Estela no dio tiempo a que se abrieran del todo, ya que en cuanto vio una abertura por la que poder pasar, salió de forma fugaz.


            -¡Ay, Dios! –gritó una señora llevándose la mano al pecho-. ¡Qué susto me ha dado!


            -Tranquila, Remedios –dijo su marido-. Era una chica.


            -¡Ya la he visto, imbécil!


            Se les veía igual de enamorados que Chiqui y Estela, o muy parecido.


            La joven enamorada volvió a detenerse, esta vez enfrente de la cafetería. Había un tablón que indicaba todas las plantas y la especialidad de cada una.


            Planta baja, planta baja… se decía mientras lo recorría con el dedo.


            -¡Aquí estás!


            Hematología… Traumatología… Laboratorio… ¡UCI!


            Vio que indicaba al sur y salió disparada hacia allí.


            No estaba muy lejos, tan solo tenía que pasar el laboratorio, en donde varios carritos con tubos de extracciones presidían el pasillo.


            -UCI –dijo al ver el gigantesco cartel.


            Detuvo a la primera auxiliar que vio.


            -Por favor –Cogió aire-. Necesito ver a Carlos Gómez Fernández.


            La mujer miró la lista. Estela esperaba, impaciente.


            -Sí. Puerta 3.


            -¡Gracias!


            Salió corriendo de nuevo, tan solo cuatro pasos contados.


            3


            Asió el pomo y lo giró. Entró disparada.


            -Amor… -Empezó a llorar al verle, pero eso no impidió que corriera hacia él.


            -Cariño, estoy aquí –Le besó la mano que no tenía vía; varias veces seguidas-. Vas a ponerte bien, mi niño. Estoy contigo.


            Le besó en la frente; y luego, aunque más despacio de lo que quería, le abrazó.


            -Te echo mucho de menos –Las lágrimas mojaban el pijama de Chiqui-. Tienes que despertar, mi amor. –Lloró más-. Por… fa vor. Te…amo.


            Escuchó el monitor. También el corazón de su chico. Lo tenía él en el pecho, pero era todo de ella.






43


           


Cuando un doctor entró en la habitación, encontró  a Estela abrazada a Chiqui. Solo se escuchaba el pitido del monitor y el hipar de la chica.


            -¿Qué espectáculo es este? –preguntó el médico. Una enfermera entró detrás de él.


            La chica no respondía, se limitaba a llorar susurrando “mi amor, mi amor”.


            -Aquí no puedes estar, jovencita –volvió a decir el doctor-. Sal ahora mismo.


            Estela seguía sin responder, y mucho menos, apartarse de su chico.


            -¿Me estás escuchando?


            -No me separen de él, por favor. –No levantó la cabeza para hablar, ni siquiera les miró. Los dos sanitarios tuvieron que esforzarse por recapitular el sonido de las palabras que acababan de escuchar, ya que las pronunció tan despacio y en un tono tan bajo, que apenas las entendieron.


            -Le amo. Le amo muchísimo –Lloró más. Le besó delante de los dos presentes, agarrándole de la mano con fuerza. Cuando retiró los labios, empezó a acariciarle el rostro mientras le miraba con ternura por estar con él, pero tremendamente dolorida en su interior. Quería que Chiqui despertara ya, que moviera los labios para sentir sus besos, también su voz, sus caricias. Sentirle entero.


            -Se acabó el circo –El médico se encaminó hacia Estela-. He dicho que te apartes del enfermo, ¡vamos! –Tiró de ella, pero la chica se había pegado a su novio como una lapa. El ser dos almas unidas en un mismo ser, cobraba sentido.


            -¡No quiero alejarme de él! –gritaba repetidas veces.


            Cuando el médico consiguió separarla del inmóvil cuerpo de Chiqui, ella le apretó la mano con más fuerza, de tal forma que el tirón del doctor resultó inútil. Estela tenía las venas de la muñeca en relieve. Rodeaban a un ganglión abultado y doloroso a casusa de la fuerza, pero nada podía compararse con el dolor que sentía al ver así a su chico.


