miércoles, 21 de diciembre de 2016

La última campanada




A Narciso Ibáñez Serrador, Edgar Allan Poe, S. King y las personas importantes en mi vida. Sin ellas, ni el relato ni yo seríamos nada.




En la prensa…


«El 1 de enero del 2000 el mundo dejará de existir. No es un cambio de milenio, señores, no se engañen. Cuando el reloj marque las 00:001h, la tierra se abrirá y los seres vivos se verán enterrados en vida mientras esta se consume ante su impotente mirada; los edificios se derrumbarán, y el polvo, volverá a ser polvo.» CVD Valladolid.



«El mundo se prepara para un trágico final.» Diario mensual.


«Grupo de creyentes se encierra a la espera de ver las puertas del cielo. Confían en que su Dios no los abandone.» Noticiero español.


«Esta noche se acaba el mundo 31/12/1999.» Voz de Provincia.


«Adiós, vida; bienvenida, muerte.» Sabias letras.


«El temido año 2000 arrasará con todo lo existente, y nadie quedará a salvo. Tan solo restan horas de vida.» La verdad pública.




*****



Basilio (más conocido como Basi) releía la noticia del fin del mundo. Todas las mañanas se arrellanaba en su sillón y no cambiaba de postura hasta terminar de leer el periódico, para acto seguido, continuar con la prensa deportiva. Sin embargo, desde que sabía del fin del mundo, su vida se había convertido en un auténtico infierno. Llevaba una semana entera comiendo por obligación, no por ganas; apenas dormía, y en cada estado de duermevela, cuando sus párpados se bajaban derrotados por el cansancio, a los pocos segundos volvían a abrirse, con sobresalto incluido. En los últimos días, el subconsciente le había proyectado imágenes atroces, viéndose mutilado, presenciando cómo la tierra le tragaba sin poder hacer nada por evitarlo. Viendo y escuchando gritos de auxilio, manos amputadas chorreando sangre en sus últimos intentos por agarrarse y no dejar que la tierra se nutriese con todo su cuerpo… Niños llorando antes de que sus ojos dejasen de caer lágrimas para verlo todo oscuro, sin nada más que la negrura de la muerte; edificios aplastando a los presentes, y levantando una polvareda abismal de la que no quedaba más que vacío, llevándose con ella el alma de los afectados…

            Sintió una punzada dolorosa en el pecho, la llamada de su preocupado corazón. Parecía querer abandonarle antes de tiempo, dejarlo allí y buscar un nuevo cuerpo en el que seguir funcionando (si es que fuera posible salvarse del fin del mundo). Sudaba copiosamente, y en sus ojeras –dos bolsas amoratadas bajo dos bolas redondas como pelotas de golf- se apreciaba el cansancio externo, ya que el interno había perdido la batalla con la intranquilidad.

            El mundo se acaba, joder. ¡Estamos muertos! Dios mío, ¡no puedo soportarlo!

            Dio un respingo. Sintió cómo sus órganos de visión resbalaban por las cuencas al querer salirse de golpe. El motor de su cuerpo le golpeaba en el pecho mientras deseaba la muerte instantánea. Llévame ahora y no me hagas sufrir más.

Begoña (su esposa), le puso la mano en el hombro, añadiendo un: ¿Estás bien, cariño?

            La quería con locura, pero estuvo a punto de decirle: “Vivo; pero casi muerto por tu culpa, cacho puta”.

            La miraba, sin color en el rostro. Escuchaba sus “Basi, ¿estás bien?”, pero alejados, a la vez que sus oídos rumiaban el bombeo de su agitado corazón.

            -S…sssi… Sí –logró decir. Tragó saliva antes de llevarse la mano al pecho. Era como mantenerla apoyada sobre un vibrante tambor.

            -Voy a salir a hacer la compra –le dijo ella-. Tengo encargado un lechazo. No tardaré mucho, ¿de acuerdo? Vigila que tu madre se tome la mediación para la diabetes.

            Él asintió, repetidas veces, como el famoso pájaro carpintero de los dibujos animados. Begoña se giró en dirección a la puerta; pero antes de abrirla, volvió a mirar a su marido.

            -¿Seguro que estás bien? Te veo muy pálido.

            Basi se lo pensó unos segundos. Antes de responder,  forzó una sonrisa.

            -Todo bien, cariño. Sabes que llevo una temporada durmiendo poco, eso es todo. Puedes irte tranquila.

            Ella lo miró, extrañada. Se fiaba de su palabra; por ello, abrió la puerta y salió.

            Estoy bien, pero bien jodido. Y tú, y mi madre… Y todos, se dijo.

            Volvió a echar un ojo al periódico. La portada lo dejaba claro: “Hoy se acaba el mundo”.



*****


Basi seguía leyendo la prensa. Con cada palabra, con cada letra escrita en los artículos relacionados con el fin del mundo, su cara dibujaba gestos cargados de un gélido malestar. Se le erizaba el vello de los brazos y le parecía estar llorando bajo las bolsas de los ojos al sentirlas tan húmedas y heladas. La hoja del periódico se sacudía entre dos dedos temblorosos.

            -No me lo puedo creer –gritó-. ¡Es que no puede ser posible!

           

«LA GENTE SE PREPARA PARA EL FIN DEL MUNDO»


«Será la última Nochevieja de la humanidad. Y, si de siempre ha sido una fecha para vivir en familia, la del 31/12/1999, más que nunca batirá el record de familiares unidos, abrazados mientras sus cuerpos tiritan a la espera de descomponerse, de pulverizarse para siempre».

L.B.C, hace pública una carta de despedida hacia su hijo.

«Me hubiera gustado verte crecer y darte lo que a mí no me dieron». Dijo el humilde madrileño refiriéndose a su pequeño de cinco años, quien, junto a su padre, dejará de existir tras la última campanada del reloj de La puerta del Sol.


A mí también me hubiera gustado darle todo a mi hijo, pensó Basi. Y sobre todo, haberlo tenido.  

De los cuarenta y siete años de Basi, llevaba veintidós queriendo tener un hijo. Begoña y él lo habían intentado durante años, pero según decía el hombre, su llave de paso a la procreación estaba atascada, sin remedio de subir ni bajar (sobre todo de lo primero) y era algo que le frustraba y a lo que no dejaba de dar vueltas, como si en vez de cerebro poseyese una olla hirviendo caldo de desgraciado, y que le dijese: “SUSTANCIA HIRVIENTE PARA INÚTILES IMPOTENTES” MUÉVEME TODO LO QUE QUIERAS QUE TE DARÁ LO MISMO, PELELE. ME CALENTARÁS, SÍ, PERO EN VANO; CHUPA DEL FRASCO, BASILIO.

Hasta el momento de conocer la extinción del mundo, nada antes le había hecho preocuparse tanto. Desde que escuchó la noticia en la radio, días atrás, su única preocupación había sido la del crío que jamás llegaría, ya ni por edad ni porque Basi ni Begoña fuesen a vivir. No tardarían en visitar el cementerio, aunque sin cruces, sepulturas ni mármoles; pero a fin de cuentas, tragados por la tierra.

Voy a morir sin haber sido padre, se dijo, frustrado y absorbido por un sinfín de nervios. Su estado reflejaba inquietud, la más absoluta intranquilidad. ¡Y todo por culpa del mundo, joder!

-Pero, Dios mío… -dijo en voz alta, mirando al Cristo crucificado del salón. Su madre lo colgó ahí cuando Basi y Begoña se casaron, veinte años atrás-. ¿Por qué me trajiste al mundo en esta época, eh? ¿Por qué no pude nacer antes? –Comenzó a morderse las uñas. Las arrancaba a mordiscos desesperados, una tras otra. Siempre se las había comido, desde pequeño, y siempre, cada vez que los nervios se apoderaban de él.

-Todo el mundo feliz –siguió diciendo, ahora paseando por el salón-. Todas las familias morirán juntas, unidas, abrazadas. Padres e hijos. –Miró al Cristo una vez más-. PADRES E HIJOS –dijo en un tono de voz más elevado-. ¿Entiendes la parte que me falta a mí? ¡¿LO ENTIENDES?! –Quedó esperando una respuesta de la figura que, obviamente, jamás le respondería-. ¡NO LO ENTIENDES, MALDITA SEA! –Volcó la mesa. El cristal que cubría la redondeada mesa-camilla salió volando, para después, caer al suelo y mantenerse intacto tras aterrizar en la alfombra. El material le perdonó la vida. A él sí, solo que prolongando su existencia unas horas más; después, moriría como el resto del mundo. El cenicero corrió la misma suerte, pero al ser más pequeño, se desplazó en el aire hasta perderse entre los adornos de la estantería, derribando unos cuantos marcos de fotos como si fuese una bola en una bolera. Las colillas se repartieron por el suelo: una allí, otra allá. Ceniza bajo ellas, alrededor, y dejando huellas grisáceas por la alfombra.

-¡¡TODO EL MUNDO MORIRÁ EN FAMILIA Y YO SOLO CON MI MUJER Y MI MADRE, SIN EL HIJO QUE SIEMPRE QUISE TENER!!

            Se desgañitaba. La sangre interna golpeaba su rostro, dejando una cara colérica con dos órganos de visión saltones y lagrimeando con angustia. Las venas marcadas en cada uno de ellos, sepultando el blanco refulgente por un rojo encarnecido, diabólico. Daba la sensación de retener algo picante en la boca, cerrada mientras sus dientes castañeteaban en el interior. Si la abría, se mordería la lengua.

            Al escuchar el estruendo y los gritos de Basi, su madre acudió allí. Llegó ayudándose de su viejo bastón, en lo que sus finas y separadas piernas – inclinada, como si tuviese una joroba que la hiciese caminar cabizbaja- lograron desplazarse.

            -Pero, ¿qué es este alboroto? –preguntó con voz queda. Miró a su hijo a la vez que su ojo derecho se abría y cerraba compulsivamente. Su boca también mantenía ese molesto “tic” con el que parecía que siempre estaba masticando algo, cuando en verdad, solo sus nervios movían una boca rellena de arrugas.