            -¡Venga, niña! ¡Compórtate! –gritó el doctor.


            -¡No me separará de él! –vociferó la chica.


            La enfermera se acercó al doctor.


            -Espera un momento –le dijo-. Sal conmigo.


            El hombre la miró. A los pocos segundos soltó a Estela, y en cuanto esta se vio libre, volvió a abrazarse a Chiqui. El médico la miró con enfado, con ganas de decirle que estaba haciendo el ridículo.


Enfermera y médico salieron al pasillo


            -Deja que se quede con él –le dijo la mujer.


            -¿Cómo? –se sorprendió él.


            -¿Qué tiene de malo que se quede? ¿Qué daño puede hacerle?


            -Ese chico está muy grave –explicó el doctor-, al borde de la muerte, así que no…


            -Por eso mismo –le interrumpió-. Si está de morirse, ¿por qué apartarla de él? Más daño ya no puede hacerle.


            El médico miró a Estela desde la puerta. Esta vez ella sí le miró, con tristeza y sin dejar de abrazar a su novio.


            -Está bien –cedió el doctor.


            Entró.


            -Te puedes quedar con él.


            Estela no le sonreía, pero por dentro se alegraba.


            -Gracias –respondió con voz queda.


            La enfermera sí sonrió antes de que los dos se fueran.


            -Ya estamos solos, mi amor –Volvió a abrazarle, esperanzada.






44


           


La mente de Chiqui continuaba funcionando, haciendo de las suyas en un jugueteo macabro. Esa especie de bombilla activa por antojo propio, volvía a concentrar toda su energía en un escenario negruzco que, como en la vez anterior, iba ensanchando lo que consideraba de importancia. La frecuencia cardíaca del joven dormido subía a medida que la imagen se hacía más nítida.


            Veía una especie de pasarela, muy oscura en el centro, y a los lados, dos partes gemelas, pero separadas por una negrura más grande que ellas. Cada una contaba con un sinfín de matorrales, oscilando al viento en varias direcciones. Parecían gigantescos tréboles alargados y picudos, haciendo la mención de abanicar lo que escondía el silencio de la noche.


            La penumbra hizo un hueco para descubrir a un moribundo que pedía auxilio con una voz entrecortada, sintiendo en sus propias carnes el cómo pedacitos de cristal profundizaban en el interior de sus heridas con cada uno de sus temblorosos movimientos.


            Una luz dañina se encargó de enfocar hacia su rostro ensangrentado. Con la claridad, en vez de una cara parecía un espejo partido en mil pedazos, pero contando con rajas de sangre en vez de cristal.


            Sus piernas se sacudieron en el suelo como si intentasen quitarse a un chucho que se sube por encima de ellas, al mismo tiempo que las manos, en forma de garra, intentaban cerrarse, sin éxito.


            Su pecho subió y bajó; y acto seguido lo hizo una vez más, como un fuelle humano guardando y soltando aire en bruscos suspiros. Nadie le daba descargas eléctricas, ningún médico intentaba reanimarlo con un desfibrilador, tan solo su propio tronco sufría los espasmos de antesala a la muerte, a una oscuridad peor que la que soportaban los ojos del joven invidente que lo visualizaba en su cabeza.


            La imagen se fue. Los latidos de Chiqui se intensificaron.






45




Estela se pasó cuatro días seguidos acompañando a Chiqui. Sus padres la obligaron a que se fuese a descansar cuando la vieron unas ojeras como un mapache. Tan solo había dormido algunas horas, a ratos, y siempre encima del pecho de su chico, como de costumbre. Bebió un poco más de litro y medio de agua en los cuatro días y comido cuatro veces, escaso y mal. De haber seguido así habría sido la siguiente en enfermar, y entonces sí la separarían de Chiqui, en otra habitación de la que no podría salir hasta que varios frascos de suero volviesen a nutrirla.