            Basi no respondía. Se arrodilló mirando el crucifijo.

            -Hijo, ¿no me oyes? –insistió-. ¡Me vas a manchar los tapetes!

            -Haz que todo esto solo sea una pesadilla, Santo Dios –Le rezó con los dedos entrecruzados, rogando por su vida y la de su familia. Agachó la cabeza, suplicando-. ¡No nos lleves ya!

            -¿Qué dices? –volvió a preguntar la anciana. No entendía nada, solo veía ante ella a un enfermizo que había perdido la cabeza.

            -Se lo diré a tu mujer –amenazó la mujer-. ¡Y todo esto lo recogerás tú! Ella no es tu chacha. –Se dio la vuelta, con esfuerzo y tomando para ello varios segundos; después, se dirigió a la cocina a pasos lentos y cortos.

            -Hazme caso, Señor –volvió a rogar Basi.

            Manteniendo la cabeza gacha, sus ojos se desplazaron hacia el periódico que había tirado al suelo. Quedó abierto por una página, una en la que podía leerse:

            “SE ACABÓ. ÚLTIMA NOCHEVIEJA; ÚLTIMO DÍA DE VIDA. LA ÚLTIMA CAMPANADA DESPEDIRÁ EL AÑO, Y TAMBIÉN LA VIDA”.

            Basi lloró.



*****



A escasas doce horas del fin del mundo, la alegría infantil no decaía. Para Basi, era incomprensible ver felices a tres criaturas que, si todo hubiese ido bien, podrían haber sido cuatro. Solo en su mente frustrada, un niño inexistente se unía al corro de risas y peleas con bolas de nieve. No entendía cómo eran capaces de estar tan sonrientes y alegres cuando les quedaban horas de vida. Él no lo entendía, pero un niño, mucho menos. A una memoria infantil no se la puede asustar con la muerte. Para ellos morir es subir al cielo, donde para la mayoría están los abuelos, y para otros, por desgracia, están papá o mamá, y a veces, los dos. Quien les cuida, les dice que son estrellas que brillan en el firmamento, y que en las noches de luna llena, el amor por ellos rebosa; en las de luna creciente, como su propia palabra indica, crece más su amor, su cariño y su vigilancia, protegiéndolos para que nunca les ocurra nada malo. No existe la luna menguante cuando se trata de recordar a los seres queridos…

            Un niño se pone triste cuando le dicen que alguien a quien quiere se ha muerto, pero no entiende lo que es morirse él mismo. Quizá por ello, los padres de esos niños no les dijeran que iban a morir; mejor seguir jugando, lanzarse bolas de nieve y reír. Siempre mejor reír.

            -¡Toma! –gritó un niño mientras le lanzaba una bola de nieve a su amigo. Esta impactó contra la roja cazadora que llevaba el pequeño, partiéndose en varios pedazos de hielo.

            Reían, disfrutaban. No les importaba helarse las manos y dejar de sentir los dedos, al igual que no les importaba que esas bolas de nieve les picasen el rostro, como si recibieran un balonazo varias veces. Les daba igual sentir molestia durante unos segundos. Todo lo demás, era felicidad.

            Habían construido un muñeco de nieve. No era exactamente igual al típico de las películas, más que nada porque en Valladolid nunca había nevado mucho, y los que jugaban, habían visto la nieve una vez en su vida, en brazos de sus padres, casi nada más nacer. Ni la recordaban. Pero el 31 de diciembre de 1999, nevaba bastante; tanto, como para dar vida a un hermoso muñeco.

            Les llevó horas darle forma. En una bola del tamaño de un balón de baloncesto que tenía por cabeza, bien dura, hicieron dos agujeros ayudándose de una cuchara. Extraer así la nieve fue para ellos como quitar las pepitas en una sandía, pero profundizando más. Bajo estos, hicieron uno más para dar vida a la nariz; y a continuación, un arco de lado a lado de la cara. Querían que el muñeco estuviese feliz y sonriente.

            El resto del cuerpo era una bola gigante. No tenía brazos, ni sombrero; no le pusieron botones en el tronco ni palos a los lados. Era un muñeco de nieve de la cabeza a… De la cabeza al resto.

            Basi lo observaba todo desde la ventana. Estaba de pie, incapaz de mantenerse quieto. La nieve seguía cayendo en forma de gruesos copos, y de no ser por la preocupación por la muerte, lo habría disfrutado como los tres niños. El calor de la chimenea cargaba el hogar con energía positiva en una cruda mañana invernal; sin embargo, el hombre lo echaba todo a perder, bullendo dentro de sí mismo el temor a esa muerte tan anunciada pero, a la vez, desconocida. No sabía lo que le deparaba, no quería imaginar lo que sería de él una vez que su cuerpo se desintegrase; desmembrado quizá, decapitado, tal vez. Sin vida, era lo único seguro.

            -¡Ahora me toca a mí! –escuchó y vio gritar a uno de los pequeños. Había recibido un bolazo en la cabeza y estaba enfadado. Introdujo las manos en la nieve, llevándose de ella un enorme pedazo difícil de manejar. A fuerza bruta, se lo lanzó a su atacante, quien se había perdido a carrera veloz.

            El niño solitario miró la ventana. Detrás de ella, Basi lo miraba, aunque con la vista perdida en sueños incumplidos. El pequeño se detuvo; dejó de querer perseguir a su atacante por unos momentos y prefirió mirar al hombre que, como él, pensaba en soledad. La nieve le caía en la cabeza; sus pestañas se poblaron de blanco, y también sus ojos, dejando que su visión se viese afectada por un sinfín de puntos blanquecinos, como los de la ventana desde donde Basi no le quitaba ojo.

            Los pensamientos del adulto y del pequeño se fusionaron. Eran uno solo observando… ¿El qué? A priori parecía que el uno al otro; sin embargo, ninguno de los dos prestaba atención a lo que veía. Solo Basi, después de un rato, reaccionó clavando la vista en la criatura. Sentía rabia, odio de ver ante él a un niño que no era su hijo, que jamás lo sería, y que nunca vería a uno así. Nunca jamás.

            Maldita sea…, masculló, apretando la cortina con deseo de tirar de ella y desencajarla de la barra.

            El niño pareció escucharle, o tal vez, leerle la mente. Dejó de mirarle de lado para hacerlo de frente, con fijeza.

            -¿Qué miras, crio? –le preguntó-. ¡Largo de aquí! ¡Lárgate a jugar con tus estúpidos amigos!

            Pero el peque no hizo caso, y ni siquiera se inmutó.

            -¿Es que no me oyes? ¡¡FUERA!! ¡No quiero que mires mi ventana!

            No solo desobedeció la orden que no tenía por qué acatar, sino que para asombrar más al hombre que le regañaba, se armó de valor y caminó hacia él.

            -Mocoso… -volvió a mascullar-. ¡Si yo fuera tu padre ya…!

            “Si yo fuera tu padre”. Una vez más, una nueva mención a su dolor; por ello, se vino abajo y no pudo continuar. El no tener hijos le había quitado la vida poco a poco, consumiéndola como si fuese la ceniza de los dos paquetes de cigarrillos que fumaba al día. No le había matado el tabaco, sino la pena, el dolor por no haber podido procrear, dar fruto a su matrimonio con Begoña.

            El niño desconocido tenía más poder que él, y sin gritar ni blasfemar, le ganaba la batalla, dejándolo hipnotizado y sin posibilidad de moverse.

            -¿Qué…?

            Seguía acercándose a Basi. De repente dejó de verlo como un “mocoso” para contemplarlo con estupefacción. Había algo en el caminar de ese niño que le congelaba el alma. No eran andares normales, no de un niño de unos seis o siete años, según podía apreciarse en su cuerpo. Eran pasos de adulto, contoneando su pequeña figura como si fuese un modelo. Caminaba en línea recta, por un camino oculto por la nieve, pero del que no se salía en ninguna pisada. Recto, tan derecho y firme como Cristo caminando sobre las aguas; y es que el pequeño “mocoso” también parecía levitar sobre una capa blanquecina, flotar igual que si los copos amontonados fuesen nubes de algodón y él las respetase por hermosas, sin querer estropearlas.

            El corazón de Basi se desbocó. Tenía la sensación de que su pecho fuera a abrirse, que las costillas reventaran y del tórax aflorasen dos puertas de carne, invitando a que pasara el diabólico niño.

            Ven, ven. Sí, tú. Ven, que yo te acojo para mí.

            Pero no quería. Esa criatura no era normal, y así lo reflejaban sus ojos, siendo estos dos perfectas y brillantes esferas negras. No había nada blanco, ni iris ni pupila, solo negro, tan oscuro como las entrañas del mal reencarnado en su pequeña figura.

            Basi reculó, solo que de pronto se vio reducido en espacio y tiempo. El salón no daba para más a pesar de verse igual de grande que siempre. Algo, una barrera invisible en mitad de él, le impedía retroceder lo que deseaba.

            -¡¿Qué pasa?! –se preguntó, escandalizado. Su cuerpo había quedado aprisionado entre cuatro paredes inexistentes, pero malignas. Le parecía estar dentro de un ataúd transparente, con el mismo ahogo y la misma desazón de estar encerrado bajo tierra.

            ¿Crees que es demasiado pronto para morir?. Se lo preguntó el niño. El pequeño le habló desde fuera. Acto seguido, manteniendo esa mirada vacía, pero llena de negrura, tocó la ventana con tres golpes suaves. Los nudillos la golpearon como si fuese un sonámbulo sin fuerza.

            -Abre –añadió-. Ábreme. –Terminó sus palabras con una amplia sonrisa.

            El hombre intentó recular; y de nuevo, en vano. Sentía el latir de su acelerado corazón, tanto en el pecho como en el cuello, en la garganta, en las sienes y en las muñecas. El latido le volvía loco; todo su cuerpo daba sacudidas internas. Era como un teléfono móvil humano en modo vibración. El niño seguía mirándolo, igual de sonriente y con esa expresión terrorífica.

            -Vamos, ábreme –añadió.