            Estaba muy débil y ya no pudo ejercer la fuerza con la que luchó para que el médico no la separase de su novio, así que a su padre no le costó nada cogerla en brazos y sacarla del hospital.


            -Tienes que descansar, cariño –le dijo su madre cuando llegaron a casa-. Vas a caer enferma.


            -No me importa –respondió con un tono de voz costoso, como si estuviese borracha.


            -Tiene que importarte.


            -Solo me importa Chiqui –siguió-. Si él vive yo viviré; si él muere, yo moriré.


            -Hija –Hizo una pausa porque era muy duro lo que quería decirle-: ¿Te has parado a pensar que puede que Chiqui no despierte jamás?


            -¡No digas eso ni en broma! –gritó. La madre vio una especie de antifaz en el rostro de su hija; por los agujeros de este, dos rabiosos ojos la miraban con enfado.


            -Pero es una posibilidad –insistió la madre, entristecida y con miedo al pronunciarlo.


            -Entonces yo moriría con él.


            -¿Acaso piensas quitarte la vida dado el caso? –La madre se incorporó, malhumorada.


            -No –respondió-. Él es mi vida. Si no está, me muero.


            La madre resopló.


            -Tengo que contarte algo- dijo la mujer.


            Estela vomitó.




46




En las entrañas de la noche, mediante una penumbra silenciosa, tan solo interrumpida por el pitido del monitor, la mente de Chiqui volvía a tener ganas de lucirse, mostrarse viva y poderosa ante el petrificado cuerpo de su dueño.


            Una vez más, veía oscuridad; pero esta vez, una especie de arco, como un puente perfectamente construido solo por una línea curva y gruesa, y de color anaranjado, subía y bajaba, muy muy despacio; tanto, que si no la prestaba atención podría pasar desapercibida en cuanto a movimiento se refiere. Al no tener nada más a lo que mirar, la concentrada mente de Chiqui observaba su nuevo hallazgo al detalle.


            La curva comenzó a desvelar lo que ocultaba bajo ese arco aparentemente solitario; pero no, no se trataba de eso, sino de una especie de montaña redondeada, y en cuyo interior, sumergido por un líquido que se movía en calma, como las olas del mar en descanso, algo lo empujaba, queriendo salir al exterior, o por lo menos, llamar la atención con sus débiles golpeos.


            La marea dejó en el centro un punto, una bolita diminuta. ¿Eso era lo que provocaba el movimiento? ¿Eso quería hacerse notar? Increíble pero cierto.


            Se movía, como una bola golpea a un tambor y lo hace vibrar en un ronco sonido. Este punto grueso o bolita, lo hacía igual.


            “Pum pum pum pum pum” a toda prisa, así todo el rato.


            A Chiqui le parecía estar escuchando su corazón.


            El monitor se aceleró, pero sin gravedad.






47




            -¿Aún no se ha despertado nuestra hija? –le dijo el padre de Estela a su mujer.


            -No, lleva dos días durmiendo. Mis calmantes han surtido efecto.


            -Pero tendrá que comer algo, digo yo.


            -Esta noche, en la cena de Nochevieja.


            -Solo veo marisco- dijo él mirando el frigorífico-, y ella lo odia.


            -Cocinaré algo que le guste –aseguró la mujer-. Voy a ver cómo está.


            Así lo hizo. Se dirigió a la habitación de Estela. Al abrir la puerta, la vio en la cama, con todo el cuerpo tapado por el edredón.


            -Hija, ¿te ecuen…?


            Cuando destapó la ropa, en vez de Estela dormía tan tranquilo el osito de peluche que Chiqui la regaló cuando hicieron un mes de novios.