            Pum, pum, pum. Eran los golpes en la ventana; pero a la vez, el motor cardíaco de Basi, sonando exactamente igual. Tras estos, campanadas.

            Tan/tan/tan…

            -Me vuelvo loco… ¡ME VUELVO LOCO! –vociferó.

            Su respiración le sofocaba. Sudaba frío, y cada vez se sentía más al borde de la muerte. El corazón le iba a explotar de seguir así.

            Pum, pum, pum. Tan/tan/tan… Pum, pum. Tan/tan…

            -Dios… ¡Dioooos! –Se tiraba de los pelos.

            Pum tan pum tan pum tan tatatatatatataPUUUUUM

            Hasta que de pronto, dejó de sentirlo. Se llevó las manos al pecho, extrañado. El órgano vital había desaparecido.

            -¿Qué? ¡¿QUÉ?!

            No lo sentía en el pecho. Su dedo índice y medio de la diestra buscaron el pulso en el cuello, pero tampoco estaba; después, en la muñeca. Y nada, ni rastro.

            -Estoy muerto –se dijo, atropellándose en las palabras-. ¡ESTOY MUERTO!

            Tres toques más en la ventana. El niño seguía sonriendo, y suplicando con falsa sonrisa que le dejase entrar.

            Un exasperante sonido a lo lejos hizo que la vista de Basi se desplazase hacia allí, sintiendo en sus oídos el chirrido más angustioso de toda su vida. La cabeza del muñeco de nieve giraba, y continuó haciéndolo hasta desencajarse y caer rodando. Hacia el niño se dirigía la bola que él mismo había construido. Era un bolo humano a punto de ser derribado; pero él, seguía sonriendo.

            El hombre lo contemplaba todo desde el interior. No podía hacer nada, solo esperar. ¿A qué? No sabía, al igual que no sabía si estaba vivo, muerto, soñando o alucinando; solo sabía que una bola de nieve rebelde iba a aplastar al pequeño.

            -Abre –dijo de nuevo, muy calmado-. ¿No ves que me va a matar? –Volvió a reír. Basi no era capaz de articular palabra.

            La bola se acercaba más.

            -Déjame entrar.

            Estaba a escasos cinco metros de él.

            -Por favor.

            El adulto no se movía. No podía hacerlo.

            -Me destrozará.

            Dos metros.

            -Voy a morir por tu culpa.

            Los negros órganos de visión del niño seguían fijos en Basi. No cesaba su sonrisa; era un esbozo permanente, feliz a pesar de estar al borde de la muerte.

            Tres golpes más en la ventana. La bola le rozaba los talones.

            Las esferas ennegrecidas sonaron como fuegos artificiales ascendiendo en lo alto, antes de explotar. De ellos emergieron finos palillos, agujas que daban vueltas como si fueran un reloj.

            Tic tic tic tic tic…

            Sonaban como una bomba de relojería, y, mientras Basi miraba esos terroríficos ojos, abrió los suyos, a tope, para ser partícipe del horror, de ver cómo las dos agujas se unían, llegando a las doce; y cómo el sonido del inicio llegó a su final, y entonces sí, explotaron como los fuegos artificiales, no en lo alto, sino delante del atolondrado hombre; quien, histérico y deseoso (por segundos sí) de que le tragase la tierra, tuvo que presenciar la desaparición del niño al abrirse el suelo de nieve. Vio cómo la tierra se abría y cómo el pequeño se colaba entre una enrome grieta. La bola de nieve, también.

            -¡Basi!

Begoña lo llamó, posando una mano sobre el hombro que le ayudó a volver a sentir el corazón. El hombre dio un respingo.

-¿Se puede saber qué es lo que te pasa? –preguntó ella-. ¡Estás muy raro!

No había niños en la calle, solo un muñeco de nieve y demasiada angustia.



*****

           

            -Estás muy raro, Basilio. ¡Pero que muy raro! –le gritó Begoña-. ¿Por qué has volcado la camilla?

 El hombre sudaba copiosamente. Su respiración se mostraba igual de ajetreada que si hubiera estado haciendo ejercicio durante varios minutos, deseando que unos buenos tragos de agua le refrescasen la garganta. Pero no, no tenía sed, solo miedo, ¡pavor! Era incapaz de tragar saliva, así que mucho menos, agua. Miraba a su mujer con rostro de espanto, con unos ojos en los que flotaba el horror en perladas lágrimas de acción fulminante, puntitos relucientes, igual que gotas de aceite.

Visualizó el paquete de tabaco, justo al lado de la chimenea. Se dirigió hacia él, lo cogió con manos nerviosas y sacó un cigarrillo.

-¿No contestas? –le preguntó su esposa mientras él lo encendía. Dio la calada más extensa de toda su vida. Por su garganta no pasaba ni sólido ni líquido, pero sí el humo, el cual saboreó como si fuera la primera vez, como desandar hacia el momento en que aspiró el sabor del tabaco a los doce años y la tos se unió a él, diciéndole: juntos para siempre. Me sentirás ahora, y también en los últimos momentos de tu vida, cuando ya te haya destrozado todo el cuerpo. Acuc, acuc.

Se equivocó, porque no iba a acabar por destrozarlo del todo, solo un poco, unos cuantos años. El fin del mundo le aniquilaría para siempre, y la tos, su oculta compañera, no volvería a presentarse nunca.

-Vamos a morir todos, Begoña. Todos –anunció, con voz queda y mientras miraba el crepitar del fuego en la chimenea. De pronto, pasó de ser el hombre más nervioso del mundo a un completo derrotado, sin fuerzas y sumido en la más terrible de las tristezas. La mente se compaginaba con el cuerpo, elemento mortífero de sensaciones. Le había catapultado. Ya no era un hombre, solo un ser destruido, a la espera.

-¿Qué dices? –le preguntó ella, ceñuda y sorprendida-. Basilio, no sé qué te está ocurrien…

-Que vamos a morir todos –interrumpió. En principio, no miró a su esposa; pero una vez pronunciadas las palabras, giró el cuello en su busca. La mirada denotaba sufrimiento, agonía interna en un sinfín de pensamientos catastróficos.

Veía a la mujer que amaba, sufriendo en silencio al saber que ese bonito rostro que le atrajo en su día, y que posteriormente se convirtió en amor, moriría para siempre. Begoña dejaría de ser una bonita señora para dar paso a un revoltijo de carne con jirones. La tierra la mascaría poco a poco, destrozando todo el cuerpo que él acarició en las mejores noches de pasión. Papilla, solo restos. El fin del mundo se los llevaría a los dos, el amor de ambos y toda una vida juntos.

-¡Esta noche es el fin del mundo! –vociferó. Sus ojos tiritaban como todos los nervios de su cuerpo. Aquellas manchas de aceite en la vista titilaron como llamas en una vela, dispuestas a derramar lágrimas desesperadas-. ¡Nos tragará la tierra! –Begoña le miraba con gesto de asombro, incrédula al ver al hombre que amaba tan fuera de sí-. ¿No lo entiendes? –Se apresuró a recoger una hoja del periódico. Ella se mantenía erguida, pero como si la hubiese dado un aire repentino y no pudiera moverse; en verdad, no era capaz, solo sus ojos, con mirada asustada, observaban el movimiento desesperado de su marido.

Basi se incorporó. Sostenía la hoja de la prensa como si en las manos llevase un mapa de carreteras.

-¡Mira! –le gritó-. ¿Lo ves? –Golpeó el anuncio del fin del mundo con un índice alocado, tan inquieto como todo en él-. ¡Lo dice bien claro! EL-FIN-DEL-MUN-DO –recalcó-. ¡HOY! ¡ESTA NOCHE, EN LA ÚLTIMA CAMPANADA! –Golpeó más la hoja. Se le escapó de la mano izquierda al no dejar de golpearla. Begoña no movía un músculo, solo los ojos, y conteniendo la respiración. Basi parecía haber perdido los papeles, y no los que sostenía, sino en realidad-. ¡Nos moriremos! ¡Seremos puré de carne!

La mujer creía estar soñando. Ese desquiciado ser no era su marido, no el hombre del que se enamoró. Siempre fue un amor de persona, un chico comprensivo, cariñoso y tierno; lo que veía ya no se parecía en nada a él. Se había vuelto completamente loco. Le daba miedo mirarlo.

-Me estás asustando –espetó.

-¡Es que es para asustarse! –gritó él-. ¿Cómo no te vas a asustar? ¡VAMOS A MORIR!

-No me asusta eso –reconoció ella mientras le tiritaban los labios-. ¡Me asustas tú!

-¿Yo?- La miró con ojos saltones; señalándose, sorprendido.

-¡Se te ha ido la cabeza! E…-Hizo una pausa-. ¡Eso son estupideces! –gritó. Empezó a moverse del sitio-. Cu… ¿Cuántas veces han dicho que sería el fin del mundo?

-¡Muchas, sí! –gritó él-. Pero no había pruebas, ahora sí.

-¿Sí? ¿Ya ha muerto alguien para dar fe de ello?

-¡NO TE BURLES, HOSTIAS! –Rompió la hoja en dos trozos a la vez que pataleaba. Todo quedó en silencio, solo interrumpido por su jadeante respiración y mientras miraba a su esposa, con odio. Después de unos segundos, incluso asustándose él mismo de su reacción, algo más sereno, volvió a decir -: es… Es el cambio de milenio –Se enjugó con la manga unas gotas de sudor que le corrían por la frente.

-Vo…voy a preparar la comida –Begoña estaba lívida y rígida como un cadáver. Reculó-. Fúmate un cigarro y tranquilízate, por favor. ¿Quieres?

Se fue a la cocina.

Pero Basi no podía tranquilizarse, no al saber que iban a morir todos.