            -Joder…


            El oso tenía una nota entre sus peludas manos. La madre se la quitó y la leyó:


            “Papas, os quiero mucho; pero hay una diferencia muy grande entre querer y amar. Lo segundo tiene más poder. Esta noche es Nochevieja, y desde que murió el abuelo de Chiqui siempre la ha pasado solo, ya que cuando empecé a salir con él nunca me dejasteis pasarla a su lado. Quiero estar con él, cenar junto al hombre de mi vida, y no me lo podéis impedir, además soy mayor de edad. Seguro que vosotros haríais lo mismo en mi situación. Prometo llamaros. Feliz salida y entrada de año. Os quiero.


                                                                                                                      Estela”


            -Ay, esta hija mía…


            -¿Se ha despertado? –preguntó el padre, entrando es ese momento.


            -Sí, está bien despierta. Pero sigue soñando.








48




Estela entró en la habitación donde estaba Chiqui.


            -Mi amor –empezó a decirle mientras le besaba-, me han tenido dos días lejos de ti, pero ya no me moveré de tu lado. Te lo prometo. Terminaremos el año juntos.


            Se quitó el abrigo y lo dejó en la cama de al lado. Estaba vacía, y se alegraba por ello.


            -Te he traído una cosa, cariño –le dijo. Chiqui respondía con los pitidos del monitor.


            Estela sacó un libro.


            -Son reflexiones y poemas de amor de Santiago Bernal. Te dije que te leería, cielo, y mucho más tratándose de algo escrito con mucho amor, como el nuestro.


            Se sentó a su lado. Con una mano sostenía el libro, y con la otra, agarraba la mano de su chico.


            -A ver cuál puedo leerte… Este.


            Con el palpitar de mi corazón puedo escuchar tu nombre, y la sangre que bombea es la esencia que nutre todo mi cuerpo, recorriéndolo como mis manos recorren el tuyo cuando pienso en ti y te siento a mi lado. Somos tú y yo, nada ni nadie más; el mundo se reduce, y tan solo nosotros vivimos en él, tomando lo necesario: nuestros besos, nuestras caricias, nuestra pasión y nuestro amor, apartando lo innecesario, aquello que sobra en un escaso espacio que nuestro abrazo deja respirar. No te separes de mí jamás”.


            -Es precioso –dijo ella, emocionada-. Cuando despiertes yo recorreré tu cuerpo con mis manos, te besaré y acariciaré. Nos abrazaremos, y no dejaremos ni un solo espacio. –Le besó la mano. El monitor seguía siendo la respuesta de Chiqui.


            -A ver, otro más.




            Mis oídos repiten tus “te quiero” más sentidos. Con ellos vuelvo a escuchar tu voz susurrándome lo mucho que te importo, lo que me deseas y necesitas. Solo tengo que cerrar los ojos y dejar que el recuerdo haga esto: el sentir que no te has ido”.


            -Mis oídos también repiten tus bonitas palabras, cariño –le dijo a Chiqui-. Tú tienes los ojos cerrados… ¿Sientes que no me he ido?


            Pip… pip… pip.






49




            Estela comió junto a Chiqui, y ya bien entrada la tarde. Con un sándwich tuvo más que suficiente; después, se recostó junto a él y quedó dormida una hora larga. Cuando despertó, todo parecía seguir como siempre, haber amanecido junto a su chico en la casa de él. Al darse cuenta de que no era así, se entristeció un poco.


            Eran las 20:48. Ya había anochecido, y medio hospital empezaba a desaparecer. A los pacientes leves les daban permiso para cenar con su familia; la plantilla médica se reducía en noches así, y tan solo los novatos hacían guardia.


            Eso a Estela le daba igual. Leería a Chiqui, y a las 0:00, escucharía las campanadas a su lado.


            De momento tocaba lectura.


            -Voy a leerte otro más, mi amor –le dijo.


           


            “Son mis lágrimas las que lloran cuando mis ojos no te ven. Van cayendo con tu imagen en su interior. En ellos brillas la mitad de lo que lo haces en general; porque tú, cariño, eres la estrella más valiosa del universo, pero no resplandeces en el cielo, sino en el corazón de este que, con muy pocas palabras, expresa lo mucho que te ama”.