*****


Basi pensaba en el salón. Sin dejar la cabeza tranquila un segundo, recogió todo lo del suelo, levantado la mesa-camilla y colocado las figuras derribadas; también los pedazos de papel, arrojándolos a la chimenea. Pero no solo los trozos, sino todo el periódico. Fue haciendo una pelota con cada hoja, pensando que ellas eran el planeta Tierra que dejaría de existir a partir de las doce de la noche. Una bola de papel para Mercurio, recordando en él la ira, el exceso de temperatura, como en los antiguos termómetros; otra para Marte y sus famosos marcianos, pensando que ya jamás habría contacto extraterrestre, que ellos morirían como todos los terrícolas; también para Saturno, momento en que no podía dejar de pensar en su anillo, en la alianza de compromiso con Begoña, el día exacto en que los dos se dijeron “sí quiero”. Todo para nada, para fallecer bajo la tierra de la que nació el ser humano, los seres vivos.

            Los seres muertos, se dijo, lanzando al fuego todo el periódico.

            Observó con detenimiento cómo las llamas terminaban con aquella información tan angustiosa. El papel encogía, se reducía a cenizas.

            Negó con la cabeza y después se dirigió a la cocina, pensando, dándole vueltas a todo. Las noticias decían amén en la chimenea, y antes de las doce.

            “S AC BÓ. Ú TI A NOCHE IEJA; ÚL IMO D A DE IDA. LA LT MA C MP NA A DES ED RÁ E  A O Y T MB ÉN L  V DA”.

            Solo llamas.



*****


Begoña ponía la mesa. Su suegra esperaba impaciente a que sirviese la comida. Necesitaba llevar a la boca una buena cucharada de sopa caliente.

            -¿Aún no está lista la comida? Tengo un hambre canina.

            -Sí, ya casi está.

            Begoña estaba disgustada, lo de Basi era muy fuerte y preocupante. Le vio en la puerta y su mirada se desvió hacia los platos. No quería verle más.

            -Mira el granuja de mi hijo –dijo la anciana-. Ha destrozado mis pañitos de punto de cruz. ¡Voy a echarlo a la calle!

            -Basta –Dejó los cubiertos de mala manera y se dirigió al fogón. Su marido la miraba, avergonzado.

            -Te parecerá bonito, ¿eh? –siguió la señora-. Te estás haciendo viejo, por ello esos arrebatos. Cuanto antes lo asumas, será mejor para ti. Hazme caso. Tengo muchos años, por si no te has dado cuenta.

            Basi se sentó.

            -La vida está para sufrirla –continuó-. Si pronto empiezas a…

            -Cállese un poco –intervino Begoña-, por favor. Basi no se encuentra bien.

            -¡Ni yo tampoco! –gritó la señora. El tic de su ojo imponía, mirando intermitentemente con una bola grisácea-. Dichosa juventud…

            Su hijo miraba el plato vacío. En el salón se le vino el mundo encima; pero podía soportarlo. Sin embargo, el que se le fuera a venir el mundo encima de verdad, era insoportable. Rumiaba la idea, una y otra y otra vez.

            Miró a su esposa, y ella a él. Hay miradas que lo dicen todo. En los ojos de ella había amor, arrepentimiento quizá por haberle dicho que estaba loco; porque le amaba y no se sentía bien al hacerle sufrir. En los de él, tristeza, el fin del amor, al que solo un fenómeno meteorológico, con ganas de tocar los cojones, rompería su unión para siempre.

            Hasta que la muerte nos separe.

            -¡No! –gritó Basi, incorporándose de pronto y dejando caer los puños sobre la mesa. El plato dio vueltas y los cubiertos cayeron al suelo. Las dos presentes se llevaron las manos al pecho, asustadas-. No puedo quedarme de brazos cruzados. ¡No puedo mantenerme a la espera! Vamos a morir.

            Enseñaba los dientes. Sobresalían las piezas inferiores, empujadas hacia afuera por los incisivos de la parte superior. Parecía un perro rabioso. Sus pobladas cejas formaban una barra de pelo despuntada, intentando comerse los ojos que, refulgentes en una mirada feroz, se clavaban en la figura de su esposa. No iba con ella, el odio era ajeno, pero era lo único que transmitía: odio y más odio contra la injusticia, contra lo que no podía luchar.

            -¡Jodeeeeeer! –Golpeó la mesa con un manotazo. Sintió un terrible picor en la palma derecha, la misma que le quedó adormecida una vez descargada la rabia. La sentía como si hubiese estado sentado encima de ella durante largos minutos. Sacudiéndola, dolorido, se dirigió al salón.

            Las dos mujeres, mudas, escucharon un nuevo manotazo, esta vez en la mesa camilla, acompañado de un: ¡Mierdaaaaa!

            Ambas perdieron el apetito.



*****


Basi encendió el televisor. Eran las 15:00h, y estaba ansioso por escuchar alguna novedad sobre el fin del mundo. El cómo lo estaban viviendo las familias, la agonía de estas, el miedo… Todo. Quería saberlo todo.

            Mañana entra el año 2000; sin embargo, son muchos los que aseguran que, tras la última campanada de la media noche, el mundo dejará de existir. Hoy, 31 de diciembre de 1999, ha amanecido con la noticia de…

            -¡Begoña! –gritó Basi sin despegar los ojos de la pantalla. La luz del televisor resaltaba la viveza de su atenta y asustada mirada. No dejaba de frotarse sus dos sudorosas manos.

            La mujer se presentó en el salón.

            -¡Mira! –Señaló la pantalla-. ¡Observa y escucha con atención! Están hablando del fin del mundo.

            Ella miró.

            El mundo tiembla”. Es el titular que recoge la prensa de…

            -¿Lo ves? ¡¿Es que no te das cuenta?!

            Begoña seguía mirando la pantalla.

            La última Nochevieja de todos los tiempos catapulta la dulce Navidad para teñirla de oscura. Son muchos los que aseguran que llega el fin del mundo, y con él, la extinción de…

            -¿Ves? ¡¿VEEEES?! –Se incorporó-. ¡¡ESTAMOS MUERTOS, COJONES!! –Encolerizó, pataleando-. ¡¿AÚN NO ME CREES?! –Comenzó a llorar. No se preocupó de reprimir las lágrimas. Le daba igual que su mujer le viera así. En cambio, ella no movía un músculo. No era capaz de creérselo.

            -Basi –dijo, tragando saliva, y con voz temblorosa-. Me… me da igual lo que digan las noticias. –No le miraba, prefería no hacerlo-. Na… nadie morirá esta noche. Es solo un cu…

            -¡¡TODOS!! –interrumpió él, golpeando la camilla una vez más. Begoña cerró los ojos, pero intentando mantenerse quieta, sin escapar, como en verdad deseaba-. ¡TENDRÉ QUE VERTE MORIR! ¡MORIR DESTROZADA! ¡Me tocará soportar tu agonía sin poder hacer nada!

            -Basilio, ¡no mori…!

            -¡ESCÚCHAME! –volvió a interrumpir-. Eres el amor de mi vida. –Una lágrima rebelde, resistiéndose a salir desde el principio, brotó del ojo izquierdo, como si la hubiera escupido con rabia-. Jamás pensé que lo nuestro terminase así –Ella le observaba, muerta de miedo-. Nos tragará la tierra, Begoña. Nu… nuestro planeta –Sollozaba, hipando como un niño pequeño con rabieta-. … explotará. ¡¡EL SUELO SE ABRIRÁ Y NOS COMERÁ A BOCADOS!! –Se arrodilló, golpeando el piso con los dos puños-. ¡TODO ESTÁ PERDIDO! –bramaba -. Todo. ¡TODO!

            Se derrumbó, llorando amargamente. Parecía rebuznar más que llorar; le salía un abrupto ronquido del pecho mientras su cuerpo tiritaba como si hubiera estado desnudo en plena calle.

            -¡EL FINAL DE NUESTRA VIDA, JODER! –Volvió a golpear el suelo, el mismo que horas más tarde le arrancaría la vida de un bocado-. ¡TÚ TIENES LA CULPA! –Le gritó al piso, señalándolo como si de pronto tuviese cara, pudiera mirarlo y comprender sus desvaríos-. ¡Me vas a matar! ¡A MÍ Y A MI ESPOSA! ¡MALDITO!

            Lo golpeó una vez más.

            -¡No puede seeeeeeeeer!

            Abrió los brazos, inclinó la cabeza y, mirando hacia el techo, pero con los ojos obnubilados en lágrimas dolorosas, suplicó. El sonido del llanto había desaparecido, tan solo le quedaba el sube y baja del pecho, un quejido ahogado que quería brotar de él, sin fuerzas para hacerlo, y regusto amargo en la garganta, con la sensación de tener una marea de flemas en la campanilla.

            Empezó a relajarse. No sabía si por falta de energía o porque llegaba la hora de dejar de hacer el ridículo. Tal vez lo mejor era rendirse. Moriría igual, con gritos y súplicas, y sin ellos.

            Miró a Begoña, pero ella ya no estaba en el salón.



*****


Basi bajó al sótano. Todas las tardes pasaba horas allí construyendo artilugios de guerra. El habitáculo era un escenario de la segunda guerra mundial en miniatura. Tenía tanques a los que había dado forma con cajetillas de tabaco y de cerillas, un tapón de gaseosa en el centro y un bolígrafo como cañón, después lo había cubierto todo con papel de cocina y cola, añadiendo luego una capa de pintura acrílica. Aviones, tanto de cartulina blanca (y después pintada) como de cajas rectangulares a las que añadía alas de cartón. Los soldados los compraba por paquetes de cien. Eran muñecos de plástico, y de unos 4cm. Cada día los colocaba en una posición diferente, y siempre perdía a veinte o treinta en cada lucha. Los quemaba como si hubieran sufrido una fuerte explosión, y otras veces llenaba de agua un recipiente al que decoraba con arena y hierba y los arrojaba en él, dejando viudas a varias muñecas de plástico…

            Miró su escenario de guerra y de pronto se volvió a ver en el servicio militar. Por aquellos años solo deseaba ver una vez más a Begoña, regresar lo más pronto posible, casarse y…. Sí, tener hijos. Ahora desearía volver a vestirse de verde, coger el fusil y pegarle tiros al aire; echar de menos a su esposa sabiendo que iba a volver a verla. Ella fue su fuerza para comportarse como un hombre en el cuartel durante dieciocho meses. Por las noches lloraba, cuando todo estaba apagado. Le daba un beso a la fotografía de su chica y, después, se la guardaba debajo de la camiseta, al lado del corazón; y así, se quedaba dormido. Despertaba siempre con la almohada humedecida; pero pensando en ella. La tristeza se catapultaba dando paso al deseo de reencontrarse, besarla y sellar su amor para toda la vida.

            Por aquel entonces les faltaba el sello, la prueba definitiva de que se amaban y respetaban antes de subir al altar y decirlo delante del cura. Era real, un amor eterno y verdadero predestinado a durar… ¿Cincuenta años? ¿Hacer las bodas de oro? Llevaban veinte; los treinta restantes los compartirían fuera del panteón familiar, pero tan enterrados como todo el camposanto.

            -¡Yiaaaaa! –Dio un fortísimo manotazo a su ejército. De un solo movimiento, los dos bandos perdieron la guerra. No había cargos; nada de tenientes, coroneles, cabos, buenos o malos. Se los había cargado a todos, derribando lo construido en los mismos años de matrimonio. Entonces comprendió que sí, que de un solo movimiento, todo es posible. De una sola vez, puede perderse todo. Todo.

            Ya lo tenía más claro. Era el fin: el fin del mundo.



*****


Son las cinco de la tarde, las cuatro en Canarias. Soy Mariano Rubio, y esto es radio 2, su programa favorito de las tardes. ¿Cierto?

            -Lo era, sí –se dijo Basi mientras subía el volumen del transistor. Se había sentado en un taburete y escuchaba el programa acompañado de su ejército muerto.

            Nos hacemos una pregunta, como todo el mundo en esta Nochevieja que muchos consideran la última de la vida… ¿Cree que esta noche se acabará todo?¿Piensa que la profecía es cierta, y que en la entrada del 2000 dejaremos de existir?

            Basi subió más el volumen.

            Nuestro compañero Tomás ha salido a la calle a preguntar al mundo, quizá tengamos algún testimonio que, o bien les tranquilice, o bien les aterre. Ojalá sea lo primero…

            Buenas tardes, Tomás, compañero. ¿Me escuchas?

            Sí, Mariano. Buenas tardes.

            ¿Qué dice la gente?

            Están muy asustados –Basi pegó la oreja al aparato-. El miedo está siendo lo más destacado en esta tarde de fin de año, o también del mundo.

            Pero, ¿qué dicen, Tomás? ¿Creen que es posible que se termine nuestra existencia?

            Lo creen y lo afirman.

            -Joder…

            Tengo a mi lado a Jacinto, con quien llevo rato conversando y, puedo decirte, Mariano, que sus palabras aterran. Llevamos minutos de agonía, nervios e intranquilidad. Queremos pensar que no, que todo es una suposición como en las veces anteriores, que nada es cierto y en la última campanada lo único que ocurrirá será que pasemos de año; pero algo, ese miedo interno que hace dudar, está muy presente, y es inevitable no temer al fin del mundo.

            -No hay duda, ¡joder! –gritó Basi-. La gente lo dice, pero Begoña no me cree.

            Me gustaría que Jacinto nos contase cómo lo está viviendo, Tomás. ¿Quiere hablar? ¿No le importa?

            Eh… Sí, me dice que sí con la cabeza, Mariano. Te le paso, y se lo paso a los oyentes.

            Muy bien. Deseando escucharlo.

            Buenas tardes.

            Buenas tardes, Jacinto. Cuéntenos, dígale a España lo que usted está pensando en estos instantes. ¿Cómo lo vive? ¿Qué siente al dar por hecho que se acabará el mundo?

            Es… No sé explicarme con exactitud, y ruego que la gente me perdone.

            No se preocupe, Jacinto.

            Lo único que hago es observar a mi señora y a mi madre.

            Basi se identificó con él.

            Las veo y no puedo dejar de llorar. Viven a mi lado desde hace veinte y cuarenta años, día tras día, noche tras noche, momento tras momento. Ahora sé que voy a tener que presenciar su muerte, que las veré gritar, sufrir, pedir auxilio… La Tierra, el planeta en el que nací, acabará con mi vida, que eso son ellas, sobre todo mi esposa.

            Basilio se incorporó. Se llevó las manos a la cara, resoplando al ver un calco exacto entre ese hombre y él. La situación era idéntica; más coincidencias serían imposibles. Su corazón volvía a latir con fuerza, angustiado. En él, llevaría a Begoña hasta el último momento, hasta la última campanada.

            Bueno, yo, Mariano Rubio, le diré a usted y a todo el mundo que me escucha, que mi única familia son las ondas, esto en donde estoy ahora. Mi voz se manifiesta para todos, y aunque la gran mayoría no puede responderme, solo con el índice de audiencia sé que poseo la familia más numerosa de la Tierra, y de ser el fin del mundo, la perderé. Sin embargo, no podría imaginarme ver cómo muere a mi lado, pues eso, mi esposa si la tuviera, mi madre, mi hijo, también de haberlo tenido… Le comprendo.

            No tengo hijos. Por más que mi Celeste y yo lo intentamos, no pudimos.

            Basi volvió a resoplar. Sí, se dio cuenta de que había más coincidencias, de que nada era imposible. Entrelazó las manos detrás de la nuca y miró al techo, escuchando.

            No tengo hijos, pero la mujer con la que no he podido tenerlos me ha hecho el hombre más feliz del mundo, y me siento impotente por no poder salvarla de la muerte, por no poder cerrar la boca de la tierra. Es una batalla contra la que no puedo luchar. ¡Y me jode! Perdón.

            No se preocupe, Jacinto.

            Daría lo que fuera por cambiar esto, por ahorrarle el sufrimiento a mi mujer y a mi madre. Cualquier otra forma de morir sería menos dolorosa que la que nos espera.

            -¡Joder! –gritó Basi, pataleando-. ¡Es cierto! Dios… Morirán torturadas, ¡sufriendo horrores! La puta tierra se ensañará con sus cuerpos, ¡y yo no podré hacer nada por remediarlo! No puede ser, coño. ¡No puede ser!

            »Si hubiese alguna manera de… algo que poder hacer para evitarles el sufrimiento, por pequeña que fuese… Quizá un tranquilizante. No, eso no funcionaría, a la menor muestra de dolor el cuerpo se despertaría y lo sentirían todo. Algo que…

            No podré soportarlo. Soy un cobarde, y me quitaré la vida antes de que lleguen las doce.

            No, Jacinto. No puede hacer eso.

            ¡Me quitaré la vida delante de la Tierra que matará a mi familia, delante de toda España!

            ¡No, escuche!

            -¡Claro! –Los ojos de Basi brillaron. Había tenido una idea. No era una idea cualquiera, sino “la idea”.

            -Solo sentirán dolor una vez –Sonrió. Era la primera vez que sonreía en tres días de continua desesperación.

            ¡¡Jacinto!!

            Se… ha… Se ha suicidado, Mariano.

            A Basi le era indiferente. No le importaba nadie más que su familia; Begoña, sobre todo.

            Subió arriba.



*****

           

             

Begoña salía de la despensa con un bote de melocotón en almíbar en sus manos. Al ver el gigantesco árbol de Navidad en el pasillo, se detuvo. Llevaba allí desde el día 22, después de una lotería más sin premio gordo. Basi y ella lo habían decorado, los dos juntos, como todos los años. Esa tarde de jueves, su marido seguía siendo el hombre cariñoso, atento y amable del que se enamoró. Hasta ese momento no había cambiado nada. Bromeó con ella, la estuvo abrazando mientras ella colocaba la estrella en la cima, e incluso la embadurnó de serpentinas que después pasaron desapercibidas cuando él la besó con el mismo amor de cuando tenían dieciocho años… La Nochebuena también fue alegre, romántica incluso. Los tres la vivieron como una gran familia, de esas en que la felicidad no se cuenta por la cantidad de personas que la forman, sino por el amor que se tienen entre ellas. Todo fue igual de precioso que siempre: los regalos de Papá Noel, el dúo de villancicos (y la anciana dirigiendo la orquesta) la partida de bingo, el exceso de comida, los besos de después. Sin embargo, a partir del día 28, cuando la noticia del fin del mundo salió a la luz, Basi ya no era el marido adorable que siempre fue. Su aprensión iba incluida en el pack de defectos sin importancia, pero ahora era un auténtico enfermizo. Poco tenía de hipocondriaco y mucho de loco.

            Las luces del árbol parecían comprenderlo, apagándose, tan marchitas como una flor sin vida. Su luminosidad escaseaba, siendo cada vez más pobre la intermitencia con la que jugaban las bombillas. Tal vez no fuesen más que los ojos de Begoña quienes lo veían todo con una capa amarga, poco efectivos al bañarse de lágrimas. Puede que fuese eso; puede que fuese la verdad.

            Un estrépito a su espalda, tan sonoro como si alguien acabase de dispararle al marco de la puerta y la hiciera retumbar, sonó detrás de ella. El bote cayó de sus manos al mismo tiempo que la mujer daba un grito de terror, sobresaltada. Rodó por el pasillo hasta chocar contra el tronco del árbol; después de esto, empezó a sentir la respiración agitada de Basi soplándole en la nuca. Begoña fue girando el cuello con lentitud, con las manos en alto, como rindiéndose a voz de: ¡Queda detenida! Pero no había ningún policía a su espalda. No obstante, puede que sí estuviera un ladrón: un ladrón de corazones. Se lo había robado en el pasado y ahora quería apagarlo de un susto.

            Giró del todo y vio a su marido. En definitiva, aquel ser no era el hombre que la enamoró.

            -¿Q… te qué pasa, Basi?

            Tenía los ojos inyectados en sangre. Cada una de sus venas parecía ser una raíz roja impulsando el iris hacia el exterior. Y así, con esa expresión de locura concentrada, cada brillante pupila se clavaba en el rostro de Begoña, mirándola con capacidad suficiente como para taladrarle el alma.