            -Jo, qué lindo –dijo la chica. Esta vez se contuvo para no llorar más. Después, buscó más poemas, y cuando quiso darse cuenta, se había leído veinte en voz baja y el reloj marcaba las  23:05.


            -Cariño –le dijo-. Ya queda menos de una hora para cambiar de año. Te amo muchísimo, cielo –Se abrazó a él-. Esta es nuestra primera nochevieja juntos, pero no la última, ya lo verás; y sí, lo verás, mi amor. Estoy convencida de que despertarás, podrás ver y seremos muy felices.


            »Tengo cosas que contarte.






50




            Estela seguió leyendo.


            Deja que emerja en mí la locura de creer no perderte, que me lo crea como el que no sabe que la prestidigitación solo es el arte de ilusionar, pero que en verdad, no es nada. Tú tienes esa fuerza desbocada por naturaleza, haces que cualquiera que te mire se ciegue hasta rebosar de felicidad, sin embargo yo solo sirvo para hacer daño. Me paso noche tras noche en penumbra. Nadie que no esté loco la pasaría a mi lado; tú enamoras, yo doy asco. A tu alrededor  todo es una maravilla que deleita hasta al más de los apagados ánimos, pero yo provoco bajones, depresión y hasta el deseo a la muerte.


He visto a dementes arrojarse al vacío en plena noche solo para poner fin a su dolor, a hombres convertirse en auténticas bestias contemplándome con ojos inyectados en sangre; ellos han asesinado por mi culpa, yo les incité al crimen.


¿Tú podríais vivir en paz sabiendo que le has hecho daño a alguien? Yo no, por lo tanto este es mi fin anunciado. Seguir viviendo solo haría más daño al mundo y también a ti, y debes de seguir resplandeciente y trasmitiendo alegría a la vida; la oscuridad se extinguirá con mi autodestrucción y, como mi miedo a perderte se hace realidad al dar el paso decisivo y adecuado, entonces has de saber que te quise, te quiero y te querré siempre, mi querido Sol. Solo te pido que me recuerdes como a aquella compañera del universo que no volverá a verte pero que sí te sentirá en el infinito amanecer que, desde ahora, verá el mundo.


Adiós, amor.


                                                                                              Luna.


-Una carta de la luna al sol… -dijo, maravillada-. Me he quedado sin palabras.


Miró a su chico, a quien deseaba leerle un nuevo poema. Eran las 23:52; el 2016 pedía paso.


Encendió la radio.


“Tan solo unos minutos para el nuevo año. Abuelos y abuelas de España, cuidado con los cuartos. Cuando la bola baje…”


-Todavía hay tiempo –dijo Estela-. Mi vida, te leeré un poema más para despedir el año juntos, ¿vale?


El monitor seguía pitando.


-Dame la mano –le dijo y ella misma se la cogió-. A ver… Este.


“Con el papel que doy vida a un velero, puedo escribir en letras gigantes lo mucho que te quiero. Cuando lo desdoblo y extiendo en mi mano, en sus líneas puedes leer todo lo que te amo. Al arrugarlo y hacer con él una bola, te digo a viva voz que no quiero que estés sola. No quiero que te apartes de mi vista, y si quieres, tú puedes llamarme egoísta; aunque prefiero que te acerques a mi oído y me digas que sí, que mi amor por ti me es correspondido”


-No quiero que te vayas, mi amor –Empezó a llorar. Se abrazó a él.


El monitor empezó a profundizar en los pitidos, sonando más deprisa. Estela no se percataba de ello.


-Te necesito mucho en mi vida –Continuaba llorando.


Pip…pip…pip…pip


-No te vayas, mi amor. Aún no.


Pip..pip..pip..pip


-Despierta. Dime algo –Le acariciaba entre lágrimas.


Pipipipipipipipipipipí


-¿Eh? –Estela miró el monitor; después, a Chiqui. Seguía con la misma cara perdida, dormido profundamente. Pero algo no marchaba bien.


Pipipipipipipipipipipipipipipipipipí


-A…mor –dijo con voz queda. Miraba el monitor, y después a Chiqui. De nuevo al pitido extraño de la máquina, y luego una vez más a su chico.


-No… ¡No! ¡Reacciona! –Le zarandeó-. Cari, ¡despierta!


Le notó frío.


PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII.


-E…so es… -Estela palideció-. ¡Noooo! –Volvió a abrazarle-. ¡Tienes que despertarte, venga! –Tiraba de la chaqueta del pijama-. Mi amor, ¡despiértate! No te mueras.


PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII


-¡VUELVE!


Entró un médico. En cuanto escuchó el pitido, corrió hacia Chiqui.


-¡Aparta, chica!


Una enfermera entró detrás.


-¡Se muere! –gritó Estela. Se llevó las manos a la cara, llorando amargamente.


-Dame el desfibrilador –ordenó el médico a la enfermera-. ¡Rápido!


Colocó las palas en el pecho de Chiqui.


-¡Fuera!


¡Una! (Primera campanada)


-Carga otra más.


La enfermera lo hizo.


-¡Fuera!


¡Dos!


-Vamos vamos. ¡Otra más!


Chiqui no reaccionaba. Su novia lloraba a gritos. Mientras el resto del mundo despedía el año, ella despedía a su chico.


¡Tres!


            -¡Descarga!


            ¡Cuatro!


            -¡Una más!


            ¡Cinco!


            El cuerpo de Chiqui botaba, parecía que su pecho se fuese a desencajar del cuerpo con cada sacudida eléctrica.


            -Mi amor –dijo Estela-. Creo en los cuentos de hadas…


            ¡Seis!


            -En las historias de amor…


            ¡Siete!


            -En la magia de la Navidad


            ¡Ocho!


            -¡Venga, chico, que eres joven! –gritó el doctor y le dio una nueva descarga.


            ¡Nueve!


            -En que los sueños se cumplen –siguió Estela.


            ¡Diez!


            -En que estamos hechos el uno para el otro.


            ¡Once!


            -¡TE AMOOOO!


            ¡Doce!


            PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII


            ¡¡Feliz año nuevo!!


            El médico negó con la cabeza. Estela se derrumbó. Cayó de rodillas y empezó a llorar.


            La enfermera fue a por ella, pero esta la quitó de un empujón y corrió a abrazarse a Chiqui.


            -¡Mi amor! –gritó entre lágrimas dolorosas. Le besó por toda la cara, por la frente, por las manos, por el pecho, tocando el corazón que ya no latía.


            -¡Cariño!


            Le abrió los ojos, los que mucho antes de haber muerto ya no tenían vida. Las lágrimas de Estela cayeron dentro de ellos. Volvió a apoyar la mano en el corazón de su chico.


            -Venga, hija –dijo la enfermera-. Aquí ya no hay nada que hacer.


            -¡No! ¡Tiene que vivir!


            -¡Está muerto! –gritó el doctor-. Muer… Muerto.


            Cogieron a Estela entre los dos y la sacaron de la habitación entre lloros y pataleos.


            -Lo sentimos mucho –Habló la mujer en nombre de los dos. La dejaron en el pasillo y se fueron.


            -¡SE HA MUERTO! –Gritó, de rodillas, golpeando el suelo como hizo su novio cuando perdió la vista-. Ya no está.


            La puerta de la habitación seguía abierta, y gracias a esto, Estela se dio cuenta que el sonido molesto del monitor se redujo a un Pip, pip, pip.


            -¿Eh? –Miró la pantalla. Había latido. Chiqui estaba vivo.


            Corrió hacia él, sonriendo pero llorando al mismo tiempo. Lloraba de alegría.