            Las aletas de la nariz de Basi se habían ensanchado. La sombra oscura de los cornetes asomaba por ellas; y estos, se movían cuando el aire los empujaba, a la vez que los pómulos se encolerizaban, pareciendo que el hombre tenía dos pelotas bajo la piel facial. El mentón sepultaba el labio inferior, dejando que la lengua humedeciese a su compañero de encima.

            -Me…me estás asustando –anunció la mujer.

            Él la miraba sin articular palabra.

            -No… no sé –Hizo una pausa, temblando-. No sé lo que te pasa, pero ten…

            -¡¿Dónde está mi madre?! –preguntó él, casi gritó. Sus ojos eran el espejo de un alma teñida de oscuridad.

            Begoña denotaba algo extraño en la pregunta. No tenía nada de diferente a las que había formulado en los últimos días, pero algo le decía que la respuesta, fuera cual fuese, no traería nada bueno. Horas antes había visto a un desquiciado energúmeno dando voces, desvariando totalmente, y dando más miedo que vergüenza. La vergüenza seguía sin existir; sin embargo, el miedo, era abismal. Temía por ella, y por su suegra. No era Basi; ese, no.

            -Es… tá en –Se detuvo. Tragó saliva costosa mientras sus dientes castañeteaban-. … Sigue en… Pa… ¿Para qué lo quieres saber?

            -Déjame pasar –respondió él, intentando mantener la calma-, tengo que hablar con ella. ¡Rápido!

            Ambos se miraron con fijeza. Los ojos de Begoña se sentían dóciles presas de la tristeza. Por un momento aparcaron el terror que infundía en ellos la figura de Basi y se centraron en los sentimientos. El amor se había partido, no el corazón. El órgano seguía vivo, intacto. No obstante, el sentimiento abrió paso a la congoja, a ese nudo en la garganta que va subiendo hasta parecer ahogar la vida. Estaba convencida de que al mundo le quedaban años y años; sin embargo, se dio cuenta de que a su amor, no. El hombre que tenía delante poseía el rostro –algo más aviejado- de su Basilio, de su único y verdadero amor, pero no era la persona por la que sentía nada, tan solo una pose desequilibrada del hombre al que de verdad amaba con locura. Y esta última, precisamente, se lo quitó.

            En él había cambiado todo: la mirada, la voz, las muecas faciales, los labios. No era Basi. Las lágrimas que reprimía la mujer, salieron con miedo, y bajando por las mejillas. Al mismo tiempo, notó que se congestionaban sus mucosas, y, como por acto reflejo, se enjugó toda la cara con la manga del jersey.

            -Cariño… -Rompió a llorar-. Yo te… -Su voz no quería cooperar, dejando pues, que el único sonido fuese el del llanto.

            Basi la apartó y se dirigió a la cocina. Al entrar, vio allí a su madre, sentada sobre el taburete en el que todas las tardes pasaba horas frente a un librillo de crucigramas. No había escuchado las últimas voces de su hijo por tener bastante alto el volumen de la pequeña televisión. La imagen estaba nublosa; a veces podía verse un holograma de otra cadena merodeando sin permiso, dando la sensación de haber fantasmas dentro de la caja cuadrada. Tenía puestas las noticias, aunque ella centraba la mente en los cuadraditos con letras por rellenar.

            Levantó la vista cuando lo vio entrar como una bala. Se quedó de piedra al verlo tan agitado y fuera de sí.

            -Pero, ¿qué demonios te ocurre? –le preguntó. De nuevo el ojo malo, intentando captarlo con nitidez, se movía con espasmos.

            -Levántate –respondió-. No hay tiempo que perder.

            Begoña entró.

            -¿Qué quieres hacer, Basilio? –intervino-. Me estás asustando demasiado, y creo que…

            -¡Calla! –vociferó. Lo siguiente que hizo fue mirarla con ferocidad-. No pasa nada –Cambió de forma instantánea. Una ligera sonrisa afloró en lo que antes era un amargado rostro. Sus ojos se abrieron más, y hasta sus pobladas cejas se arquearon, extinguiendo por completo la cara de angustia-. Todo está bajo control.

            »Levántate, mamá –insistió, sereno y sonriente-. Ven conmigo.

            -¿Qué le pasa, hija? –La anciana no daba crédito. Tenía la sensación de haber perdido la cabeza de repente. Se asustaba por ella, no por Basi.

            -No lo sé –Begoña se colocó delante de su marido-. ¿Qué te está ocurriendo, Basilio? ¡¿Qué te ocurre?!

            -Nada malo, mi amor –No cabía duda: había cambiado. No era posible que en cuestión de segundos pudiera pasar del mal humor a la sonrisa. Era como si en dos segundos estuviese feliz de la vida y no se acordase de nada, de nada en absoluto.

            -Levántate, mamá –insistió una vez más-. Y tú, cariño –le dijo a su esposa-, acompáñame también. Ya tengo la solución.

            Ella le miró, y más que nunca. Quería hablar, y en cierto modo no sabía si no podía hacerlo o no quería. Él la miraba manteniendo ese esbozo feliz que aterraba a las dos mujeres.

            -¿La solución? –Begoña formuló la pregunta entre gritos-. ¡¿LA SOLUCIÓN DE QUÉ?! ¡¿QUÉ DICES?!

            Era ella la que parecía haber perdido el juicio, totalmente desesperada. Basi no movía un músculo, y mucho menos destensaba los labios.

            -La solución al sufrimiento –Solo borró la sonrisa el tiempo que duraron sus palabras; después, volvió a ensanchar los labios de oreja a oreja.

            Begoña reculó, desorientada. Actuó por puro instinto. Topó con su suegra, a quien, sin dejar de mirar a Basi, agarró de la mano y se la apretó con fuerza.

            -¡¿Qué ocurre?! –protestó.

            -Tenemos que irnos de aquí –respondió sin apartar la vista de su marido.

            -No –negó él-. No podéis hacer eso. –No se alteraba. Su agitación había desaparecido del todo. Era increíble-. Fuera de casa seréis partícipes del desastroso final que nos espera; pero yo, inteligente y astuto, os ahorraré la agonía.

            -¿Qué agonía, Basilio? ¡¿QUÉ AGONÍA?! ¡ESTÁS LOCO!

            -Dame la mano –Alargó el brazo-. Venga.

            Begoña le miraba. No le hacía caso, ni se la daba; por el contrario, apretaba la de su suegra con más ahínco.

            -No podemos perder el tiempo –siguió él-. Queda poco para que se acabe el mundo, y no nos va a esperar.

            -¿Qué dice? ¡¿Qué está diciendo?! –La anciana no daba crédito.

            -Se ha vuelto loco.

            -¡Dadme la mano! –gritó. Volvía a ser el gritón asustado-. ¡Hacedme caso!

            -Nos vamos de casa –anunció Begoña-. Me das miedo, y no estoy tranquila estando a tu lado.

            -¡Te voy a ahorrar el sufrimiento! –Se desesperaba. Todo volvía a su inicio-. ¡Ambas moriréis sin más dolor que el necesario!

            -¿¿Eh?? –Fue la pregunta de la anciana. Begoña se llevó la mano libre a la boca, constatando la locura de su marido. Ya no tenía dudas.

            -¡Dadme la mano! –bramó-. ¡VAMOS!

            Begoña miró el taburete más cercano.

            -¡NO QUIERO ALARGARLO MÁS! ¡VENID CONMIGO!

            Cuando fue a acercarse a ellas, Begoña empujó el taburete, el cual se desplazó con brusquedad por el piso hasta alcanzar las piernas de Basi. Un golpe en la rótula izquierda le hizo encorvarse, protestar y maldecir. Las dos mujeres aprovecharon para buscar la salida, aunque sin éxito. Solo había una puerta, y una cojera no le impediría utilizar las manos, atraparlas y culminar su afán por darles una muerte indolora. Solo tuvo que estirar el brazo derecho para hacerse con el jersey de su mujer. Lo agarró por la espalda y dio un tirón; ella, un grito.

            -¿Qué pasa contigo? –preguntó él, enseñando todos sus dientes-. ¿Es que quieres morir lentamente? ¡¿QUIERES ESO, EH?!

            -¡SE TE HA IDO LA CABEZA, BASILIO! –Begoña lloraba en sus brazos-. ¡Te has perdido!

            -¡SOLO QUIERO EVITAR EL SUFRIMIENTO DE MI FAMILIA!

            La empujó. Aterrizó contra su suegra, y ambas, cayeron al suelo. La anciana, llorando entre suspiros, empezó a rezar al tiempo que un chorro de sangre manaba de su frente. Suplicaba.

            -¡Ay, Dios mío bendito! –Sus uñas arañaban la moqueta con tembleteo-. Ay, madre.

            Begoña intentó incorporarse, pero cuando sus manos presionaron el suelo, como si intentase subir con una flexión, Basi rodeó su cintura con los brazos y, en volandas –entre gritos y pataletas de ella- la dirigió hacia la puerta del sótano.

            -¡SUÉLTAME! –Manoteaba al aire. Los pies golpearon el viejo y desgastado marco mientras su cuello daba vueltas a derecha e izquierda, alborotando su cabello entre gritos histéricos.

            -¡Tranquilízate! –gritó él-. Es lo mejor para ti. No permitiré que se te entierre en vida. ¡Jamás!

            -¡ESTÁS LOCO! ¡LOCOOOOOOO! –Seguía manoteando, sin éxito. Sentía tirantez en los senos, aplastados por la prenda tras la opresión que Basi ejercía.

            La bajó por las escaleras. Quería agarrarse a la pared, pero no había barandilla ni nada a lo que sujetarse; tan solo sus uñas, como única esperanza, intentaban hallar un modo de sujeción, y era imposible.

            -¡DÉJAME! ¡SUELTA!

            La soltó, y de golpe. Dejó que su cuerpo cayese una vez que pisó el suelo del sótano. Acto seguido, corrió a por la anciana. Después del golpe, la mujer había quedado algo aturdida. Pesaba lo mismo que una pluma, por lo que no le fue difícil cargar con ella.

            Begoña –aún en el suelo- llevó la vista hacia lo que sus oídos captaron como el mayor quejido que había escuchado nunca en boca de su suegra. Al verla y sentirle gritar, lloró más.

            Basi también la dejó caer en el suelo, con algo más de delicadeza que con su mujer. Con Begoña no le quedó más remedio, de lo contrario, se habría escapado. Al tirarla de golpe sabía que tardaría en reaccionar. El plan le había funcionado.

            Cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo. Las dos mujeres estaban atrapadas.

            -¡¿Está bien?! –gritó Begoña al ver a su suegra en el suelo, sangrando por la herida de la cabeza y emitiendo quejidos.

            -Ay… -Lloraba-. Dios mío… ¿Qué es todo esto?

            Begoña también lloraba, entre terror y desconcierto. Mantenía una mínima esperanza de que todo se solucionase, que su marido recapacitase y se diese cuenta de que iba a cometer una locura. Era difícil que ocurriese, pero no imposible.

            -Escuchadme –anunció él, en aparente calma y tranquilidad-. Estáis en mis manos; y creedme cuando os digo que no podéis estar mejor atendidas.

            -¡SÁCANOS DE AQUÍ! –Aulló Begoña-. ¡AHORA MISMO! –Pataleaba, completamente histérica.

            -Suuuuuu –Se llevó el índice a la boca, pidiendo silencio-. No gritéis; no temáis. Dejádmelo a mí.

            -Pero, ¡¿qué dices?! ¡¿QUÉ DICES?! – Se incorporó-. No queremos que nos mates antes de que se acabe el mundo porque el mundo no se va a acabar. ¡¿ME ESCUCHAS?! –Su rostro se encolerizó, parecía que iba a expulsar fuego por la boca en vez de palabras-. ¡NO HAY FIN DEL MUNDO! Solo está en tu maldita cabeza, ¡en tu coco majareta! ¡ESTÁS LOCO!

            -Estoy loco por ti –afirmó-. No puedo dejar que tu vida se termine con sufrimiento. Tu marido te ahorrará la fatiga, cariño.

            Basi se acercó al armario, lo abrió y rebuscó en él.

            -¡Haz algo! –gritó la anciana-. ¡Nos mata!

            -¡Escúchame tú, Basilio! –le dijo ella; él hacía caso omiso. Seguía rebuscando entre las herramientas. Sonaba a revuelto de metales-. Se te ha metido en la cabeza que se va a terminar el mundo, ¡pero te aseguro que no es verdad!, y nos quieres matar. ¡¡¿¿TE HAS ESCUCHADO??!!  Por el amor de Dios. ¡PIENSA!

            Él seguía revolviendo las herramientas.  

            -Hazle caso, hijo –intervino la anciana-. No es cierto eso de… ¡No me lo creo, Santo Cristo! –Se llevó las manos a la cabeza. Era incapaz de hablar, los nervios podían con ella.

            -¡¡HAZME CASO, BASI!! –siguió Begoña-. No… no puedes retenernos aquí. ¿No ves que nos estás asustando? –Él seguía a la suyo-. Cariño, te amo. Tienes que entender que esto es una locura, pero confío en ti y en que… -Quedó lívida cuando Basi se giró. No fue capaz de terminar de pronunciar la última palabra, ya que su boca quedó abierta, en shock, como si la mandíbula se le hubiese desencajado de pronto cuando vio el hacha que el loco de su marido portaba entre las manos.

            La anciana se llevó las manos a la boca, temblando de horror.

            -Esto me ayudará a mataros con limpieza –anunció.

            Begoña tiritaba. Sus piernas se movían con la sensación de perder el equilibrio de un momento a otro. No podía levantar las manos; no se sentía con fuerzas para señalarle, volver a hablar y decirle: ¡¡ESTÁS LOCO DE REMATE, LOCO PERDIDO!! Solo deseaba pensar que todo era un sueño, una pesadilla de fin de año, y solo de fin de año, no de vida. Boquear una vez despierta, en busca del aire atrapado durante el sueño. Pero no, lo veía tan claro y nítido como que todo era cierto, y nada de imágenes del subconsciente.

            La hoja del arma resplandecía a la luz de la tenue lámpara del techo. Y de resplandor iba la cosa, porque la mujer no veía a Basilio Hernández, sino a Jack Torrance en la versión que Stanley Kubrick hizo con El resplandor de Stephen King. Misma locura, misma enajenación y mismo terror. Se había leído el libro más de diez veces, y visto la película versionada otras tantas. Se quedaba con la imaginación y no con lo proyectado en la gran pantalla; pero en los instantes previos a la muerte deseaba que su marido tuviese razón, que la tragase la tierra y no tuviese que sufrir una muerte atroz a manos de un trastornado mental.

            “Elija su muerte, señora. Rellene este formulario macabro.

            1-¿Cuál es su nombre?

            Begoña  Sánchez Expósito.

            2-¿Cuál es su sueño?

            Cambiar el “sí quiero” de mi boda por un “me lo pensaré cuando tú aprendas a pensar”.

            3-¿Cómo desea morir?

            ¡¡TRAGÁNDOME LA TIERRA!!

            Pero no había tiempo, el mal se acercaba. Era orgulloso y quería culminarlo él.

            -No sufriréis. Lo juro.

            Begoña chilló. Su voz martilleaba los oídos de los dos presentes. Podía darse el caso de tener suerte y morir después de un ataque al corazón, llevada por el estado de pánico. Pero no. El órgano motor estaba diseñado para sufrir rupturas, para partirse en pedazos cuando el amante querido sale de él en busca de la cabeza perdida y llorar lágrimas de sangre; para detenerse en el momento oportuno, no.

            Basi se acercaba a sus dos supuestas víctimas. Su madre, aún tumbada en el suelo y con la boca abierta, movía la cabeza de un lado a otro, negando compulsivamente. No es que no fuera capaz de reaccionar, es que no sabía cómo hacerlo. El peligro se acercaba, y con él y con el terror que originaba, la mismísima muerte; su mujer, de pie, a punto de derrumbarse tras la flaqueza de sus piernas inquietas.

            -Tranquilas –dijo él, cada vez más próximo.

            Dejó que el arma cayese por su propio peso, sosteniendo el mango de madera con la mano derecha. Se escuchó un “pup” cuando parte del hierro golpeó el suelo; luego, lo arrastraba por el piso.

            -Re…trocede –alcanzó a decir Begoña, con una queda vocecilla, más bien interior que exterior-. Ba… si…lio –Tragó saliva. Movió los labios, sin palabras, indecisa de qué decir; y luego, añadió -: por…por lo que más quieras.

            -A ti es a lo que más quiero –respondió él-. No sufrirás. Eres mía, no de la tierra.

            -¡Ay, Señor! –gritó la anciana-. Ay Dios mío de mi vida…

            Basi se acercaba más; y mientras él acortaba distancias, Begoña reculaba. Con tres pasos marcha atrás topó con la pared. Ya no podía hacer nada: muro y asesino; muerte y pared de ladrillos.

            -Padrenuestro que estás en los cielos… -rezaba la anciana.

            -Ha llegado la hora –anunció Basi, levantando el pesaroso hacha-. Nos veremos después de la última campanada.

            -… santificado sea tu nombre.

            -No, Basilio –rogó Begoña.

            -Es lo mejor.

            -¡Detente! –Se acurrucó en la esquina, con las manos en alto-. ¡No lo hagas! ¡RECAPACITA, POR DIOS!

            Él sostenía el hacha como si se tratase de un bate de béisbol a la espera de batear la pelota lo más fuerte posible. Las venas de sus manos eran como gordos gusanos amontonados, retorciéndose entre la cálida sangre que los rodeaba. Sudaba, y mucho. Girando las muñecas, como si apretase y aflojase a la vez una pieza rígida mientras luchaba porque el peso del hierro no venciese hacia un lado, observaba los gritos de su esposa, además de sus ojos llorosos.

            -¡PARA! ¡PARAAAAAAAA! –Inclinó la cabeza hacia atrás para dar el último grito de su vida, cerrando los ojos y apretando los puños, en tensión. Al cabo de unos segundos, un soplido de aire refrescó el acaloramiento que sentía en las mejillas, y tras él, sintió cómo su cabeza se dividía en dos mitades mientras la hoja del hacha se incrustaba en su cráneo. Las manos de Basi parecían sorprendidas esperando haber terminado en el suelo después de no solo separar la cabeza en dos, sino todo el cuerpo, y de un solo hachazo; pero no, la hoja se clavó unos centímetros, los justos para abrir una considerable herida en la cabeza de Begoña.

            Ella levantó los párpados. Abundante marea roja empezó a bajar por ellos, tiñendo sus pestañas, una a una, y dejando que sus ojos viesen por última vez, entre hilillos de sangre, el rostro del hombre al que amó siempre.

            La anciana aulló mientras Basi intentaba sacar el hacha del cráneo de su esposa. Era como si lo hubiese clavado en un tronco y no pudiese recuperarlo. El cuerpo de Begoña se desplomó. Primero de rodillas, y luego, de bruces. Esto ayudó a que el arma se aflojase.

            -He hecho lo correcto, amor mío –dijo, sin remordimientos. Él pensaba que la había ayudado dándole un final tan frío y sangriento.

            -Tu turno, mamá.

            La anciana se lo puso fácil. Al ver morir a su nuera, se desmayó. Basi solo tuvo que rematarla. Su cabeza se antojó reducida a la vista, con un cuello lánguido y libre de cabello estorbando. La decapitó de un solo hachazo, sin esfuerzo.

            -Os quiero. Nos vemos pronto.

            Dejó caer el hacha; después, se colocó en medio de los dos cadáveres, y los abrazó, esperando a que la tierra le tragase y se reuniera con el alma de sus dos seres queridos.



*****


Dios dijo que se hiciera la luz, y la luz se hizo. Si en verdad controlaba el mundo, ahora había decidido que la luz dejase de brillar, como la bombilla fundida en el cerebro de Basi, dejando todo en penumbra. La vieja lámpara se recalentó, y dijo amén con un chasquido; además de la oscuridad, también el silencio.