            -Cariño, ¡estás vivo! –Le besó como tantas otras veces, y le agarró la mano que él tenía libre de cables-. ¡Sabía que no morirías! –Le besó la mano. Los dedos de esta se movieron con una sacudida fugaz; después, como si temblasen. Ese mismo temblor lo vio Estela en los párpados de Chiqui, los que poco a poco se abrieron del todo.


            -¡Mi amor! –gritó-. ¡Te has despertado!


            La enfermera entró.


            -No me lo puedo creer –dijo en cuanto vio el milagro. Estela seguía sonriendo.


            El médico también entró en la habitación, y aunque no daba crédito, le quitó el tubo de la boca a Chiqui, quien comenzó a toser con fuerza y ganas.


            -Cari… -Estela le apretó la mano de nuevo.


            -Es… -empezó a decir él-. Pue… -Sonrió, con cara de alegría pero de terror al mismo tiempo. No se lo creía-. ¡Puedo ver!


            -¡¿Qué?! –Estela lloró más al saber la noticia. Era algo magnífico.


            -¡Ya no estoy ciego!


            Los sanitarios se miraban sin dar crédito.


            Tal vez solo fue un golpe pasajero, y es lo que diría todo el mundo al verle con los ojos sanos de nuevo. Los más románticos dirían que no, que las lágrimas de su chica le devolvieron la vista. Cristo lo hizo con un poco de barro, ella, con la fuerza del corazón…


            El médico y la enfermera salieron.


            -Mi amor, te he echado mucho de menos –le dijo Estela-. ¡Pero estás vivo, y además puedes ver! Te amo. –Le besó.


            -Te amo, cariño –Él también la besó.


            -Quiero que nos vayamos a vivir juntos –le dijo la chica-. En tu casa, apartados de todo, y vivir allí nuestro amor.


            -Sí, mi vida. Pero, ¿esos hijos de puta te tocaron? ¿Llegaron a hacerte algo malo?


            -No, mi amor. Tú me salvaste.


            -Les voy a matar. A los dos –aseguró Chiqui.


            -Ya no hace falta.


            -¿Eh? –Él se sorprendió.


            -Blas se quitó la vida. –Los preciosos ojos de Chiqui se abrieron de par en par-. Primero se cortó las venas, y al ver que no conseguía nada, se ahorcó.


            Pensó en su visión en estado de coma. Encajaba perfectamente.


            -Y Hugo intentó…


            -Escapar y tuvo un accidente de tráfico –interrumpió él, acertando.


            -Así es. ¿Cómo lo has sabido? –Fue ella quien se sorprendió.


            -Lo vi. O… no sé. Lo soñé o lo viví.


            -Le encontraron rodeado de marihuana. Al menos murió al lado de su droga más querida.


            -Sí, así lo viví en mi visión. Pero… -Hizo una pausa.


            -¿Qué pasa, mi amor?


            -Que tuve tres visiones, y solo me has contado dos.


            -Bueno, tengo una tercera –Estela sonrió-. En tu casa viviremos tres, y ya podrás leer el cuento infantil a nuestro pequeño o pequeña. Estoy embarazada, cariño.


            Chiqui recordó esa especie de montaña con un puntito, y que no dejaba de moverse. Era el bebé.


            -Ahora sí, ahora me cuadra todo –dijo.


            -Feliz año, mi amor –le dijo su chica.


            -Feliz año, cariño.


            Se besaron.


            -Sigues igual de guapa.


            Estela rio.


            -Te amo.


            -Te amo.






51


           




En la solitaria casa de Chiqui, pero alegre por una luna resplandeciente que no dejaba de brillar en el cielo, el wooden dummy sonrió, feliz, y a la espera de volver a tener junto a su alma a su nieto, a la novia de este y al pequeño Chiqui, quien no tardaría mucho en ver el mundo.


                                                                                             






Santiago Bernal (José Losada)