            El hombre, cabizbajo –y no por lástima ni arrepentimiento- esperaba a que las agujas del reloj se uniesen señalando el 12, y así, que la tierra le tragase a él y a su familia, ya muerta.

            -Ya no puede quedar mucho –dijo en voz alta, rogando porque no tardara en sonar la última campanada.

            Subió las escaleras y abrió la puerta. Con la luz del pasillo llegaría algo de claridad al sótano.

            Había estado horas acurrucado entre los restos de su esposa y de su madre, abrazando a Begoña igual que si hubieran estado durmiendo en la habitación; y una vez abierta la puerta, volvió a abrazarse a ella. No le importaba mancharse con su sangre, ni que en vez de verle con los ojos pareciera mirarle con la abertura que dividía su cráneo en dos mitades.

            “Hola, Basilio. ¿Me ves? Tú me has hecho esto. Pero te lo agradezco, cariño, porque he preferido que me abras la cabeza antes de que se abra la tierra. Mucho menos doloroso para mí, claro que sí. Gracias, cielo”.

            No veía ojos, pero sí una aglutinada masa encefálica asomando por el boquete. Era como sirope bajando por la frente.

            -Te amo, mi amor –le dijo, y se atrevió a besar el cadáver-. No tardaremos en estar juntos, y para siempre, sin que tampoco la muerte nos separe.

            El cadáver de la anciana yacía a escasos centímetros; su cabeza, un poco más alejada. El ojo que tanto cerraba en vida continuamente, quedó bien abierto. Un perfecto círculo encarnado entre piel arrugada, pero más expresivo que nunca. Antes de morir del todo, se clavó en el rostro del asesino al que dio la vida. Basi miró la cabeza decapitada.

            -Ya no sufrirás, mamá. No confiaste en mí, pero verás cómo aho…

            ¡Tan!

            Se vio interrumpido por la primera campanada.

            -¡Ya va! ¡Ya va! –gritó, nervioso.

            ¡Tan!

             -¡Yo os agarro! –agarró los cadáveres-. ¡No voy a soltaros!

            ¡Tan!

            -¡Moriré a vuestro lado!

            ¡Tan!

            -¡Para mí todo el sufrimiento, Tierra maldita! –vociferó, fuera de sí-. ¡Ensáñate conmigo si quieres, pero ya no podrás disfrutar de mi familia!

            ¡Tan!

            -¡Ya estás aquí!

            ¡Tan!

            -Voy a morir… ¡Pero no me importa! Ya he cumplido con mi deber.

            ¡Tan!

            -Tendríamos que ser cuatro. ¡Me faltó el hijo!

            ¡Tan!

            -¡Y lo habría matado igual para que no sufriese!

            ¡Tan!

            Se abrazó con más fuerza a los cadáveres al escuchar la novena campanada.

            -¡Ya van diez! ¡Se acaba el mundo!

            ¡Tan!

            -¡ME MUEROOOO!

            ¡Tan!

            Agachó la cabeza, tiritando. Ya había sonado la última campanada, lo que significaba que la tierra tendría que abrirse y tragarlo, como tantas veces había pensado. Sin embargo, no había ruidos bajo el piso, ni bajo su cuerpo tumbado sobre este. Lo único que perduraba era el vibrar de la última campanada, pero iba apangándose poco a poco.

            -Uu ¡Uu! –Palpó el suelo al ver que no se había abierto-. ¿Qué…? ¿Por qué no se ha abierto? –se preguntó.

            Miró el alrededor. Los cadáveres seguían igual, sin cambios de lugar, sin que se hubieran desplazado por culpa de algún temblor. Nada.

            -¡Son las doce y un minuto! –gritó señalando el reloj de la pared-. ¡Tiene que abrirse la TIERRAAAA!

            Se agachó, fatigado. Colocó el oído derecho sobre el suelo, intentando captar el temblor. Nada en absoluto; solo escuchaba el acelerado latir de su corazón.

            -No puede ser.

            Insistía en agudizar el oído y escuchar lo imposible, lo que jamás ocurriría.

            -No. Tiene que abrirse, ¡ya lo creo que sí!

            Se incorporó.

            -Tie… -Hizo una pausa para encender un cigarro con urgencia-. ¡Tiene que abrirse! –Tosió al aspirar el humo precipitadamente-. ¡Maldita sea, joder!

            Pisoteó el suelo, como si fuese un niño con berrinche.

            -TIE-NE-QUE-A-BRIR-SE –Pataleó con cada sílaba-.  ¡Ahora!

            Tiró el cigarro, con rabia. Mientras lo pisaba y desmenuzaba el tabaco con la zapatilla, miró los cadáveres. Se dio cuenta de que los había matado. Eso ya lo sabía, pero empezaba a pensar que quizá, lo había hecho para nada.

            -¡Pero no puede ser!

            Subió escaleras arriba, a toda prisa.

            Tierra, ábrete. Tienes que abrirte…

            -¡Vamos!

            Miró el pasillo. El árbol lucía, como durante toda la Navidad. Escuchaba voces provenientes de la cocina; en concreto, del televisor de la cocina. Quedó encendido cuando se llevó de allí a la anciana.

            No distinguía las voces, pero sí lo que decían: ¡Feliz año nuevo! ¡Felicidad, salud, dinero y amor para toda Canarias!

            -¡¿Pero cómo pueden estar celebrando el año nuevo tan tranquilos?! ¡¡ES EL FIN DEL MUNDO!! ¡EL FIN DE LA VIDAAAAA!

            Se desgañitaba; pero mientras lo hacía, su cabeza pensó, recopilando información no muy lejana.

            -¿Ha dicho… Canarias?

            Sí, así era. La presentadora había deseado feliz año a todas las Canarias.

            -Pe…ro –Basi señaló la televisión, mudo-. Todos los años retrasmiten las uvas desde Canarias una hora después que en el resto de España, pero…

            Corrió al salón. Entró sin pensar, directo a mirar el reloj. Cuando lo vio, palideció. Las agujas marcaban la 1:06min.

            -No… Dime que no llevo una hora de más con vida, por favor –suplicaba al Cristo crucificado que colgaba de la pared-. ¡Dime que son las doce de la noche y que va a abrirse la tierra! ¡Dime que he matado a mi familia para que no sufriera porque se la tragaría la tierra! ¡DÍMELO, MALDITA SEA!

            Comenzó a llorar, a gritos. Volvió a bajar corriendo al sótano, donde miró el reloj que tenía allí. Marcaba las 00:06min.

            -Dios… -Se tambaleó, al mismo tiempo que empezó a recordar las palabras de Begoña a finales de octubre.

            “Basi, cariño, tienes que cambiar el reloj del sótano, que aún tiene una hora sin cambiar del horario de verano. La otra vez también te lo dije y no me hiciste caso, y yo no lo puedo cambiar porque no te gusta que entre allí y revuelva tus figuras.

            -Tranquila, cielo. En cuanto termine de leer el periódico, lo cambio. ¿Qué es? ¿Adelantar o atrasar?

            -Sería atrasar, pero lo tienes que adelantar para que quede la hora correcta.

            -¡Joder! El Valladolid no aspira a nada.

            -Deja de leer a los futbolistas. ¿Me has escuchado lo que acabo de decirte?

            -Que sí, cariño. Me has dicho que no lea a los futbolistas.

            -Es inútil con este hombre…

            -¡Y encima este lesionado!

           

            -No hice caso a lo que me dijo –se lamentó Basi-. ¡El puto reloj! No la escuché. ¡¡LLEVO UNA HORA VIVO Y NO SE HA ABIERTO LA TIERRA!!

            Se derrumbó.

            -Pero tiene que abrirse. ¡¡TIENE QUE ABRIRSE!!

            Golpeó las escaleras, antes de subirlas y llegar al pasillo. Allí tiró el árbol, le arrancó los brazos de hierba artificial y los adornos. Entró en el salón y volcó la mesa-camilla y los sillones, gritando como un auténtico demente. Después, se dirigió a la cocina, donde derribó los taburetes. Quiso volcar la mesa, pero lo que decían en televisión llamó su atención.

            Y una vez que toda España ha podido ver que, tampoco se ha acabado el mundo al sonar la última campanada en Canarias, ya podemos decir que la noticia del fin del mundo fue solo una inocentada. ¡Ríanse! Tampoco creo que sea para tanto, solo un sustito desde el día 28, nada más… ¡Feliz año 2000 a todos!”

            -Que… un…solo… fue… ino…y yo… ¿¿INOCENTADA??

            La puerta de la calle se abrió de golpe. Dos agentes de policía la derribaron de una patada. Basi levantó las manos. Esto sí le asustó; lo del fin del mundo, le había destrozado la vida, y la de su familia.

            -¡Policía! No se mueva –dijo uno de los agentes-. Los vecinos llevan escuchando voces desde hace rato. ¿Qué ha pasado aquí?

            -Tie… Tiene que abrirse –respondió Basi, derrotado, pero mientras las lágrimas brotaban por sus entristecidos ojos.

            -¿Qué dice, señor? –preguntó el otro policía.

            -Las maté para ahorrarles sufrimiento, para que no lo pasaran mal cuando se abriese la tierra. ¡¡POR ESO TIENE QUE ABRIRSE!! –Volvió a gritar de nuevo.

            -¡¡No dé ni un paso!! –gritó el primer agente, apuntándole con el arma.

            El otro bajó al sótano. Cuando subió –lívido completamente- informó a su compañero de que, en efecto, había dos cadáveres asesinados.

            -¡Queda detenido!

            -No. ¡No! –gritó Basi cuando le atraparon-. ¡Tiene que esperar! ¡Esperen a que se abra la tierra! ¡¡ESTO NO PUEDE QUEDAR ASÍ!!

            -No volverás a ver la luz del día.

            -¡¡Claro, porque voy a morir en cuanto me trague la tierra!!

            -Puede que sí, pero la tierra del cementerio, cuando te hayan matado en la cárcel.